En la noche, una llama vacilante. El sacerdote y la gente encendieron
sus velas. La luz se expandió. Las tinieblas retroceden. La procesión avanzó
hacia el altar. La iglesia se llenó de resplandor. La Iglesia celebra la
Pascua.
La Vigilia Pascual tiene un encanto mágico. Nos presenta el
evento más importante de la historia humana: Cristo ha resucitado y vive para
siempre.
El mundo, aparentemente, sigue su marcha, monótona o
entusiasta, entre alegrías y penas. Pero quien se deja tocar por la gran
Noticia sabe que la muerte ha sido vencida, que el pecado no es la última
palabra de la historia, que el perdón ha cancelado la condena.
Sabemos, por los Evangelios, que Cristo se apareció a sus
seguidores durante 40 días y luego ascendió a los cielos. Pasados 10 días, los
primeros discípulos recibieron el Espíritu Santo.
La Iglesia celebra este acontecimiento con 50 días de fiesta,
de canto, de esperanza. Es el tiempo del ‘aleluya’, del grito que invita una y
otra vez a alabar y dar gracias al Señor, ‘porque es eterna su misericordia’.
El Papa Benedicto XVI lo explicaba con estas palabras: “El
tercer gran símbolo de la Vigilia Pascual es de naturaleza singular, y
concierne al hombre mismo. Es el cantar el canto nuevo, el aleluya. Cuando un
hombre experimenta una gran alegría, no puede guardársela para sí mismo. Tiene
que expresarla, transmitirla. Pero, ¿qué sucede cuando el hombre se ve
alcanzado por la luz de la resurrección y, de este modo, entra en contacto con
la Vida misma, con la Verdad y con el Amor? Simplemente, que no basta hablar de
ello. Hablar no es suficiente. Tiene que cantar” (Vigilia Pascual, 11 de abril de 2009).
Tenemos ante nosotros 50 días de aleluya. Es la Pascua, el
paso, la victoria del Señor. De corazón, desde la esperanza que ilumina toda la
vida humana, ¡Felices Pascuas! FP
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