Sobrevivir
a un infarto no significa estar fuera de peligro: hasta 1 de cada 5 personas
sufre un nuevo evento cardiovascular en los cinco años posteriores, si no se
toman medidas activas para prevenirlo.
Se
estima que el riesgo de problemas cardíacos graves es al menos 30%
mayor en quienes ya tuvieron un infarto, y puede mantenerse elevado de por
vida si no se aplican estrategias efectivas de prevención secundaria.
Esto
se debe a que el corazón queda más vulnerable: las arterias ya mostraron signos
de enfermedad, y pueden seguir acumulando placa si no se adoptan cambios
sostenidos en el estilo de vida y el tratamiento médico.
Estudios
como el EUROASPIRE V (2019) revelan que, pese a la disponibilidad de
tratamientos eficaces, una gran proporción de pacientes no logra controlar
adecuadamente sus factores de riesgo. Las razones son múltiples: desde la falta
de adherencia a la medicación y barreras estructurales como el acceso desigual
a la rehabilitación o al seguimiento cardiológico, hasta sedentarismo o
alimentación inadecuada.
La
buena noticia es que muchas de estas amenazas pueden reducirse. Estas son
algunas acciones clave que ayudan a prevenir nuevos eventos:
Seguir
el tratamiento farmacológico sin interrupciones
Medicamentos
como antiplaquetarios, estatinas, betabloqueantes y otros fármacos protectores
del corazón son fundamentales después de un infarto. Según el perfil de cada
paciente, el cardiólogo puede sumar terapias nuevas, como los inhibidores de
PCSK9 (para el colesterol) o los del SGLT2 (si hay diabetes o insuficiencia
cardíaca). Lo importante es tomarlos tal como lo indique el médico y nunca
suspenderlos sin indicación profesional.
Controlar
los factores de riesgo cardiovascular
Presión
arterial elevada, colesterol alto y glucemia fuera de rango son amenazas
silenciosas pero serias. Incluso en personas sin diabetes diagnosticada, la
hiperglucemia puede incrementar el riesgo cardiovascular.
Por
eso, además de la medicación, es esencial realizar cambios en el estilo de vida
para mantener estos niveles saludables: incorporar una alimentación
equilibrada, dejar de fumar y evitar el sedentarismo.
Participar
en programas de rehabilitación cardíaca
Está
demostrado que participar en este tipo de actividades, que incluye ejercicio
supervisado, educación, control emocional y hábitos saludables, reduce
significativamente el riesgo de nuevos eventos cardiovasculares tras un
infarto.
Hacer
actividad física adaptada
Moverse
todos los días mejora la función cardíaca y reduce la inflamación vascular.
Caminar, nadar o pedalear son actividades beneficiosas, pero deben adaptarse al
estado de cada persona. La prescripción de ejercicio debe ser progresiva y
supervisada por un equipo de salud.
Atender
la salud mental
Tras
un infarto, no es raro sentir ansiedad, depresión o miedo. Estas emociones
pueden afectar la recuperación y la adherencia a los tratamientos.
Identificarlas y pedir ayuda
profesional
no solo mejora la calidad de vida, sino que también reduce el riesgo de
recurrencias.
Usar herramientas digitales
para el seguimiento
Existen
aplicaciones que ayudan a recordar la medicación, monitorear la presión
arterial, registrar la actividad física o comunicarse con el equipo médico.
Prevenir
nuevos eventos cardiovasculares no depende solo de una medicación: requiere un
enfoque integral, sostenido y adaptado a cada persona. La prevención secundaria
es una inversión en años y calidad de vida.
Recuerda:
Si tuviste un infarto, cada acción que tomes para proteger a tu corazón cuenta.
CdeB