viernes, 26 de junio de 2026

Día litúrgico: Sábado XII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 8,5-17): En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído». Y en aquella hora sanó el criado.
Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; Él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades».
 
Comentario del Evangelio
 
Hoy comprobamos el buen resultado de pedir a Dios ‘bien’ y ‘bueno’. El centurión —un jefe del ejército romano— acude correctamente a Jesús: sabe pedir bien. Lo hace con humildad: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo»; lo hace con fe firme: «basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». Además, sabe pedir ‘lo bueno’: se preocupa por la falta de salud de un criado suyo.
—El centurión le ha robado el corazón a Jesús y ahí está el resultado: «Que te suceda como has creído».

Alleluia - Diapositiva 47...

Boleros Clásicos Instrumentales – Dulces Sonidos de Guitarra y Violín...

Cicatriz de Oro - Flamenco Apasionado Fusión, Acordeón, Flauta y Violín...

La nostalgia puede ser una inyección de vida…

José María Ruiz Vargas (Córdoba, España, 78 años) lleva en su memoria toda una vida dedicada al estudio de la memoria. Este catedrático emérito de Psicología cumple cinco decenios desde que comenzó a impartir clase e investigar en la Universidad Autónoma de Madrid. Tiene en su haber una larga lista de libros especializados, referentes en su campo, pero en 2023 publicó La memoria y la vida (Debate), un hermoso y grueso ensayo donde explica al profano todos los vericuetos de los recuerdos, en un texto plagado de experiencias autobiográficas y un impresionante arsenal de citas literarias: de Javier Marías a Jorge Luis Borges, de Elias Canetti a, cómo no, Marcel Proust. Recibe en su campus, extremadamente amable y locuaz. Quiere transmitir un mensaje claro: “Somos lo que recordamos”.
·        Pregunta. ¿Cuál es el recuerdo más antiguo que conserva?
·        Respuesta. Es uno en el que estoy sentando a horcajadas sobre mi padre, que está tumbado en la cama con el torso desnudo y me coge de las manos. Me está enseñando a contar. Llego hasta el número 29, pero ya no me sé más y espero a que me ayude. Me acuerdo perfectamente.
·        P). Es muy bonito. Yo tengo una niña pequeña y eso me trae recuerdos muy antiguos, pero no sé si son reales: me acuerdo de la báscula de metal en la que me pesaban de bebé. ¿Es posible?
·        R) Puede que de más mayor vieras esa báscula en la farmacia y tu madre te contara la historia. Los bebés no pueden tener recuerdos en forma de narración, tal vez fogonazos o colores… Para elaborar una narración es necesario que exista la conciencia de uno mismo.
·        P) ¿Dónde guardamos los recuerdos?
·        R) En un principio se habló de la propiedad de las neuronas de mantener durante un tiempo las estimulaciones que reciben, un estado de reverberación, pero luego ya se entendió que el cerebro entero era un sistema de memoria.
·        P) ¿Pero conocemos el mecanismo físico por el que se almacena la información?
·        R) Ese problema no está resuelto. Ya se planteaba en la época de Ramón y Cajal, que propuso que la memoria estaba en las conexiones entre las neuronas, las sinapsis, que se forman cuando aprendes algo. Toda la información que llega al cerebro a través de los sentidos va dejando algún tipo de huella. No todas esas huellas se van a convertir en memorias permanentes: hay una serie mecanismos que se encargan de limpiar.
·        P) ¿Cómo cuáles?
·        R) Durante el sueño hay una fase REM. Tiene una actividad eléctrica casi idéntica al estado de vigilia, pero cuesta mucho despertarse ahí. Y si te despiertan dirás que estas soñando. Pues bien, al menos una de sus funciones es reprocesar lo que has aprendido despierto. Así se va consolidando la memoria. Francis Crick, descubridor junto a James Watson de la estructura del ADN, decía que “soñamos para olvidar”, aunque esa frase tiene mucho de eslogan. Pero esa fase va limpiando las memorias espurias, sin importancia, que entraron en nuestro cerebro durante el día.
·        P) A veces recuerdo cosas que no sabía que recordaba. Es sorprendente.
·        R) Esas cosas pueden estar ahí sin tú saberlo, como si no estuviesen, pero vuelven cuando se da la recuperación, cuando algo las activa. Para que los recuerdos se vayan reforzando hay que usarlos, lo que no se usa está cada vez más débil. No se pierde, pero se debilita. Quizás eso explica la tendencia humana a contarnos historias, para reforzar la memoria, es decir, para reforzar nuestra identidad. Los humanos somos contadores de historias.
·        P) De hecho, el cerebro se ha desarrollado para procesar relatos.
·        R) Y al contarnos esos relatos tenemos que someternos a las normas canónicas de la narrativa: planteamiento, nudo y desenlace. Así modificamos las experiencias para hacerlas narrativas. Por eso el recuerdo nunca es un reflejo exacto de lo que ocurrió.
·        P) Existe la idea de que la memoria no es fiable.
·        R) Este encuentro que estamos manteniendo cada uno lo recordaremos de una manera. Cada uno nos fijaremos en unas cosas y las recordaremos, y eso depende de quienes somos, de lo que hemos vivido antes. Hay una serie de filtros: el conocimiento previo, las creencias, los valores, las emociones… La manera de mirar el mundo.
·        P) También es muy curioso que, cuando das con un recuerdo lejano, ese recuerdo trae otros, como si tiraras de un hilo.
·        R) Hay una metáfora interesante: el canasto de cerezas. Cuando coges una cereza, tira de otra, y esa de otro par… Al final sale un racimo. Los recuerdos se organizan así, por similitudes de diferentes tipos, circunstancial, afectiva, ambiental… Si te acuerdas de algo de cuando eras niño, saldrán otros recuerdos de la niñez.
·        P) Lo afectivo, la emoción, es muy importante.
·        R) Yo la llamo el superglue de la memoria. Las experiencias vividas con emoción son imborrables. Por eso la etapa de la vida que más recordamos es la juventud entre los 15 y los 25 años, el llamado pico de la reminiscencia, porque es la más intensa emocionalmente, llena de primeras experiencias. También porque es cuando se construye la identidad biográfica -nos damos cuenta de que comenzamos una andadura vital- y cuando las capacidades cognitivas están en su culmen. Por eso decimos eso de “en mi época”… como si nuestra época solo fuera aquella.
·        P) ¿Y en la vejez qué pasa?
·        R) Se producen una serie de fenómenos impresionantes. Hasta bien poco se pensaba que el envejecimiento era muy malo para la memoria, pero no es necesariamente así. En el envejecimiento hay pérdidas, pero también grandes ganancias. Por ejemplo, en torno a los 50 años viene una avalancha de recuerdos de la adolescencia que tiene un valor adaptativo: reforzar la identidad. Otro es la positividad de la memoria: la gente mayor tiene recuerdos más agradables que los jóvenes, en los que predominan los recuerdos negativos. También tiene valor adaptativo: contrarrestar las pérdidas que se dan en la vida. Es la paradoja de la felicidad: las personas mayores son más felices.
·        P) Hay muchos cambios en la vejez.
·        R) Sí, y hay otro fenómeno: la conciencia de tiempo futuro. A partir de cierta edad esa edad ya no define tu proyecto de vida, sino la conciencia del tiempo que te queda por vivir: el horizonte se acerca cada vez más. Eso hace que cambien los objetivos vitales: ya no importan tanto las metas, sino vivir en el día a día, disfrutar de los afectos. En la juventud la cognición domina a la emoción, en la vejez es al revés: los objetivos emocionales rigen la conducta de las personas.
·        P) ¿La tecnología está dañando nuestra memoria?
·        R) La tecnología es una ayuda externa para la memoria, como la escritura: la lista de la compra que llevas al supermercado. Pero, ¿qué está ocurriendo en las aulas? Hay falta de motivación, de asistencia, la dificultad para el aprendizaje… Llevo 50 años y no había visto esto. Ahora las clases están diezmadas y llenas de ordenadores y móviles donde los alumnos están mirando otras cosas que no tienen nada que ver. Además, tomar nota a mano facilita el aprendizaje, es un trabajo cognitivo-motor, cosa que el teclado no hace. La tecnología no solo es un progreso para la humanidad, sino que puede tomar derivas indeseables.
·        P) Vivimos, ante el futuro abolido, en una sociedad nostálgica.
·        R) La nostalgia es un sentimiento ambivalente. El psicólogo griego Constantine Sedikides está reivindicando el lado positivo, porque, yo creo, la nostalgia se confunde a veces con la melancolía. Pero la evocación del pasado suele generar un sentimiento positivo: te das cuenta de que has tenido una vida. Para mí es una inyección de optimismo. Tengo un amigo de 88 años con el que hablo a menudo y recordamos los tiempos del colegio: eso le levanta el ánimo, es una inyección de vida. Esa es la nostalgia positiva.
·        P) A veces percibo un olor por la calle y me trae un recuerdo perdido como si fuera un puñetazo.
·        R) Para recuperar algo hace falta que el cerebro entre en modo recuperación y que haya un clave de recuperación. Esa clave puede ser, por ejemplo, una palabra, una conversación. Pero la clave más potente y rápida son los olores.
·        P) Es el aroma de la magdalena de Proust.
·        R) Y eso es porque hay una zona en el cerebro, el sistema límbico, que en el XIX se le llamó rinencéfalo, es decir, el cerebro de la nariz. Todas las entradas sensoriales, menos el olfato, pasan por el tálamo y luego se proyectan en la corteza. Pero el olfato va directamente al rinencéfalo, que no solo tiene funciones olfativas sino también relacionadas con la memoria. BP

La fuerza que no se apaga…

Avenida transitada. Luces que parpadean. Gente que avanza con prisa.

En la ciudad hay días que desgastan, donde el cansancio no es solo físico, sino del alma.

Pero hay una fuerza que no se mide en horas de sueño ni en tazas de café.

Es la que nace cuando decides confiar en Dios… incluso cuando no ves el final del camino.

Esa fuerza no depende de tus reservas, sino de su promesa.

Y en medio del ruido, su voz firme te dice: “Yo te sostengo. Sigue”.

“Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas…” (Isaías 40:31) RM

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