jueves, 26 de marzo de 2026

Día litúrgico: Viernes V (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 10,31-42): En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.
 
Comentario del Evangelio
 
Hoy ya estamos ‘tocando’ la Semana Santa. Hoy quieren apedrear a Jesús; dentro de unos días lo llevarán a la Cruz. El misterio de la Encarnación está en la base de la acusación: «Tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Cristo es Hombre y es Dios. En realidad, sus detractores se movieron por envidia.
—Pero la gente normal reaccionó de otra manera: «Decían: ‘Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad’. Y muchos creyeron en Él».

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Diferencias entre migraña y cefalea en racimos…

La responsable de la sección ‘SEMES Divulgación’ de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias, la enfermera de emergencias Rosa Pérez, ha destacado que el triaje de la Enfermería de Urgencias es ‘clave’ a la hora de distinguir entre una migraña y una cefalea en racimos y la posterior derivación del paciente al neurólogo.
La enfermera “tiene que estar preparada para hacer una serie de preguntas para valorar la gravedad y tiene que estar muy formada en este tipo de triaje, en cefaleas”, para saber ‘distinguir’, manifestó Pérez en declaraciones a Europa Press. Ello debido a que el tratamiento es distinto para estas dos enfermedades.
Al respecto, ha insistido en la relevancia de este primer contacto con el paciente, ‘para evitar el retraso diagnóstico-terapéutico’. De hecho, es necesario un ‘diagnóstico diferencial’, ya que ‘puede ser cefalea en racimos o puede ser un problema vascular’, ha aseverado.
Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Cefalea en Racimos (21-03), ha recordado que ‘dentro de las cefaleas hay diferentes clases’, siendo las primarias todas aquellas ‘en las que no se establece aún la causa’. ‘Englobarían las cefaleas tensionales, que son quizá las más frecuentes, las migrañas y estas cefaleas en racimos’, explicó.
Síntomas acompañantes
Abordando la diferenciación entre migraña y cefalea en racimos, ha indicado que esta última “se puede presentar, generalmente, detrás del ojo como un dolor punzante y, también, muchas personas han dicho que puede ser como urente, como quemante. Esta tendrá síntomas acompañantes, y es que el ojo te va a llorar y muchas veces el párpado incluso lo vas a tener como caído, como cerrado”, señaló, destacando también la sensación de moqueo.
“Vas a tener un dolor horrible”, manifestó, sin ambages, al tiempo que afirmó que la migraña “muchas veces te avisa”, mientras que la cefalea en racimos “suele ser de repente, fulminante”. Además, “siempre es a la misma hora y suele ser por la noche”, y todo sin una causa conocida, aunque la genética desempeña un rol importante y existen desencadenantes, como el estrés, la falta de sueño, la deshidratación, los cambios en los hábitos de vida y las alteraciones hormonales.
No obstante, ese dolor “viene y se va, ya que puede durar entre 15, 30, 40 minutos, e incluso puede ser más largo, por lo que cursa como a brotes. En cambio, la migraña puede durar todo el día, incluso hasta 2 días seguidos”, manifestó tras lo que afirmó que ésta “muchas veces se acompaña de síntomas digestivos, por ejemplo, náuseas, vómitos”, aunque el dolor es menos intenso.
En cuanto al tratamiento, López destacó que, en la cefalea en racimos, “incluye, por ejemplo, el oxígeno, la melatonina, algunos medicamentos que se relacionan con otras patologías del sistema nervioso central e incluso también hay alguna posibilidad quirúrgica”, por lo que es muy personalizado. Por su parte, en la migraña se emplean fármacos “que van directamente a las vías de dolor neurológico”.
Consultar al profesional
La enfermedad crónica de la cefalea en racimos tiene, además, un tratamiento preventivo, en el que entra en juego la familia de los triptanes, que son agonistas de los receptores de serotonina. De cualquier forma, “lo importante es saber que ante un dolor fuerte, fuerte, fuerte, la persona lo consulte”, enfatizó.
Por otra parte, la enfermera, que informó de que esta patología es más frecuente en hombres, aunque se asocia “con los cambios hormonales” de la mujer, explicó que está muy vinculada al ritmo circadiano del sueño. Por ello, anima a apuntar todo lo relacionado con el momento del dolor de cabeza y así apoyar con datos la labor del profesional sanitario.
Con todo, y señalando que falta investigación en esta patología, López indicó que los pacientes “llegan tarde a un diagnóstico. Nos cuesta diferenciarla con una migraña, nos cuesta diferenciarla con una cefalea tensional o una cefalea primaria”, aseguró para concluir poniendo de relieve la importancia de la formación. BP

La Cuaresma: tiempo para reflexionar sobre el dolor y sufrimiento…

Cuarenta días tenemos por delante para meditar sobre el sentido en nuestras vidas, de cualquier tipo de dolencia bien sea física o espiritual, siempre que lo hagamos a la luz del Cristo doliente, que se presenta ante nuestros ojos como maestro de dolores. Tenemos que aprender a sufrir, porque el sufrimiento es una realidad que acompaña a la condición humana y tarde o temprano  nos enfrentaremos a ella. ¿Qué sabe el que no sabe sufrir? Se preguntaba el gran místico español Juan de La Cruz, porque aun siendo penoso en sí mismo el sufrimiento, lo es mucho más cuando no le encontramos sentido alguno. Es por esto que hasta algunos pensadores alejados del cristianismo tratan de encontrar razones para poderlo sobrellevar con dignidad, llegando a decir, como lo hace Nietzsche, que en el dolor puede estar la fuente de vida e incluso, se ha llegado más lejos, hasta relacionar el dolor con el amor auténtico, como si aquel fuera la garantía de éste. Es por esto por lo que la última palabra no la tiene el dolor sino el amor, que todo lo ensalza y purifica, de modo que sufrir por amor no es ya solo una expresión que tiene sentido, sino que bien pudiera poner de manifiesto la nobleza de la condición humana.

Los latigazos inesperados que recibimos en la vida nos harán enmudecer, pero no desesperar cuando los soportamos a la luz del misterio de la cruz, eso que muchos sabios y prudentes de este mundo no son capaces de comprender, porque para ellos siempre será una locura. En esta locura de la cruz es en la que sólo quería gloriarse Pablo de Tarso. En ella deberíamos encontrar también todos los cristianos el santo gozo de poder padecer con Cristo y cooperar con Él en su obra redentora. A quienes la cruz se les hizo dulce no fue por ser cruz, sino por poderla sobrellevar con amor y por amor, Este es el secreto para poder padecer con alegría, pues como bien dijera S. Agustín: «Donde hay amor no hay dolor».

Si queremos encontrar una respuesta cristiana al dolor hemos de ser conscientes de su valor  salvífico. De ello ya nos habló S. Pablo y en los tiempos actuales lo ha hecho J. Pablo II en su Carta Apostólica ‘Salvici doloris’ ¿Para qué sufrimos? Sufrimos para demostrar nuestro amor a Cristo, para unirnos a Él hasta llegar a ser corredentores con Él. Si el discípulo no puede ser más que su maestro, ningún cristiano podrá seguir sus pasos por sendas distintas a las suyas. Sobran las almas que alegremente quieren acompañarle el Domingo de Ramos, embriagadas de olor a incienso y laurel. Son muchos los que quieren adelantar el triunfo de Resurrección, sin pasar antes por la Vía Dolorosa del Viernes Santo. Nos hemos ido olvidando que para poder ser felices ya en la tierra hay que aprender a convivir con el dolor.  En nuestro afán de quedarnos con lo que nos conviene hemos separado cuidadosamente ‘la mística de la felicidad’ de la ‘mística del sufrimiento’ y ya nadie hace mención de aquella. Sabia sentencia es aquella que alumbró el itinerario de numerosas generaciones del pasado y que reza así: ‘Ad lucem per crucem’ (Hacia la meta de la luz por el camino de la cruz). Que nadie se engañe, pensando que seguir a Cristo es cosa fácil, pues tener vocación de cristiano lleva implícito la renuncia y el portar la cruz de cada día. A todos nos gustaría recorrer el camino de la santidad por un camino sembrado de rosas, practicar la pobreza sin que me faltara de nada, ejercitarme en la virtud de forma complaciente, pero me temo que esto no es posible. A la santidad de vida no se llegará sin hacernos violencia, ni a la entrega amorosa sin experimentar el sabor amargo de la decepción, igual que no es posible aprender a ser humildes sin haber pasado por la humillación. La meta gloriosa que nos espera es sin duda la resurrección con Cristo, pero antes tendremos que recorrer con Él la vía dolorosa y traspasar las barreras de la muerte que son las que nos abren las puertas de la gloria. AGS

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