jueves, 16 de julio de 2026

Día litúrgico: Viernes XV (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 12,1-8): En aquel tiempo, Jesús cruzaba por los sembrados un sábado. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado». Pero Él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».
 
Comentario del Evangelio
 
Hoy tenemos que aguantar otra vez la bronca de algunos fariseos. Jesús y sus discípulos estaban atravesando un sembrado. Quizá ya era el mediodía y sentían hambre. Empezaron a tomar espigas para comérselas. ¡Normal!, ¿no? Pues algunos empezaron a criticarles. El problema no era comer el grano de las espigas, sino que era sábado… y en sábado —según ellos— no era lícito arrancar espigas (¿?).
—Si no rezamos nos ponemos en el lugar de Dios, nos inventamos leyes y, en lugar de emplearnos con misericordia, empezamos a perseguir a los ‘inocentes que no piensan como yo’.

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La ley del hielo en la crianza - El silencio como castigo emocional tiene consecuencias…

La ley del hielo en la crianza es una práctica que consiste en ignorar al hijo después de un conflicto, dejándole de hablar y de hacerle muestras de cariño de forma prolongada. Este modo de actuar puede tener efectos negativos en los menores, como sentimientos de culpa e incomprensión.
Sobre la ley del hielo y sus efectos negativos, entre ellos el daño en la autoestima del menor o en su capacidad para afrontar conflictos futuros, desarrolla la psicopedagoga y profesora colaboradora la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) en España, Sylvie Pére.
Señala que el silencio impuesto por un progenitor a modo de castigo de forma regular podría tener consecuencias emocionales profundas para un niño. “No es simplemente quedarse callado, es hacer como si el niño no existiera, negarle la posibilidad de explicarse, de pedir disculpas, de entender qué ha hecho mal”, explica la psicopedagoga.
Una manera de manipular
Según la experta, la ley del hielo en la crianza es una manera “de manipular”. Supone una negación del afecto que genera dolor y que no permite al niño ni disculparse: “Lo único que genera es rechazo”, apunta. Además, “esconde” la incapacidad del adulto para gestionar el conflicto que ha ocurrido o para tolerar la frustración.
En este sentido, la UOC señala en una nota que un estudio realizado por varias universidades de EE.UU concluyó que este trato de silencio en familias tiene “efectos negativos claros”. Entre ellos, que los hijos que lo han experimentado, cuando son adultos, reportan menor satisfacción relacional y menor sensación de control. Además, se produce una transmisión intergeneracional de esta conducta, de forma que los hijos replican el patrón parental. El estudio estadounidense, en definitiva, señala que la ley del hielo es una práctica que daña la comunicación familiar “con consecuencias relacionales y psicológicas cuantificables”.
No es castigo, es ignorancia
Para la psicopedagoga de la UOC, “más que silencio, lo que se aplica es la ignorancia”. “Es no existir. Es parecido al ghosting, pero en el ámbito familiar. Y eso genera una angustia tremenda. Es una manera de castigar sin permitir al niño ni disculparse ni comprender. Lo que recibe es rechazo, puro y duro”, subraya Pére.
Al no haber explicación por parte de los padres, al menor le invade una gran confusión, porque se ve obligado a imaginar qué ha hecho mal, y se carga con la culpa. Los niños se sienten como nos sentimos los adultos cuando alguien nos ignora, pero en estos casos el impacto todavía es más grande porque aún no tienen herramientas emocionales para entender qué está ocurriendo.
Ley del hielo: maltrato emocional
Por eso, si bien no hay gritos ni castigos, la pedagoga estima que es una forma “de maltrato emocional”. “Duele porque niegan el afecto al niño, le hacen sentir que no vale nada y además lo confunden, porque nadie le explica nada. Las hipótesis que hace el niño para entender por qué lo ignoran son muchas, y todas le hacen daño”, abunda.
Los niños que crecen con este tipo de castigos se pueden convertir en adultos inseguros, que tienden a buscar la aprobación constante de los demás, tienen dificultades de expresarse, y distinguen con dificultad lo que está bien de lo que está mal. “El niño acaba creyendo que no se le castiga por lo que ha hecho, sino por lo que es. Se castiga a todo él, no a su conducta. Y eso es muy perjudicial para su desarrollo emocional”, subraya la psicopedagoga.
No confundirlo con los límites
No obstante, la experta matiza que no todo silencio hace daño, ya que hay momentos en los que es necesario marcar límites y hacerlo con firmeza y claridad. Y marcar esos límites pasa por parar un momento: si esta práctica se hace cuando sucede algo que disgusta, con una duración muy limitada y tras la cual se reemprende la comunicación con el menor, no se considera ley del hielo.
Además, si los padres se sienten “desbordados emocionalmente” pueden necesitar un momento para tranquilizarse antes de gestionar el conflicto. “A veces los padres necesitan distanciarse un momento del niño porque están muy enfadados. Eso es sano, si se hace bien. Se puede decir: ‘ahora mismo no puedo hablar contigo, estoy muy enfadado. En un rato lo hablamos'”, aconseja Pére, quien hace hincapié en que el enfado es natural, pero ignorar al hijo “no es una opción”.
Consejos
Para evitar la ley del hielo, ofrece varios consejos en situaciones de tensión:
• Poner palabras al enfado: decir “ahora estoy muy enfadado y necesito un rato para calmarme” permite al niño entender lo que está pasando sin sentirse rechazado.
• Evitar discursos interminables: cuando el conflicto está activo, es preferible limitar las explicaciones y centrarse en el límite.
• Repartir el cuidado si es necesario: si el adulto está desbordado, puede pedir ayuda a otro adulto de confianza para que intervenga en ese momento.
• Aplicar consecuencias claras y proporcionales: es importante que los límites estén definidos de antemano y que las consecuencias no se improvisen en caliente.
Todo deja huella
En cualquier caso, la experta desaconseja que el castigo sea retirar la palabra al hijo porque esto genera “una angustia cruel” ya que necesita crecer con la seguridad “de que puede hablar, equivocarse y aprender, sin miedo a ser ignorado”. Así las cosas, la profesora de la UOC insiste en que los adultos son modelos para los niños y que “todo lo que hacemos deja huella”. No determina del todo, “pero sí condiciona la manera de relacionarse con el mundo”. BP

El Mundial y el equipo de Dios…

Cada cuatro años sucede algo muy curioso: Personas que normalmente no ven fútbol ahora saben de alineaciones, horarios, grupos, estadísticas y hasta opinan como si fueran el director técnico de la selección.

Y honestamente lo entiendo. La gran competencia internacional de fútbol tiene ese ‘efecto’ de unir familias, amigos y hasta desconocidos frente a una pantalla.

Pero hace unos días el Papa León XIV hizo una reflexión que me llamó mucho la atención. Dijo que el fútbol es una metáfora de la vida, porque “quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego”.

Y mientras escuchaba esa frase pensé... También aplica para nuestra vida de fe.

Vivimos en una cultura donde constantemente nos invitan a destacar por encima de los demás. Tener más seguidores, más reconocimiento, más éxito, más aplausos. Incluso en la iglesia está la señora que quiere cantar el salmo ‘más bonito’ o el monitor que hasta critica al sacerdote por algo que dijo en la homilía. 

Pero el Evangelio nunca ha sido sobre formar ‘estrellas’, se ha tratado de formar discípulos. Y un discípulo entiende que el Reino de Dios no se construye solo.

Tenemos el ejemplo de Jesús, él pudo haber anunciado el Evangelio completamente solo, pero en vez de avanzar por su cuenta, llamó a doce apóstoles. Después envió a setenta y dos discípulos, fundó una Iglesia y creó una comunidad.

Hemos llegado a olvidar algo muy importante: La fe nunca fue pensada para vivirse en aislamiento.

A veces creemos que ser un buen católico consiste únicamente en ir a misa, rezar y procurar no hacer cosas malas. Pero Cristo fue mucho más allá. Nos pidió anunciar el Evangelio, servir a los demás y caminar juntos. En esta época de grandes torneos deportivos se podría decir: pasar el balón. 

Porque de nada sirve que tengas muchos talentos si solo los utilizas para ti. Puedes cantar increíble, pero si nunca ayudas a animar una misa o un retiro, ese talento se queda guardado. Puedes saber muchísimo de la Biblia, pero si nunca acompañas a alguien que tiene dudas sobre Dios, ese conocimiento no produce fruto.

Puedes tener un corazón generoso, pero si nunca compartes tu tiempo con quien lo necesita, tu fe termina jugándose en la banca.

San Pablo lo explicó de una manera hermosa cuando comparó a la Iglesia con un cuerpo. “Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros... así también Cristo” (1 Corintios 12,12). No todos somos la misma parte, no todos tenemos el mismo talento, pero todos somos necesarios.

En un equipo de fútbol hay delanteros, defensas, porteros y mediocampistas. Todos cumplen una función distinta. Imagínate un partido donde los once quisieran ser delanteros, ¡sería un desastre! Lo mismo ocurre en la Iglesia. 

Hay quienes evangelizan, quienes cantan, quienes enseñan catequesis, quienes visitan enfermos, quienes organizan actividades, quienes simplemente escuchan y acompañan.

¡Todos son importantes! Y todos juegan para el mismo equipo. El Papa León XIV nos recuerda que la vida cristiana no consiste en lucirse, sino en aprender a jugar para el bien común.

Porque el verdadero triunfo no es que una sola persona anote el gol, es que todo el equipo llegue a la meta. Así que la próxima vez que veas un partido importante, fíjate en algo más que los goles.

Observa cómo se comunican, cómo se apoyan, cómo celebran juntos, cómo uno corre para que otro pueda anotar. Y lo más importante pregúntate: ¿Estoy jugando solo mi partido... o estoy ayudando a que otros también lleguen a Cristo?

Porque al final, el mejor equipo no siempre es el que tiene más figuras, es el que aprendió a jugar unido. Y en ese equipo... Cristo siempre lleva el gafete de capitán. AP

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