José María Ruiz Vargas (Córdoba,
España, 78 años) lleva en su memoria toda una vida dedicada al estudio de la
memoria. Este catedrático emérito de Psicología cumple cinco decenios desde que
comenzó a impartir clase e investigar en la Universidad Autónoma de Madrid.
Tiene en su haber una larga lista de libros especializados, referentes en su
campo, pero en 2023 publicó La memoria y la vida (Debate), un hermoso y grueso
ensayo donde explica al profano todos los vericuetos de los recuerdos, en un
texto plagado de experiencias autobiográficas y un impresionante arsenal de
citas literarias: de Javier Marías a Jorge Luis Borges, de Elias Canetti a,
cómo no, Marcel Proust. Recibe en su campus, extremadamente amable y locuaz.
Quiere transmitir un mensaje claro: “Somos lo que recordamos”.
·
Pregunta.
¿Cuál es el recuerdo más antiguo que conserva?
·
Respuesta. Es uno en
el que estoy sentando a horcajadas sobre mi padre, que está tumbado en la cama
con el torso desnudo y me coge de las manos. Me está enseñando a contar. Llego
hasta el número 29, pero ya no me sé más y espero a que me ayude. Me acuerdo
perfectamente.
·
P). Es muy
bonito. Yo tengo una niña pequeña y eso me trae recuerdos muy antiguos, pero no
sé si son reales: me acuerdo de la báscula de metal en la que me pesaban de
bebé. ¿Es posible?
·
R) Puede que
de más mayor vieras esa báscula en la farmacia y tu madre te contara la
historia. Los bebés no pueden tener recuerdos en forma de narración, tal vez
fogonazos o colores… Para elaborar una narración es necesario que exista la
conciencia de uno mismo.
·
P) ¿Dónde
guardamos los recuerdos?
·
R) En un
principio se habló de la propiedad de las neuronas de mantener durante un
tiempo las estimulaciones que reciben, un estado de reverberación, pero luego
ya se entendió que el cerebro entero era un sistema de memoria.
·
P) ¿Pero conocemos
el mecanismo físico por el que se almacena la información?
·
R) Ese
problema no está resuelto. Ya se planteaba en la época de Ramón y Cajal, que
propuso que la memoria estaba en las conexiones entre las neuronas, las
sinapsis, que se forman cuando aprendes algo. Toda la información que llega al
cerebro a través de los sentidos va dejando algún tipo de huella. No todas esas
huellas se van a convertir en memorias permanentes: hay una serie mecanismos
que se encargan de limpiar.
·
P) ¿Cómo
cuáles?
·
R) Durante el
sueño hay una fase REM. Tiene una actividad eléctrica casi idéntica al estado
de vigilia, pero cuesta mucho despertarse ahí. Y si te despiertan dirás que
estas soñando. Pues bien, al menos una de sus funciones es reprocesar lo que
has aprendido despierto. Así se va consolidando la memoria. Francis Crick,
descubridor junto a James Watson de la estructura del ADN, decía que “soñamos
para olvidar”, aunque esa frase tiene mucho de eslogan. Pero esa fase va
limpiando las memorias espurias, sin importancia, que entraron en nuestro
cerebro durante el día.
·
P) A veces
recuerdo cosas que no sabía que recordaba. Es sorprendente.
·
R) Esas cosas
pueden estar ahí sin tú saberlo, como si no estuviesen, pero vuelven cuando se
da la recuperación, cuando algo las activa. Para que los recuerdos se vayan
reforzando hay que usarlos, lo que no se usa está cada vez más débil. No se
pierde, pero se debilita. Quizás eso explica la tendencia humana a contarnos
historias, para reforzar la memoria, es decir, para reforzar nuestra identidad.
Los humanos somos contadores de historias.
·
P) De hecho,
el cerebro se ha desarrollado para procesar relatos.
·
R) Y al
contarnos esos relatos tenemos que someternos a las normas canónicas de la
narrativa: planteamiento, nudo y desenlace. Así modificamos las experiencias
para hacerlas narrativas. Por eso el recuerdo nunca es un reflejo exacto de lo
que ocurrió.
·
P) Existe la
idea de que la memoria no es fiable.
·
R) Este
encuentro que estamos manteniendo cada uno lo recordaremos de una manera. Cada
uno nos fijaremos en unas cosas y las recordaremos, y eso depende de quienes
somos, de lo que hemos vivido antes. Hay una serie de filtros: el conocimiento
previo, las creencias, los valores, las emociones… La manera de mirar el mundo.
·
P) También
es muy curioso que, cuando das con un recuerdo lejano, ese recuerdo trae otros,
como si tiraras de un hilo.
·
R) Hay una
metáfora interesante: el canasto de cerezas. Cuando coges una cereza, tira de
otra, y esa de otro par… Al final sale un racimo. Los recuerdos se organizan
así, por similitudes de diferentes tipos, circunstancial, afectiva, ambiental…
Si te acuerdas de algo de cuando eras niño, saldrán otros recuerdos de la
niñez.
·
P) Lo
afectivo, la emoción, es muy importante.
·
R) Yo la llamo
el superglue de la memoria. Las experiencias vividas con emoción son
imborrables. Por eso la etapa de la vida que más recordamos es la juventud
entre los 15 y los 25 años, el llamado pico de la reminiscencia, porque es la
más intensa emocionalmente, llena de primeras experiencias. También porque es
cuando se construye la identidad biográfica -nos damos cuenta de que comenzamos
una andadura vital- y cuando las capacidades cognitivas están en su culmen. Por
eso decimos eso de “en mi época”… como si nuestra época solo fuera aquella.
·
P) ¿Y en la
vejez qué pasa?
·
R) Se producen
una serie de fenómenos impresionantes. Hasta bien poco se pensaba que el
envejecimiento era muy malo para la memoria, pero no es necesariamente así. En
el envejecimiento hay pérdidas, pero también grandes ganancias. Por ejemplo, en
torno a los 50 años viene una avalancha de recuerdos de la adolescencia que
tiene un valor adaptativo: reforzar la identidad. Otro es la positividad de la
memoria: la gente mayor tiene recuerdos más agradables que los jóvenes, en los
que predominan los recuerdos negativos. También tiene valor adaptativo:
contrarrestar las pérdidas que se dan en la vida. Es la paradoja de la
felicidad: las personas mayores son más felices.
·
P) Hay
muchos cambios en la vejez.
·
R) Sí, y hay
otro fenómeno: la conciencia de tiempo futuro. A partir de cierta edad esa edad
ya no define tu proyecto de vida, sino la conciencia del tiempo que te queda
por vivir: el horizonte se acerca cada vez más. Eso hace que cambien los
objetivos vitales: ya no importan tanto las metas, sino vivir en el día a día,
disfrutar de los afectos. En la juventud la cognición domina a la emoción, en
la vejez es al revés: los objetivos emocionales rigen la conducta de las
personas.
·
P) ¿La
tecnología está dañando nuestra memoria?
·
R) La
tecnología es una ayuda externa para la memoria, como la escritura: la lista de
la compra que llevas al supermercado. Pero, ¿qué está ocurriendo en las aulas?
Hay falta de motivación, de asistencia, la dificultad para el aprendizaje…
Llevo 50 años y no había visto esto. Ahora las clases están diezmadas y llenas
de ordenadores y móviles donde los alumnos están mirando otras cosas que no
tienen nada que ver. Además, tomar nota a mano facilita el aprendizaje, es un
trabajo cognitivo-motor, cosa que el teclado no hace. La tecnología no solo es
un progreso para la humanidad, sino que puede tomar derivas indeseables.
·
P) Vivimos,
ante el futuro abolido, en una sociedad nostálgica.
·
R) La
nostalgia es un sentimiento ambivalente. El psicólogo griego Constantine Sedikides
está reivindicando el lado positivo, porque, yo creo, la nostalgia se confunde
a veces con la melancolía. Pero la evocación del pasado suele generar un
sentimiento positivo: te das cuenta de que has tenido una vida. Para mí es una
inyección de optimismo. Tengo un amigo de 88 años con el que hablo a menudo y
recordamos los tiempos del colegio: eso le levanta el ánimo, es una inyección
de vida. Esa es la nostalgia positiva.
·
P) A veces
percibo un olor por la calle y me trae un recuerdo perdido como si fuera un
puñetazo.
·
R) Para
recuperar algo hace falta que el cerebro entre en modo recuperación y que haya
un clave de recuperación. Esa clave puede ser, por ejemplo, una palabra, una
conversación. Pero la clave más potente y rápida son los olores.
·
P) Es el
aroma de la magdalena de Proust.
·
R) Y eso es
porque hay una zona en el cerebro, el sistema límbico, que en el XIX se le
llamó rinencéfalo, es decir, el cerebro de la nariz. Todas las entradas
sensoriales, menos el olfato, pasan por el tálamo y luego se proyectan en la
corteza. Pero el olfato va directamente al rinencéfalo, que no solo tiene
funciones olfativas sino también relacionadas con la memoria. BP