jueves, 2 de abril de 2026

Día litúrgico: Viernes Santo

Texto del Evangelio (Jn 18,1—19,42): En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».
Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.
De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.
Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.
Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.
Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
 
Comentario del Evangelio
 
Hoy, Cristo completa el lavado de pies que inició ayer mientras instituía la Eucaristía en el Cenáculo. Hoy Jesús completa el derramamiento de su Sangre que empezó ayer mientras sudaba sangre cuando rezaba en Getsemaní. Hoy el Señor, paciente y misericordioso, se lleva al Cielo al ‘buen ladrón’…
—¿Y nosotros? «Padre, perdónales». ¡Nos ha disculpado! Por si fuera poco, no nos deja huérfanos: «’Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ’Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa». ¿Tienes a María en tu casa?

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La vida tras un Ictus, ¿Cómo ayudar a la familia a cuidar?...

Cada año se producen en España 90.000 casos de ictus y más de 23.000 fallecimientos; las previsiones apuntan a que uno de cada cuatro españoles sufrirá un ictus a lo largo de su vida. Son datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), que estima también que cerca del 90% de los casos de ictus se podrían evitar con un estilo de vida saludable y con un control de los factores de riesgo vascular.
Más allá de los datos, un ictus no solo afecta a la persona que lo sufre. No solo su vida ha dado un giro radical, también la de su familia y la de los que están a su lado. Todos deben afrontar múltiples cambios con la enfermedad, nuevos problemas que en muchos casos van acompañados de una sensación de estrés, desconocimiento y carga. Reconocer y tratar las consecuencias emocionales y sociales del ictus es tan importante como complejo. Y, a pesar de que probablemente forman parte de los elementos más problemáticos de la rehabilitación, muchas veces no reciben la atención necesaria.
Conscientes de este necesario reconocimiento, el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz (Madrid), impulsa la Escuela de Familias que, en encuentros mensuales, pretende ayudar a las familias de pacientes con ictus y empoderarlas para que puedan afrontar, si así es el caso, la dependencia con seguridad y sintiéndose apoyadas. Para la Dra. Marta Guillán Rodríguez, especialista del Servicio de Neurología del centro madrileño y de su Unidad de Ictus, “muchas veces los cuidadores se sienten solos o desbordados ante una situación para la que no estaban preparados”.
Impacto del ictus en la vida de todos
El ictus es una enfermedad neurológica provocada por la falta de aporte de riego sanguíneo a una parte determinada del cerebro, que hace que su funcionalidad quede afectada. Se trata de la primera causa de discapacidad en la edad adulta. Según los mismos datos de la SEN, más del 30% de las personas que sobreviven a un ictus están en una situación de dependencia.
El trabajo conjunto de neurólogos, neuroradiólogos, enfermería especializada, rehabilitadores, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, logopedas, psicólogos y otros especialistas, como los trabajadores sociales, es clave para minimizar las secuelas y maximizar la recuperación funcional. Pero el seguimiento post-hospitalario continúa siendo determinante. De vuelta a casa, a menudo las personas tienen que enfrentarse a nuevas situaciones, adaptarse a su nuevo rol y encontrar respuestas a dudas sobre su enfermedad.
A todo ello, se le puede sumar una situación laboral y económica compleja, en la que la incertidumbre provoca gran preocupación, tanto a pacientes como a familias. El primer paso para los pacientes que han pasado por un ictus es tomar conciencia y aceptar la nueva situación, e identificar el grado de dificultad al que deben enfrentarse tras los daños.
La mayoría están relacionados con déficits motores como parálisis o disminución de la fuerza; problemas de equilibrio; secuelas cognitivas como problemas de memoria, desorientación, confusión, alteraciones emocionales, depresión o apatía; secuelas en la comunicación con dificultad para leer, usar o comprender palabras o producir sonidos. Las personas del entorno, como cuidadoras, brindan un apoyo vital para la recuperación y la rehabilitación. Pero, ¿quién cuida y ayuda a la familia?
Empoderar a la familia frente a un ictus
La tarea y el trabajo que nacen de iniciativas como la Escuela de Familias, abierta a cualquier persona, sea tratada o no en el centro, son fundamentales. La finalidad es ofrecer “información práctica sobre los cuidados que pueden necesitar y cómo adaptarse a la nueva realidad, para que afronten el reto con mayor seguridad y se sientan acompañados desde el punto de vista emocional”, afirma la Dra. Guillán Rodríguez.
Gracias al testimonio de pacientes formados, como Enrique Criado, paciente y colaborador en distintas entidades de daño cerebral, en los encuentros se abordan los principales desafíos a los que pacientes y familias deben hacer frente, desde el inicio de los síntomas, a las secuelas más habituales e, incluso, a los factores de riesgo y cómo prevenir un nuevo ictus, clave sobre todo en el caso de los ictus isquémicos, que en un 10-15% de los casos presentan recurrencia en los primeros años.
Pero si hay una parte importante que se trata en estas sesiones es la rehabilitación, para la que es clave contar con un equipo profesional especializado y con opciones terapéuticas. Pero no solo eso. Para Criado, no debe olvidarse “el papel clave de la familia y la importancia de cuidar también al cuidador, quien en muchos casos requiere apoyo emocional y profesional para esta nueva etapa”. El objetivo de esta iniciativa es “informar para formar y empoderar a las familias”, reconoce la Dra. Guillán. BP

Dios hoy será tu sol tu escudo…

¿Quién te sostiene hoy?

En medio de las dificultades diarias, es natural preguntarse: ¿Quién me sostendrá hoy? ¿Cómo caminar con seguridad cuando el camino parece oscuro y tortuoso? ¿De dónde vendrá mi socorro? La respuesta está en el Salmo 84:11-12: “Sol y escudo es el Señor; gracia y gloria dará el Señor; no quitará el bien a los que andan en integridad. Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que en ti confía”.

Dios: Tu Sol que ilumina el camino

Imagina un día nublado, donde la oscuridad parece envolverlo todo. De repente, el sol aparece, disipando las sombras y trayendo claridad. Así es Dios en nuestra vida: su luz ilumina nuestro camino, dándonos dirección y esperanza.

Dios: Tu Escudo que te protege

En tiempos de adversidad, cuando las fuerzas del mal parecen acercarse, Dios se presenta como nuestro escudo. Él nos cubre, nos defiende y nos da la fortaleza para enfrentar cualquier desafío.

Testimonio de fe: ‘No estoy solo’

En medio de las pruebas, podemos levantar nuestra voz y declarar: “No estoy solo. Estoy acompañado. Dios es mi fuerza. El Señor me cuidará”. Esta afirmación refleja una fe inquebrantable en la protección y guía divina.

Reflexión final

Hoy, al igual que el gorrión encuentra su hogar y la golondrina su nido cerca de los altares de Dios, nosotros también podemos hallar refugio en Su presencia. Su luz y protección nos acompañan siempre.

Oración

Señor, gracias por ser mi sol y mi escudo. Gracias por iluminar mi camino y protegerme en cada paso. Hoy confío en Tu guía y en Tu amor incondicional. Amén. RdeP

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