Dios nos habla
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“Felices los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque
oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven,
y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron. Escuchen,
entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye
la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que
había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde
del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar
la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces,
porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a
causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre
espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo
y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la
recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende.
Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno” (Mt 13,16-23).
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“Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él
sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que
dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que
sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que Yo
quiero y cumple la misión que Yo le encomendé” (Is 55,10-11).
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“Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden
compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. En efecto, toda la
creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó
sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió,
pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la
esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los
hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y
sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las
primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la
redención de nuestro cuerpo” (Rm
8,18-23).
Reflexión
“Salió el sembrador a
sembrar. Jesús, es verdad, esparce generosamente la semilla, pero la
cuantía del fruto depende de la calidad del terreno. Pues en terreno pedregoso
fácilmente se seca la semilla, y no por impotencia de la simiente, sino por
culpa de la tierra, pues mientras la semilla está llena de vitalidad, la tierra
es estéril por falta de profundidad. Cuando la tierra no mantiene la humedad,
los rayos solares penetrando con más fuerza resecan la simiente: no ciertamente
por defectuosidad en la semilla, sino por culpa del suelo. Si la semilla cae en
una tierra llena de zarzas, la vitalidad de la semilla acaba siendo ahogada por
las zarzas, que no permiten que la virtualidad interior se desarrolle, debido a
un condicionante exterior. En cambio, si la semilla cae en tierra buena no siempre
produce idéntico fruto, sino unas veces el treinta, otras el sesenta y otras el
ciento por uno. La semilla es la misma, los frutos diversos, como diversos son
también los resultados espirituales en los que son instruidos… Por medio de los
apóstoles, sembró Jesús la palabra del reino de los cielos por toda la tierra.
El oído que ha escuchado la predicación la retiene en su interior; y echa hojas
en tanto en cuanto frecuente asiduamente la Iglesia. Y nos reunimos en un mismo
local tanto los productores de trigo como de cizaña; así el fiel como el
hipócrita, para manifestar con mayor verismo lo que se predica. Nosotros, los
agricultores de la Iglesia, vamos metiendo por los sembrados el azadón de las
palabras, para cultivar el campo de modo que dé fruto. Desconocemos aún las
condiciones del terreno: la semejanza de las hojas puede con frecuencia inducir
a error a los que presiden. Pero cuando la doctrina se traduce en obras y
adquiere solidez el fruto de las fatigas, entonces aparece quién es fiel y quién
es hipócrita” (San Atanasio de
Alejandría, Homilía [atribuida]
sobre la sementera).
Nosotros le hablamos
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“Señor Dios, que iluminas a los extraviados con la luz de tu verdad,
para que puedan volver al buen camino; danos, a quienes hacemos profesión de
cristianos, la gracia de rechazar todo lo que se opone a este nombre y
comprometernos con todas sus exigencias. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los
siglos de los siglos” (Oración Colecta).
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“Por tu justicia, yo contemplaré tu rostro, y al despertar me saciaré de
tu presencia” (Antífona de entrada).
Nuestra vida cambia
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¿Cómo es mi vida espiritual? ¿Doy frutos de buenas obras para Dios?
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¿Estoy convencido de que los frutos son más, la obra de Dios que
conquista personal? ¿Trato de vivir en la docilidad a la acción de Dios?