No
se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una
élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo
discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a
todos sus bienes no puede ser discípulo mío».
Todos
sentimos en lo más hondo de nuestro ser el anhelo de libertad. Y, sin embargo,
hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación: el ser
humano parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de bastarnos a
nosotros mismos, nos pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras
aspiraciones y deseos más fundamentales.
Cada
uno buscamos un «dios» para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo
esencial de nuestra vida: algo que nos domina y se adueña de nosotros. Buscamos
ser libres y autónomos, pero, al parecer, no podemos vivir sin entregarnos a
algún «ídolo», que determina nuestra vida entera.
Estos
ídolos son muy diversos: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad,
felicidad a toda costa... Cada uno sabe el nombre de su «dios privado», al que
rinde secretamente su ser. Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad»
hacemos algo «porque nos da la gana», hemos de preguntarnos qué es lo que en
aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.
La
invitación de Jesús es provocativa. Solo hay un camino para crecer en libertad,
y solo lo conocen quienes se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente,
colaborando con él en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno
para todos. JAP
No hay comentarios.:
Publicar un comentario