En una noche sin electricidad, la oscuridad parecía imponer su silencio.
Pero bastó una chispa —una risa, una historia contada a la luz de una vela—
para demostrar que hay luces que no se apagan nunca.
La electricidad falló, pero el alma de la casa no. Los niños jugaron con
sombras como si fueran marionetas del cielo. El padre, sin preocuparse por el
reloj, halló poesía en el apagón. Y la cena, sencilla y cálida, se volvió un
banquete de memorias.
Hay
velas que no necesitan cera ni mecha para arder. Son las que se encienden en el corazón cuando el amor, la creatividad
y la esperanza toman el lugar del confort material.
Cristo, luz del mundo, no se apaga con la falta de corriente. Se manifiesta
en cada gesto cotidiano que enciende el ánimo de los que están alrededor. Velas que no se apagan son los
valores sembrados en familia, la fe que resiste el olvido, la ternura que
alumbra aún en medio de la escasez.
Cuando todo se apaga afuera, lo que queda encendido adentro revela de
qué estamos hechos. Y si Cristo está en medio, la luz nunca se va. RM
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