Recuerdo -me
contaba en confianza un antiguo compañero mío- aquellas devociones de mi niñez
y mi primera adolescencia, y la verdad es que siento haber perdido la fe. Pero
así ha sido.
Cuando mi
pensamiento vuelve, con nostalgia, a aquellos recuerdos, aún adivino que había
en ellos algo grande y valioso. Me sentía a gusto entonces, en esa inocencia,
pero ahora pienso que todo aquello era demasiado místico, que la realidad no es
así.
Mi afición a
la filosofía y aquellas ávidas lecturas de juventud deshicieron enseguida, como
un terrón de azúcar en el café, aquel clima religioso de la niñez. La
imprecisión y vaguedad de mi fe infantil se convirtió con los años en una
demoledora duda intelectual. Yo quisiera creer, pero ahora no me parece serio
creer. La razón me lo estorba.
En muchas
ocasiones, como sucede en esta que acabamos de relatar, una persona avanza con
los años en su preparación profesional, en su formación cultural, en su madurez
afectiva e intelectual..., y, sin embargo, su conocimiento de la fe se queda
estancado en unos conceptos elementales aprendidos en la niñez. Y a ese
desfase hay que añadir, en algunos casos, el triste hecho de que esa formación
religiosa quizá fue impartida por personas de conducta poco coherente.
Cuando todo
esto sucede, la fe va dejando de informar la vida, y se va rechazando poco a
poco, de una manera insensible. Y esas personas acaban por decir que Dios no
les interesa, que no tiene sitio en su vida, o que para ellos es poco
importante.
Ese proceso, lamentablemente
corriente, demuestra la fragilidad de la fe en personas que se educaron
asumiendo unas simples prácticas religiosas sin preocuparse por alcanzar un
conocimiento real y profundo de la fe. La vida espiritual no puede reducirse a
una actividad sentimental ajena a lo racional. El creyente debe buscar en su
vida espiritual una fuente de luz que facilite una vida intelectual rigurosa. AA
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