Cientos de
enfermedades han afectado y afectan la vida de millones de personas.
Algunas
enfermedades provocas limitaciones y dolores más o menos graves. Su duración
varía enormemente: unas provocan la muerte en pocas horas, mientras que otras
se prolongan por meses o incluso por años.
Al hablar de
cada enfermedad la mirada se dirige a los enfermos. Una teoría puede describir
síntomas, posibles terapias, diagnósticos y pronósticos, pero nunca será
suficiente para entender lo que experimentan el enfermo y sus familiares.
En los
inmensos esfuerzos de personas individuales y de grupos para prevenir, curar,
paliar y acompañar a los enfermos, el centro debe ser ocupado siempre por
personas concretas: los enfermos.
Son ellos, los
enfermos, quienes merecen ayuda y cercanía, medicinas concretas y atenciones
que van desde la limpieza hasta la escucha.
Por desgracia,
muchas veces faltan recursos y personal. Basta con entrar en algunos hospitales
o ver cómo miles de enfermos sufren una triste soledad en sus hogares.
A pesar de las
limitaciones, miles de médicos, familiares, enfermeros y voluntarios de todo
tipo, llegan a esfuerzos heroicos para atender al mayor número posible de
personas afligidas por la enfermedad.
El nivel de
humanización de un pueblo se muestra precisamente en el trato dispensado a los
enfermos. No sólo porque ellos necesitan ayuda, sino porque es parte de la
justicia y de la vocación humana ofrecerles todo aquello que sea posible, para
el bien de sus cuerpos y de sus corazones. FP
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