En un episodio referido sólo por el cuarto
evangelista, Jesús se defiende de las críticas que se le hacen con estas
palabras: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí», y
cita una frase que se puede leer en el libro de Isaías: «Serán todos discípulos
de Dios».
La idea de «aprender de Dios» y ser como es él
estaba muy enraizada en Israel. De hecho, esta exigencia radical estaba
formulada en el viejo libro del Levítico con estas palabras: «Sed santos como
yo, el Señor vuestro Dios, soy Santo» (Lev 19,2).
Los judíos entendían esta santidad como una
«separación de lo impuro». Esta manera de entender la «imitación de Dios»
generó en Israel una sociedad discriminatoria y excluyente donde se honraba a
los puros y se menospreciaba a los impuros y pecadores, se valoraba a los
varones y se sospechaba de la pureza de las mujeres, se convivía con los sanos
pero se huía de los leprosos.
En medio de esta sociedad, Jesús introduce un
alternativa revolucionaria: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo»
(Lc 6, 36). El primer rasgo de Dios es la compasión, no la santidad. Quien
quiera ser como es Dios no tiene que vivir «separándose» de los impuros, sino
amando a todos con amor compasivo.
Por eso, Jesús inició un estilo de vida nuevo,
inspirado sólo en el amor. Tocaba a los leprosos, acogía a los pecadores, comía
con publicanos y prostitutas. Su mesa estaba abierta a todos. Nadie quedaba
excluido porque nadie está excluido del corazón compasivo de Dios.
No basta ser muy religioso sino ver a qué nos
conduce la religión. No basta creer en Dios sino saber en qué Dios
creemos. Él Dios compasivo en el que creyó Jesús no conduce nunca a
actitudes excluyentes de desprecio, intolerancia o rechazo, sino que atrae
hacia una vida de acogida y hospitalidad, de respeto y de perdón. No nos hemos
de engañar. De Dios no se aprende a vivir de cualquier manera. Él sólo enseña a
amar. JAP
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