Recuerdo una
anécdota que contaba el profesor Allan Bloom. Un día se le acercó un estudiante
y le dijo que después de leer “El banquete”, de Platón, había concluido que hoy
sería imposible aquel ambiente cultural ateniense, en el que aquellos hombres
reflexivos y educados se reunían para mantener apasionantes conversaciones
sobre el significado de los anhelos de su espíritu.
Pero lo que ese
alumno no sabía -continuaba Bloom- es que ese ambiente cultural tenía lugar en
Atenas en medio de una terrible guerra.
Fue el amor de
aquellos hombres por la sabiduría lo que aportó a la civilización occidental
unas conquistas intelectuales de un valor inestimable. Buscaban apasionadamente
la verdad, por difíciles que fueran las circunstancias en que vivían.
Y no puede
decirse que en nuestra época sea menos necesario pensar. Al contrario: nuestros
problemas son tan complejos y sus orígenes tan profundos, que para
comprenderlos necesitamos reflexionar y buscar soluciones quizá más que nunca.
No es sensato
escudarse en la “vida real” para dejar de pensar en la verdadera realidad. La
vida humana es una cuestión abierta, un proyecto en constante desarrollo. La
pregunta es: ¿Cómo llevar a buen término ese proyecto? ¿Cómo se aprende el arte
de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva hacia la felicidad?
Los creyentes
estamos convencidos de que en Dios se encuentra la respuesta a esas preguntas
fundamentales. Vivir y transmitir la fe es, por tanto, vivir y mostrar ese
camino hacia la felicidad, aprender y enseñar el arte de vivir. Y la pobreza
más profunda -como escribía Joseph Ratzinger en el año 2000-, es la incapacidad
de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria, que lleva
a la incapacidad de amar, la envidia, el egoísmo, el odio, la avaricia..., a
todos los vicios que arruinan la vida de las personas y del mundo. Ante todo
eso, hace falta redescubrir a Dios y al Evangelio, porque si no se acierta en
el arte de vivir, lo demás tampoco funciona bien. AA
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