Samuel era
hijo de Elcana y de Ana. Vivía junto al sumo sacerdote Helí. Y, una noche, Dios
quiso mostrarle su vocación. Samuel descansaba en una habitación cercana a la
de su maestro, cuando escuchó una voz –“Samuel, Samuel”- que le llamaba por su
nombre.
Se extrañó. A
nosotros nos hubiese sucedido lo mismo. Pensamos que Dios debe llamarnos tal y
como nos lo imaginamos. Y naturalmente, dentro de nuestro horario de visita. ¿A
quién se le ocurre venir a media noche? Samuel se
sobresaltó. Y luego le entró la duda. Esa llamada que creía sentir, ¿era fruto
de su imaginación, del sueño..., o era, efectivamente, un deseo real de Dios?
Podría haber seguido durmiendo. Podría haber esperado a la mañana siguiente.
Podría haber pensado que era una de tantas cosas un poco extrañas que se
imagina uno a veces. Aquello había sido solo una llamada vaga en el silencio.
Pero se levantó y fue a despertar a Helí. Escuchó una voz que llamaba en la
intimidad del alma y acudió a quien pensaba que le podía dar un buen consejo.
Pero Helí no
había oído nada. Sin embargo, no se sorprendió de aquella llamada nocturna de
Dios. Era un hombre experimentado. Sabía que Dios a veces alterna urgencias y
silencios, llamadas fuertes con otras más leves. Que muchas veces desea que
nosotros tomemos la iniciativa. Que nos prueba, para ver si estamos receptivos,
si nos levantamos del sueño, si nos atrevemos a hablar.
—Pero la vocación es algo que se descubre de modo
personal delante de Dios, no hablando con otro hombre.
La vocación es
un querer de Dios, es verdad. Luego viene la respuesta generosa del hombre al
que Dios llama. Y, de ordinario, suele haber un tercer elemento: la aceptación
de esa respuesta por... otro hombre.
—Pero eso es supeditar la vocación a otro hombre…
Si nuestra
vocación está encuadrada en una institución de la Iglesia, y muchas veces
incluso aunque no lo esté, al final, casi siempre tenemos que hablar con un
hombre. Somos seres corporales, no ángeles ni espíritus. Dios suele manifestar
su voluntad mediante signos y medios externos, además de los internos y
espirituales. Y entre esos medios externos están algunas personas que, con
frecuencia, Dios utiliza como instrumentos en el camino de nuestra vida.
Como es
lógico, esas personas no otorgan la vocación, pero sí tienen la obligación de
discernir si la persona que tienen delante posee la suficiente madurez para ser
admitida en ese seminario, en ese noviciado o en esa institución, del tipo que
sea, a la que esa persona se siente llamada.
Deben
comprobar, en lo posible, que ese candidato no siente en su alma una
inclinación hacia un determinado camino movida quizá, sobre todo, por un
sentimentalismo pasajero, o con un desconocimiento de la realidad de ese
camino. O si esa pretendida vocación de misionero no es, sobre todo, una
atracción por la aventura, o hacia los viajes por África, o es una ilusión poco
sobrenatural. O si desea permanecer célibe, sobre todo, por miedo a la difícil
realidad del matrimonio. O si aspira a ser sacerdote simplemente para emular al
admirado amigo, o a un brillante hermano mayor. O lo que sea.
Dios se sirve
de ordinario de un hombre para verificar en lo posible la autenticidad de esa
llamada que se siente o se cree sentir. La Iglesia valora cuidadosamente que
quienes se entregan al servicio de Dios lo hagan libremente, con conocimiento
de causa, y que posean la madurez psicológica e intelectual adecuada a sus
circunstancias. Cuando alguien siente una vocación y llama a una puerta,
quienes están tras esa puerta deben tomar las cautelas oportunas para asegurar
en lo posible que ese impulso está motivado por una recta intención, por un
deseo de servir a Dios. Y han de cerciorarse de si el candidato posee la
necesaria integridad moral, si tiene vida de oración, si goza de la salud física
y psíquica imprescindible para ir adelante por ese camino.
—¿Qué tiene que ver la salud con la vocación?
Tiene su
relación, pues no sería acertado, por ejemplo, admitir a una persona en una
institución cuyo tipo de vida desgastara su salud y le arruinara física o
psíquicamente. Quienes dirigen esa institución tienen que valorar si esa
persona es idónea para ese camino o si tiene algún impedimento que le
imposibilite cumplir con las obligaciones específicas de esa vida de entrega.
A veces, esa
falta de salud hace dar un giro en el camino de la entrega a Dios, y eso es
parte de su sabia Providencia. Así sucedió, por ejemplo, a Santa Juana de
Lestonnac, que, en el año 1597, había quedado viuda al fallecer su esposo, el
barón de Landirás y de la Mothe. Ella ya había considerado en su juventud la
posibilidad de ser religiosa, y esa antigua idea fue madurando en su nueva
situación. Seis años más tarde, en 1603, cuando sus hijos tienen ya la
suficiente independencia, decide abandonar Burdeos e ingresar en un monasterio
cisterciense de Toulouse. Su felicidad como religiosa es muy grande, pero la
rigurosa forma de vida del monasterio agota sus fuerzas y su salud empeora de
día en día. Ella prefiere la muerte antes de ser infiel a Dios, pero la
superiora le indica que su falta de salud es muestra de que aquel no es su
camino, y que es preferible seguir la prescripción facultativa y regresar a su
casa. Aquella noche, mientras su alma se esfuerza en aceptar la voluntad divina
y el consiguiente cambio de planes, Dios le hace ver que debe iniciar una obra
en beneficio de la juventud femenina. En aquella velada última de oración en su
aposento de novicia cisterciense, comienza a gestarse la congregación de las
Hijas de María Nuestra Señora, una nueva fundación que será la primera
congregación religiosa femenina dedicada a la educación de niñas y jóvenes. En
1607 recibió la aprobación de la Santa Sede, y la fundadora, a pesar de sus
cincuenta y un años y su delicada salud, logró en poco tiempo extender la
institución por toda Francia y hacer con su santidad una gran aportación al
mundo de la enseñanza y a la vida de la Iglesia.
Se podrían
poner muchos otros ejemplos. En 1865, una chica de diecinueve años quiere
entrar en el Carmelo que Santa Teresa de Jesús había fundado en Sevilla. A
pesar de su gran capacidad para la vida contemplativa, no es admitida porque no
tiene suficiente salud para una vida tan austera. En 1868 entra como postulante
en las Hijas de la Caridad. Su salud se resiente y es trasladada a Cuenca y
luego a Valencia, por si le sienta mejor aquel clima, pero en 1870 tiene que
dejar definitivamente aquel camino, a pesar de su entrega y su fidelidad.
Vuelve a su anterior trabajo en un taller, hasta que, un tiempo después,
comprende que Dios le pide fundar una nueva institución. El 2 de agosto de 1875
comienza su andadura la Compañía de las Hermanas de la Cruz. Su estilo es el de
mujeres sencillas, populares, austeras, con una dulzura que la gente percibe
como un nuevo modo de querer a Dios y a los pobres. Pronto llegan muchas
vocaciones y se extienden con rapidez por toda España y América. Su mala salud
le hizo cambiar sus deseos y planes iniciales, pero, gracias a su fidelidad,
hoy Sor Ángela de la Cruz es una gran santa y la congregación que fundó sigue
haciendo un gran trabajo en todo el mundo.
—¿Y cómo sigue la historia de Samuel?
Samuel contó a
Helí lo que había escuchado y este le dijo: “No te he llamado, vuélvete a
dormir”. También pasa eso a veces con la vocación. Hay que esperar a que
madure. Hay que asentar esas buenas disposiciones, seguir luchando hasta que
las virtudes arraiguen con más fuerza en el alma y se vean las cosas con más
claridad.
—¿Y mientras tanto?
Lo que hizo
Samuel: seguir a la escucha. Y al escuchar de nuevo la llamada, no darse la
vuelta y seguir en la cama con la excusa fácil: “Bah, es como la otra vez”.
Aquello
sucedió tres veces. Helí le aconsejó que, si lo volvía a oír, dijera: “Habla,
Señor, que tu siervo escucha”. Samuel siguió el consejo y, gracias a eso,
escuchó al Señor cuando le habló. Así conoció, finalmente, el querer de Dios
para su vida. El Señor le llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Y él
respondió: ¡Habla, Señor, que tu siervo escucha! Cuando hay esa buena
disposición, al final se escucha siempre la voz de Dios: vibrante,
inconfundible, clara.
Las escenas
del Antiguo Testamento que narran la vocación de Samuel, Eliseo, Amós,
Ezequiel, etc., subrayan siempre que la iniciativa es de Dios. Él es quien
interpela y llama. Se presenta cuando quiere y como quiere. La vocación es un
acto de Dios que, habiendo elegido a un hombre, se dirige a él para darle a
conocer su voluntad. Y suele haber un diálogo directo y comprometedor, en el
que Dios espera una respuesta. Dios no trata a los hombres como seres
inanimados o pasivos, sino como seres libres, dueños de sí y de sus actos. Y
les llama de modo total, haciendo que su vida, a partir de ese momento, pase a
girar en torno a la llamada y a fundamentarse en ella. Las escenas de vocación
no son acontecimientos aislados, sino el inicio de un encuentro y un diálogo
que se prolonga durante el resto de la existencia. Hablar de vocación no es
hablar de un acontecimiento, sino de toda una vida.
Y, en el Nuevo
Testamento, las escenas de vocación son muy parecidas. Jesucristo llama a personas
concretas para que sean sus discípulos, y los evangelistas recalcan que la
iniciativa es de Él, que llama a quien quiere. Es una llamada a compartir la
vida con Él, a seguirle, no solo a escuchar sus enseñanzas. Y llama con
autoridad (“Seguidme”, o “Sígueme”), sin dejar lugar a condiciones o
limitaciones, pero, al tiempo, con gran respeto a la libertad personal, pues se
relatan escenas en las que consta expresamente que la llamada no fue acogida,
como es el caso del joven rico.
—¿Y qué es más habitual, que la llamada de Dios
irrumpa de pronto en la vida de una persona, o que esa llamada se vaya
percibiendo poco a poco?
Ambas cosas
son bastante habituales, pero quizá es algo más frecuente que sea de modo
sencillo y gradual. En un encuentro con jóvenes en Roma en el año 2006,
Benedicto XVI respondió a una pregunta sobre la vocación que le hacía un
universitario de veinte años y relató brevemente los inicios de la suya: “La
vocación al sacerdocio creció casi naturalmente junto conmigo y sin grandes
acontecimientos de conversión. Además, en este camino me ayudaron dos cosas: ya
desde mí adolescencia, con la ayuda de mis padres y del párroco, descubrí la
belleza de la liturgia y siempre la he amado, porque sentía que en ella se nos
presenta la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo. El segundo
elemento fue el descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la
Sagrada Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran
aventura del diálogo con Dios que es la teología. Así, fue una alegría entrar
en este trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia,
en la que Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.
Es importante
estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino. Él nos habla a través
de acontecimientos, a través de personas, a través de encuentros; y es preciso
estar atentos a todo esto. Luego, es preciso entrar realmente en amistad con
Jesús, en una relación personal con él. No debemos limitarnos a saber quién es
Jesús a través de los demás o de los libros, sino que debemos vivir una
relación cada vez más profunda de amistad personal con Él, en la que podemos
comenzar a descubrir lo que nos pide. “Luego, debo
prestar atención a lo que soy, a mis posibilidades: por una parte, valentía; y,
por otra, humildad, confianza y apertura, también con la ayuda de los amigos,
de la autoridad de la Iglesia y también de los sacerdotes, de las familias.
¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una gran
aventura, pero solo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía de
afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que el
Señor me acompañará, me ayudará”. AA
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