La Iglesia nos invita a los cristianos
a la conversión permanente, perfecta, definitiva. Es un desafío para todos
nosotros. Nos estimula a revisar nuestro propio camino de conversión, nuestros
progresos personales hacia la santidad.
¿Qué significa conversión para
nosotros?
Es un cambio serio, profundo, total,
que abarca toda la persona. Cambio de mentalidad, cambio interior, de actitudes
interiores que nos lleva a transformar también toda la vida exterior.
La primera conversión. En la vida de cada cristiano existe una primera
conversión. El día de nuestro Bautismo, todos fuimos convertidos. Dios cambió
radicalmente nuestra vida, por la gracia y fuerza divina. Nos llamó a vivir
como redimidos, como hijos queridos de Dios. Pero no tuvimos mucha
participación todavía en esa conversión.
La Segunda conversión. Por eso, en la vida de cada cristiano auténtico, debería
haber una segunda conversión: Darse cuenta de que ser cristiano es algo más que
vivir costumbres, tradiciones y hasta rutinas cristianas. Tomar una decisión
muy personal de vivir una vida cristiana, vida entregada, generosa,
comprometida - por convicción personal, no solo por decisión de los papás, como
en el Bautismo.
Esta conversión definitiva es un
volverse, un abrirse con todo el ser a Dios y a los hermanos. Y la mejor
expresión de ello es la confesión, sacramento de la reconciliación y la
conversión. Nuestras confesiones de Cuaresma han de ser pasos decisivos hacia
un cambio sincero y radical.
Conversión radical. Quizás tenemos un concepto demasiado simplista de lo que
es conversión: pasar de una situación de ateísmo o de corrupción moral a la fe
o a una vida recta. Y es verdad, existen conversiones de este tipo: un cambio
radical de camino, la decisión por una vida nueva. Un ejemplo preclaro de ello
tenemos en San Pablo. Otros ejemplos son San Agustín, San Francisco de Asís,
San Ignacio de Loyola, Charles de Foucauld, etc.
Hasta podemos decir que la historia de
la Iglesia es la historia de sus conversiones y renovaciones, la historia de
sus grandes convertidos a lo largo de los siglos.
También en nuestro tiempo actual
encontramos movimientos que impulsan a la conversión radical: p.ej. Cursillos
de cristiandad, Movimiento de Renovación Carismática, etc.
Conversión permanente. Pero existe también otra forma, una forma más corriente de
conversión. Se trata de personas que no cambian su vida de un modo tan
drástico, tan instantáneo, que no hacen virajes tan espectaculares.
Todos sabemos que la conversión
normalmente no se da de un día a otro. Es un proceso largo de cambio, una
conversión permanente. Consiste en pequeñas conversiones, conversiones diarias.
Son personas que elevan sin cesar su vida, que cada año se les ve más
generosas, más profundas, más entregadas. Son los hombres y mujeres de las
pequeñas conversiones, de la “conversión diaria”. Supongo y espero que todos
nosotros pertenezcamos a este tipo de convertidos.
El fuego de la conversión. Podríamos expresar estas dos formas de conversión a través
de una imagen: la conversión es como un fuego. Recordemos la palabra de Jesús:
“Vine a traer fuego a la tierra” (Lc 12,49). Y todos los convertidos se han
visto atraídos por ese fuego de Jesús: Para algunos es como un fuego que parece
abrasarlos de repente y todo cambia.
Para otros, sin duda la gran mayoría, el fuego es discreto, lento, interior, pero constante; un fuego que ilumina, calienta, acrisola; que permanentemente se reanima y extiende.
Para otros, sin duda la gran mayoría, el fuego es discreto, lento, interior, pero constante; un fuego que ilumina, calienta, acrisola; que permanentemente se reanima y extiende.
Pidámosle a María y a Jesús, que
despierten en nosotros un gran anhelo de cambiar, y que nos regalen la gracia
de la transformación permanente. NS
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