Terciaria
Dominica, 15 de Noviembre
Martirologio Romano: En Ferrara, de la
Emilia, Italia, beata Lucía Brocadelli, religiosa, que, tanto en el matrimonio
como en el monasterio de la Tercera Orden de Santo Domingo, sobrellevó con
paciencia muchos dolores y vejaciones († 1544) .
Fecha de beatificación: El culto fue confirmado el 1 de marzo de
1710.
Nicolás Brocadelli, tesorero en Narni de Umbría en la segunda mitad del siglo XV, se casó con Gentilina Cassio. Dios les concedió once hijos, de los cuales la mayor fue Lucía, que nació en Narni, en 1476.
Desde muy niña, Lucía decidió consagrarse a Dios.
Pero su padre murió pronto, y los tutores de la joven, que veían las cosas de
otro modo, trataron de casarla por la fuerza a los catorce años. Lucía arrojó
el anillo de los esponsales al suelo, abofeteó al pretendiente y salió
corriendo de la habitación. Al año siguiente, se presentó otro pretendiente, un
tal conde Pedro. Lucía resistió al principio, pero una aparición de la
Santísima Virgen y los consejos de su confesor la convencieron de que debía
ceder.
La Sagrada Congregación de Ritos determinó en 1729,
que el día de la fiesta de la beata se rezasen la misa y el oficio de las
vírgenes, lo cual prueba que aceptó la tradición de que Pedro y Lucía vivieron
como hermano y hermana. A los tres años de matrimonio, Pedro dejó a su mujer en
libertad de hacer lo que quisiese. La beata volvió a la casa de su madre, tomó
el hábito de la tercera orden de Santo Domingo, e ingresó en una comunidad de
terciarias regulares en Roma.
Poco después, pasó a otro convento semejante en
Viterbo. Dios le concedió ahí la gracia de los estigmas y una participación
sensible en la Pasión de Cristo. Durante los tres años que estuvo en Viterbo,
sus heridas sangraban todos los miércoles y viernes, de suerte que no podía
ocultarlas. El inquisidor del lugar, el maestre del sacro palacio, un obispo
franciscano y el médico del papa Alejandro IV, examinaron los estigmas y
quedaron convencidos de que se trataba de un fenómeno sobrenatural. El conde
Pedro acudió también a verlos y quedó tan convencido que, según se dice,
ingresó en la orden de San Francisco.
La fama de la beata Lucía llegó a oídos del duque
de Ferrara, Hércules I, quien recordaba con veneración a santa Catalina de
Siena y era muy amigo de las beatas Estefanía Quinzani, Columba de Rieti y
Osanna de Mántua. Con el permiso del Papa y el consentimiento de Lucía,
construyó el duque un convento para ésta en Ferrara. Como el pueblo se oponía a
que la beata saliese de Viterbo, tuvo que ser sacada oculta en un cesto de ropa
a lomos de una mula.
Lucía, que tenía apenas veintitrés años, no tenía
aptitudes para dirigir una comunidad. Por otra parte, Hércules d'Este, que era
un hombre que lo proyectaba todo en grande y había gastado sumas enormes en la
construcción y decoración del convento, quería que hubiese en él nada menos que
cien religiosas. Pidió a Lucrecia Borgia (que acababa de convertirse en nuera
suya), que le ayudase a reunir religiosas. Como las monjas venían de diferentes
conventos y no todas eran muy virtuosas, el superiorato de Lucía se tornó cada
vez más difícil, hasta que finalmente fue depuesta del cargo.
La sucedió María de Parma, que no era terciaria,
sino dominica de una segunda orden a la que quería afiliar a toda su comunidad.
En 1505, murió el protector de Lucía, con lo que la beata dejó de ser una
«mística de moda», protegida por el duque de Ferrara, y cayó en una oscuridad
total que duró treinta años. Por otra parte, la nueva superiora la trató con
una severidad que se asemejaba a la persecución: no la dejaba ir al recibidor,
le prohibió hablar con alguien, aparte del confesor que le había designado y
mandó que una de las religiosas la vigilase constantemente.
En esos años fue cuando Lucía, despreciada por las
religiosas del convento que con tanto trabajo había venido a fundar desde
Viterbo, se santificó verdaderamente. Jamás se le oyó una palabra de
impaciencia, ni siquiera cuando estaba enferma y abandonada. La beata había caído
en tal olvido que, cuando murió, el 15 de noviembre de 1544, el pueblo de
Ferrara quedó atónito al enterarse de que había vivido hasta entonces, pues la
creía muerta desde tiempo atrás.
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