“Todos tenemos
ya una aureola sobre nuestra cabeza”, me comentó, con cierta ironía, una señora
después de un retiro espiritual en el que invité a un grupo de madres de
familia a ser santas. Con sus esposos me fue más o menos igual: “¿No cree
usted, padre, que eso de la santidad es una palabra demasiada pía?”, me dijo
uno de ellos. ¿Qué opina usted, querido lector?
¿Quieres ser
santo? Veamos qué nos dice el Papa:
La Iglesia
vive “un confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos
satisface ciertamente -afirma el Papa - la ingenua convicción de que haya una
fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una
fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde:
¡Yo estoy con vosotros!”.
“¿Qué hemos de
hacer?”, nos pregunta el Papa al mismo tiempo que ofrece la respuesta: “En
primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el
camino pastoral es el de la santidad”. Sus palabras son claras y lo afirma sin
dudar: todo trabajo pastoral debe buscar la santidad. Ya sé lo que usted está
pensando. También el Santo Padre lo sabe. Por ello, te dice: “Es un compromiso
que no afecta sólo a algunos cristianos: Todos los cristianos, de cualquier
clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección del amor”. ¿Te convences? El Papa no se refiere solamente al
sacerdote de tu parroquia o a la monjita del colegio de tu hija. Se refiere a
ti. Sí, a ti, no dudes: tú debes ser santo.
“Nosotros
también somos Iglesia” es una frase que muchos repiten, por desgracia, para
opinar en contra del Vicario de Cristo y de los obispos.
De acuerdo, somos
Iglesia. Por ella, Cristo “se entregó, precisamente para santificarla. Este don
de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado”. El gran
privilegio de ser Iglesia no es el poder opinar sino el poder llegar a ser
santo como la Iglesia es santa.
Quizás conoces
una película muy famosa hace unos años: “El soldado Ryan”. Un grupo de
militares recibieron la misión de sacar de la línea de fuego de una batalla a
un soldado llamado Ryan. Después de muchas peripecias que costó la muerte a
algunos de los militares, lo encontraron pero el bueno de Ryan no quería dejar
la batalla. Entonces el jefe de la expedición le incriminó: “¿eres consciente
de lo que ha costado encontrarte y salvarte la vida?” Jesucristo nos podría
interpelar del mismo modo: “¿eres consciente que lo que me ha costado darte la
posibilidad de ser santo y salvarte como para que ahora no quieras aceptarlo?”
En realidad
ser santo es, primero de todo, un don y regalo de Dios.
Pero también
es “un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana”. En efecto, al momento
de bautizar la pregunta “¿quieres recibir el Bautismo?, significa al mismo
tiempo preguntarle, ¿quieres ser santo? Significa ponerle en el camino del
Sermón de la Montaña: sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”.
Desde ese momento, si queremos ser coherentes, en todas las acciones de la vida
diaria debemos buscar ser santos, pues “sería un contrasentido contentarse con
una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad
superficial”.
Y el Papa
vuelve a recalcar: “este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si
implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos
genios de la santidad. Es el momento de proponer de nuevo a todos con
convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria”.
Después de
leer las palabras del Santo Padre, te propongo nuevamente la pregunta del
inicio: ¿quieres ser santo? JCOR
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