Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia
consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más
hondo de su ser. Hoy escuchamos su grito de alerta: «Levantaos, alzad la
cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la
mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero».
Las palabras de Jesús no han perdido actualidad, pues también hoy
seguimos matando la esperanza y estropeando la vida de muchas maneras. No
pensemos en los que, al margen de toda fe, viven según aquello de «comamos y
bebamos, que mañana moriremos», sino en quienes, llamándonos cristianos,
podemos caer en una actitud no muy diferente: «Comamos y bebamos, que mañana
vendrá el Mesías».
Cuando en una sociedad se tiene como objetivo casi único de la vida la
satisfacción ciega de las apetencias y se encierra cada uno en su propio
disfrute, allí muere la esperanza.
Los satisfechos no buscan nada realmente nuevo. No trabajan fondo nos va
bastante bien. Desde esta perspectiva, oír hablar de que un día todo puede
desaparecer «suena» a «visiones apocalípticas» nacidas del desvarío de mentes
tenebrosas.
Todo cambia cuando el mismo Evangelio es leído desde el sufrimiento del
Tercer Mundo. Cuando la miseria es ya insoportable y el momento presente es
vivido solo como sufrimiento destructor, es fácil sentir exactamente lo
contrario. «Gracias a Dios esto no durará para siempre».
Los últimos de la Tierra son quienes mejor pueden comprender el mensaje
de Jesús: «Dichosos los que lloran, porque de ellos es el reino de Dios». Estos
hombres y mujeres, cuya existencia es hambre y miseria, están esperando algo
nuevo y diferente que responda a sus anhelos más hondos de vida y de paz.
Un día «el sol, la luna y las estrellas temblarán», es decir, todo
aquello en que creíamos poder confiar para siempre se hundirá. Nuestras ideas
de poder, seguridad y progreso se tambalearán. Todo aquello que no conduce al
ser humano a la verdad, la justicia y la fraternidad se derrumbará, y «en la
tierra habrá angustia de las gentes».
Pero el mensaje de Jesús no es de desesperanza para nadie: Aun entonces,
en el momento de la verdad última, no desesperéis, estad despiertos, «manteneos
en pie», poned vuestra confianza en Dios. Viendo de cerca el sufrimiento cruel
de aquellas gentes de África me sorprendí a mí mismo sintiendo algo que puede
parecer extraño en un cristiano. No es propiamente una oración a Dios. Es un
deseo ardiente y una invocación ante el misterio del dolor humano. Es esto lo
que me salía de dentro: «¡Por favor, que haya Dios!». JAP
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