Cuanto
más pequeño, más fácil resulta eliminarlo. Porque el aborto es más rápido
cuando el embrión tiene pocas semanas. Porque los “médicos” necesitan menos
aparatos y la madre corre menos riesgos. Porque los traumas después del aborto,
dicen algunos, serán menores. Porque, otros añaden, el embrión no sufre nada si
viene despedazado en las primeras etapas de su vida. Este es el modo de razonar
de quienes defienden leyes para establecer “plazos” para el aborto.
Pero el
presupuesto de fondo es siempre el mismo: cuanto antes, mejor. ¿Mejor para
quién? No para el embrión, que nunca nacerá. Tampoco para la mujer, que muchas
veces esperaba una ayuda en su vocación de madre y sólo encontró presiones para
que abortase. Tampoco para la sociedad, porque no puede mejorar una nación
cuando permite eliminar a los hijos no nacidos. Tampoco para los médicos y
profesionales de la salud, que utilizan para matar una ciencia que debería
servir a la vida. Tampoco para los mismos políticos, que se engañan y nos
engañan al decir que defienden el “derecho” de la mujer a decidir libremente
cuando en realidad lo único que promueven es una cultura del abuso, de la
violencia, del desamor, de la muerte.
Las leyes
de plazos para el aborto son un engaño más de quienes promueven la prepotencia
y el abuso de los fuertes sobre los débiles. Es la misma lógica que en el
pasado aceptó y promovió la esclavitud. Es la misma lógica de pueblos del
pasado y del presente que consideran que el vencido es como un harapo en manos
del vencedor. Es la misma lógica del capitalismo salvaje, que beneficia a los
que más tienen y hunde en la miseria a los más pobres.
Necesitamos
abrir los ojos para reconocer que cada vida humana inicia con la fecundación.
El tamaño, el tipo de ADN, el sexo, el color futuro de la piel, no pueden
convertirse en motivos para asesinar a un hijo inocente.
Cuando
reconozcamos que cada embrión humano es alguien digno de respeto, seremos
capaces de erradicar una de las injusticias más perniciosas en la vida del
mundo moderno: la que lleva a la eliminación de miles de hijos simplemente
porque eran pequeños, porque no habían llegado a cumplir ese arbitrario número
de semanas que garantizaría hipotéticamente (no en todos los casos, pues
siempre se buscan nuevas excusas para abortar más tarde) cierto respeto a sus
vidas. Sólo así conseguiremos que la sociedad tenga leyes justas, orientadas a
garantizar el derecho a la vida de todos, desde el momento de la concepción. FP
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