Texto del
Evangelio (Lc 11,47-54): En aquel
tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los
profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo
con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis
sus sepulcros. Por eso dijo la Sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y
apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán’, para que se pidan cuentas a
esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación
del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció
entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta
generación. ¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la
ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis
impedido»
Y cuando salió
de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y
hacerle hablar de muchas cosas, buscando, con insidias, cazar alguna palabra de
su boca.
«¡(...) edificáis los sepulcros de
los profetas que vuestros padres mataron!»
Comentario:
Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz (El Montanyà, Barcelona, España)
Hoy, se nos plantea el sentido, aceptación y
trato dado a los profetas: «Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los
matarán y perseguirán» (Lc 11,49).
Son personas de cualquier condición social o religiosa, que han recibido el
mensaje divino y se han impregnado de él; impulsados por el Espíritu, lo
expresan con signos o palabras comprensibles para su tiempo. Es un mensaje
transmitido mediante discursos, nunca halagadores, o acciones, casi siempre
difíciles de aceptar. Una característica de la profecía es su incomodidad. El
don resulta molesto para quien lo recibe, pues le escuece internamente, y es
incómodo para su entorno, que hoy, gracias a Internet o los satélites, puede
extenderse a todo el mundo.
Los contemporáneos del profeta pretenden
condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere.
Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes,
cuando ya no molesta. No faltan actualmente profetas que gozan de fama
universal. La Madre Teresa, Juan XXIII, Monseñor Romero... ¿Nos acordamos de lo
que reclamaban y nos exigían?, ¿ponemos en práctica lo que nos hicieron ver? A
nuestra generación se le pedirá cuentas de la capa de ozono que ha destruido,
de la desertización que nuestro despilfarro de agua ha causado, pero también
del ostracismo al que hemos reducido a nuestros profetas.
Todavía hay personas que se reservan para ellas
el ‘derecho de saber en exclusiva’, que lo comparten —en el mejor de los casos—
con los suyos, con aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y
su fama. Personas que cierran el paso a los que intentan entrar en los ámbitos
del conocimiento, no sea que tal vez sepan tanto como ellos y los adelanten:
«¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia!
No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido» (Lc 11,52).
Ahora, como en tiempos de Jesús, muchos analizan
frases y estudian textos para desacreditar a los que incomodan con sus
palabras: ¿es éste nuestro proceder? «No hay cosa más peligrosa que juzgar las
cosas de Dios con los discursos humanos» (San
Juan Crisóstomo).
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