Siguiendo el esquema propuesto por
Stephen Covey, pueden distinguirse cuatro fases o generaciones en cuanto al
modo de administrar el tiempo.
Una primera
son aquellos que elaboran listas de tareas pendientes. Con ellas toman
conciencia de lo que les queda por hacer, lo van abordando cuanto antes pueden,
y van tachando, lo que siempre proporciona una sensación gratificante. Esto, no
cabe duda, es ya bastante más de lo que son capaces de llegar a hacer muchos.
Sin embargo, es aún un esquema de organización muy pobre, puesto que la mayoría
de las veces la distribución del tiempo viene impuesta externamente por la mera
sucesión de los acontecimientos.
Pertenecen a la
segunda generación aquellos que intentan mirar un poco más adelante, y se
programan mediante el uso de la agenda: van anotando acontecimientos,
compromisos y proyectos de actividad futura, en la medida en que su tiempo les
permite darles cabida. Su anticipación les confiere una mejor organización,
pero aún rudimentaria, puesto que así no pueden valorar debidamente las
prioridades: son simples distribuidores de tiempo.
La tercera
generación suma a las dos precedentes la idea básica de establecer
prioridades. Se centra en la necesidad de fijarse unos objetivos, con sus
correspondientes plazos, y de acuerdo con ellos se prepara una planificación
diaria que alcance la mayor eficiencia. Este planteamiento supone un gran
avance respecto a la segunda generación, pues la clave no es dar prioridad a
lo que está en la agenda, sino ordenar la agenda con arreglo a las prioridades.
Sin embargo,
centrarse en la simple eficiencia en la programación y el control del tiempo
tiene a menudo efectos contraproducentes. Por ejemplo, es frecuente que
dificulte la necesaria liberalidad y espontaneidad en el modo de organizarse, y
que en consecuencia se resienta el desarrollo de las relaciones humanas, que
son tan importantes y enriquecedoras. Por esa razón, cabe pensar en una cuarta
generación, queda aún un paso más: por decirlo de una manera poco académica, en
vez de organizar el tiempo, procurar organizarse a uno mismo.
Hay tareas
que, por su naturaleza, necesitan una atención inmediata. Son cosas urgentes
que actúan sobre nosotros de forma imperiosa: el timbre del teléfono, por
ejemplo, es urgente, reclama una atención inmediata. Suelen ser tareas
cercanas, que dan impresión de actividad, entretenidas. Lo malo es que muchas
veces carecen de importancia y nos desorganizan. Ante lo urgente, reaccionamos;
ante lo importante, no siempre.
Las cuestiones
importantes pero no urgentes requieren más iniciativa, más esfuerzo, más
reflexión personal, y es fundamental centrar en ellas la organización personal:
hemos de actuar creativamente, no simplemente reaccionar ante lo que ocurre.
De lo contrario, nuestra vida se verá desviada con mucha frecuencia hacia
lo urgente no importante, pues, curiosamente, las tareas más entretenidas y que
más nos reclaman son precisamente ésas, las urgentes pero no importantes.
Hay también
muchas otras tareas que son urgentes e importantes a la vez. Para mayor
claridad, las posibles tareas que una persona puede hacer se podrían distribuir
en cuatro cuadrantes, según su grado de urgencia e importancia:
Más Urgentes
|
Menos
Urgentes
|
|
Más
importantes
|
I.
Importantes y Urgentes
|
II.
Importantes no Urgentes
|
Menos
importantes
|
III.
No Importantes y Urgentes
|
IV.
No Importantes ni Urgentes
|
Está claro que
las tareas no se dividen de modo tajante en importantes y no importantes, sino
que hay una gradación, pero, para entendernos, podemos considerar ahora que
todas pudieran clasificarse dentro de estos cuatro cuadrantes.
En un día
cualquiera de la mayoría de las personas, suele haber bastantes tareas del
cuadrante I, o sea, urgentes y que además tienen importancia.
Parecería que
las personas que tengan grandes responsabilidades estarán todo el día
atendiendo cosas urgentes e importantes, y aún le quedarán muchas para el día
siguiente. Pero si lo analizamos con detalle, veremos que no debería ser así.
Precisamente por sus grandes responsabilidades es más importante que se
organicen de modo que esas tareas urgentes e importantes no llenen su día por
entero.
Si una persona
dedica todo el día solamente a cosas del cuadrante I (urgentes e importantes),
nunca dedicará nada de tiempo al II (a lo importante pero no urgente). Y
funcionando así, será difícil que organice su vida adecuadamente, porque irá a
remolque de los mil pequeños problemas urgentes e importantes que le surgirán
cada día y no dispondrá del sosiego necesario para acometer otras muchas
cuestiones también importantes pero menos acuciantes, que quedarán
habitualmente sin hacer.
Lo urgente e
importante consume y agota la vida de muchas personas: listas interminables de
cosas pendientes, constantes crisis menores que sólo ellos pueden atender,
frecuentes interrupciones y retrasos que le impiden atender debidamente sus
obligaciones, etc. Cuando uno centra su vida en el cuadrante I (en lo urgente e
importante), ese cuadrante va creciendo cada vez más, hasta que nos domina por
completo.
Así se genera
estrés, sensación de crisis continua, de estar siempre apagando incendios. Es
como hacer frente a un oleaje fuerte y prolongado. Llega una ola, un problema
importante y urgente, y lo intentamos resolver, y quizá lo logramos, o quizá
nos deja tendido en la arena. Se pone uno de nuevo en pie, y llega otra ola,
que vuelve a golpearnos, y así una vez y otra, sin que podamos retirarnos un
momento para pensar qué queremos hacer, adónde queremos ir, o cómo podemos
hacer frente con eficacia a lo no inmediato (porque el problema es que resulta
difícil pensar en cualquier cosa que no sea la siguiente ola).
Además, otro
inconveniente es que esos asiduos ocupantes del cuadrante I, que son
literalmente vapuleados por los continuos problemas de cada día, con frecuencia
buscan alivio huyendo hacia actividades del cuadrante III (urgentes pero no
importantes), o incluso —con más facilidad de lo que parece— hacia el cálido y
acogedor cuadrante IV, refugiándose en tareas que no son ni urgentes ni
importantes.
Es necesario
pensar en cómo nos organizamos: más que orientarse hacia los problemas, es
preciso tomar la iniciativa y dirigirse hacia las oportunidades, no dejarse
organizar por los problemas. De esta manera, se puede lograr reducir el tamaño
del cuadrante I, o sea, disminuir el número de tareas urgentes e importantes de
cada día, de modo que éstas puedan atenderse bien, pero dedicando suficientes
energías al cuadrante II (el de lo importante no urgente), que ha de ser el
espacio más amplio en una persona debidamente organizada.
Avanzar en el
modo organizar del tiempo es efectivamente un reto tan difícil como importante.
Y para muchas personas es un terreno tan inexplorado que sólo con tener una
cierta preocupación por avanzar en él y reflexionar de vez en cuando sobre qué
camino tomar, sólo con eso, podría lograr mejoras sorprendentes.
De lo
contrario, uno se puede pasar la vida corriendo de un lado a otro, hablando por
teléfono compulsivamente, debatiéndose entre cientos de gestiones inaplazables
y multitud de reuniones interminables, intentando hacer más cosas de las que
razonablemente somos capaces, y, encima, después de tanta fatiga, fracasar
estrepitosamente. Y quizá entonces viéramos que podríamos haberlo evitado con
sólo hacernos unas cuantas consideraciones básicas sobre el modo de
organizarnos.
En resumen,
corremos el grave peligro de dejar de hacer muchas cosas, aun siendo muy
importantes para nosotros, por el sencillo hecho de que no reclaman de modo
imperioso nuestra atención. AA
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