Aún
recuerdo con tristeza el lamento de una persona que a sus treinta y pocos años
había logrado coronar una carrera profesional muy brillante, pero que explicaba
su difícil situación con una crudeza y un dolor sorprendentes.
«Gozo de
un prestigio y un éxito extraordinarios. Sin embargo, veo con claridad que he
sacrificado casi todo en la vida para lograr esa meta. Veo que estoy fracasando
en mi matrimonio, que apenas disfruto del afecto de mis hijos, que me siento
rodeado de personas que simplemente me adulan y me tratan de forma interesada.
»Ha
llegado un momento en el que no estoy seguro de tener verdaderos amigos. Soy
una persona muy ocupada, y apenas encuentro tiempo para pensar con calma, pero
no logro alejar una duda que martillea mi cabeza desde hace años: no sé si todo
lo que estoy haciendo tendrá algún valor para alguien.
»A estas
alturas casi no sé, qué es lo que realmente me importa. Me pregunto con
frecuencia: todo esto que he hecho... ¿ha merecido la pena?»
Casos como
éste, que son tristemente frecuentes, nos invitan a reflexionar sobre nuestro
modo de organizarnos, sobre el necesario equilibrio personal entre todos los
ámbitos de nuestra vida. Parece claro, por ejemplo, que el éxito profesional no
puede compensar el fracaso de un matrimonio roto, la salud perdida, el
quebrantamiento ético o la traición a los propios principios.
¿Cuáles son
esos ámbitos? Está la atención a la familia: el cónyuge, los hijos, los padres,
etc. Está el propio trabajo, con sus realizaciones, sus expectativas y su necesidad
de atender a la preparación profesional. Está la salud y el descanso, que no
conviene menospreciar. Es muy importante la cultura. No hay que olvidar tampoco
las prácticas personales que requiera la coherencia con nuestras convicciones
religiosas, que son un elemento muy importante en la vida de cualquier persona.
Para no
equivocarse a la hora de diseñar el propio proyecto de vida, es preciso, en
primer lugar, identificar los diferentes roles que uno representa, los diversos
papeles que cada uno tiene que simultanear en su vida. Por ejemplo, si nos
fijamos en el ámbito familiar, uno puede tener su papel como padre o madre,
como esposo o esposa, como hijo o hija, como suegro o suegra, como abuelo o
abuela o nieto o nieta, etc.
En cada uno de
esos papeles (lo digo en plural porque uno puede ser al tiempo esposa, madre e
hija, por ejemplo), hemos de ver qué meta hemos de alcanzar, es decir, qué
modelo de familia buscamos, cómo ha de ser la relación entre los componentes de
la familia y a qué valores se da especial relevancia.
Y dentro de
ese proyecto, hay que proponerse unos aspectos de mejora personal, y procurar
ponerlos en práctica mediante detalles concretos: por ejemplo, ser más generoso
en la dedicación de tiempo a tu mujer o a tu marido, atender con más cariño a
los hijos, ser más paciente con tu suegro, actuar con mayor fortaleza o mayor
comprensión en determinados casos, etc.
Si nos fijamos
en el ámbito laboral, los papeles que nos toque representar pueden ser también
muy diversos: como jefe de un equipo de personas y, a la vez, como subordinado
y compañero de otras; como vendedor, como comprador o como competidor; como
patrono o como trabajador; como profesor o como alumno; etc.
En cada caso
hemos de saber qué esperamos de nuestro trabajo. Por ejemplo, sería muy pobre
que lo viéramos sólo como un medio de obtener unos ingresos económicos, o como
una simple forma de autoafirmación personal; siendo objetivos legítimos, serían
insuficientes si no van unidos a otros más elevados, que nos hagan ver ese trabajo
—entre otras cosas— como un servicio a los demás y a la sociedad. A su vez,
hemos de procurar concretar esas ideas: crear un mejor ambiente con los
compañeros de oficina, fomentar el trabajo en equipo con determinadas personas,
ser más puntual, trabajar con más esmero, cuidar más los detalles, adquirir una
mayor cultura profesional, etc.
Estas
consideraciones de tipo familiar y laboral se pueden extender a otros ámbitos
de la vida, pero el papel más importante será el que representamos simplemente
como personas. En ese ámbito podrían incluirse cuestiones más de fondo: ser más
sensible a las necesidades de quienes nos rodean, proponerse mejorar seriamente
nuestra coherencia ética y religiosa, ver el modo de acrecentar nuestra
formación y nuestra cultura, etc.
De todas
formas, al final siempre se acaba por descubrir que todos los ámbitos están muy
relacionados, y que muchas veces se mezclan y confunden. Es natural que sea
así, por la unidad que posee en sí la vida del hombre, y aunque los hayamos
separado por razones de mejor exposición, está claro que se intercomunican y
que no pueden tratarse como compartimentos estancos.
Es decisivo
encontrar un equilibrio en el que quepa la atención a todas las áreas de
nuestra vida. Un equilibrio entre la utopía del que quiere abarcarlo todo
ingenuamente y la simpleza de quien se polariza en un tema y considera
incompatible con él todo lo demás. Si no alcanzamos ese equilibrio, es fácil
darse cuenta tarde de que nos hemos equivocado en aspectos importantes. Y lo
digo en este capítulo dedicado al rendimiento del tiempo porque la forma más
lamentable de perder el tiempo es equivocar el camino.
De todas
formas, dentro de tanta organización tendrá que haber bastante flexibilidad.
Nuestra planificación, nuestra agenda, nuestras metas, han de ajustarse a
nuestro estilo, nuestras necesidades y nuestra forma de ser: es la organización
para ti, no tú para la organización. Por más cuidado que uno ponga, siempre
surgirán imprevistos que obligarán a subordinar nuestro plan a una necesidad
superior, pero eso no debe inquietarnos, puesto que la organización ha de
basarse en unos principios, no en sí misma.
Sería un grave
error identificar la constancia y la firmeza propias de una buena organización
personal con la idea de volverse rígidos e inflexibles. Además, suele ser más
bien al revés, pues la flexibilidad necesita de un recio fondo de firmeza, del
mismo modo que la rigidez esconde muchas veces una débil y mal disimulada
inseguridad. AA
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