Virgen
reclusa, 09 de Noviembre
La parte más antigua de la ciudad de Signa, en lo
alto del cerro, de aspecto medieval, se llama comúnmente la Beata. Recuerda y
honra así a diario a la Beata de Signa por antonomasia, la Beata Juana. Nació
en Signa en 1244, hija de padres humildes, y como Santa Juana de Arco y Santa
Bernardita de Lourdes, en su juventud fue pastora sencillísima, de vida y alma
sin mancha. A veces reunía junto a sí a otros pastores y les hablaba de las
cosas del cielo y del amor a las virtudes.
Hacia los treinta años pudo realizar su ideal de
vida religiosa haciéndose reclusa voluntaria a ejemplo de la Beata Veridiana,
reclusa de Castel Fiorentino. Después de haber recibido de los Hermanos Menores
en Carmignano el hábito de la Tercera Orden Franciscana, se hizo encerrar entre
paredes en una celdita junto al río Arno. Allí permaneció en penitencia durante
cuatro decenios. Desde aquel estrecho refugio derramó dones de misericordia
sobre cuántos recurrían a ella: sanó enfermos, consoló afligidos, convirtió
pecadores, iluminó a dudosos, ayudó a los necesitados. Su fama perdura hasta
nuestros días, debido también a los milagros póstumos y a las gracias
recibidas.
Las leyendas pintorescas sobre Juana se refieren a
su juventud como pastora. Una, por ejemplo, dice que durante las tempestades y
los aguaceros, ella reunía su rebaño junto a un gran árbol, que prodigiosamente
era librado de la lluvia, del granizo y de los rayos. Por eso, cuando se
acercaba la tempestad, los otros pastores corrían a donde ella con sus
animales. Juana aprovechaba aquellas ocasiones para enseñar a sus compañeros
con palabras sencillas y eficaces el modo de salvar su alma y de merecer el
Paraíso.
Otras veces cuando el río Arno crecido impedía el
paso de una a otra orilla, a Juana se le vio extender sobre las aguas
amenazadoras su rojizo manto y sobre él atravesar el río, como si fuera una
barca segura.
Juana vivió como reclusa una vida más angelical que
humana. De la caridad de los fieles recibía lo necesario para la vida. Se
ejercitó en la más rigurosa austeridad en la ferviente oración, en la asidua
contemplación, en estáticos coloquios con su amado. El Señor glorificó la
santidad de su sierva fiel con numerosos prodigios realizados especialmente en
favor de enfermos, para los cuales obtenía de Dios la curación del cuerpo y del
alma. Murió en su celda, a los 63 años, el 9 de noviembre de 1307. Se dice que
en el momento de su muerte las campanas de las iglesias sonaron a fiesta para
solemnizar el ingreso de Juana a la gloria del cielo.
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