Tales de
Mileto, aquel pensador de la antigua Grecia que es considerado como el primer
filósofo conocido de todos los tiempos, escribió hace 2.600 años que la cosa
más difícil del mundo es conocernos a nosotros mismos, y la más fácil hablar
mal de los demás.
Y en el templo
de Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática —gnosei seauton:
conócete a ti mismo—, que recuerda una idea parecida.
Conocerse bien
a uno mismo representa un primer e importante paso para lograr ser artífice de
la propia vida, y quizá por eso se ha planteado como un gran reto para el
hombre a lo largo de los siglos.
Conviene
preguntarse con cierta frecuencia (y buscando la objetividad): ¿cómo es mi
carácter? Porque es sorprendente lo beneficiados que resultamos en los juicios
que hacen nuestros propios ojos. Casi siempre somos absueltos en el tribunal de
nuestro propio corazón, aplicando la ley de nuestros puntos de vista, dejando
la exigencia para los demás. Incluso en los errores más evidentes encontramos
fácilmente multitud de atenuantes, de eximentes, de disculpas, de
justificaciones.
Si somos así,
y parecemos ciegos para nuestros propios defectos, ¿cómo se puede mejorar?
Mejoraremos procurando conocernos. Mejoraremos escuchando de buen grado la
crítica constructiva que nos vayan haciendo con cualquier ocasión. Pero a eso
se aprende sólo cuando uno es capaz de decirse a sí mismo las cosas, cuando es
capaz de cantarle las verdades a uno mismo. Procura conocer cuáles son tus
defectos dominantes. Procura sujetar esa pasión desordenada que sobresale de
entre las demás, pues así es más fácil después vencer las restantes.
Para uno, su
vicio capital será la búsqueda permanente de la comodidad, porque huye del
trabajo con verdadero terror; para otro, quizá su mal genio o su amor propio
exagerado, o su testarudez; para un tercero, a lo mejor su principal problema
es la superficialidad o la frivolidad de sus planteamientos. Piénsalo. Cada uno
de tus defectos es un foco de deterioro de tu carácter. Si no los vences a
tiempo, si no les pones coto, te puede salir mal la partida de la vida.
Quizá lo que
hace más delicada la formación del carácter es precisamente el hecho de que se
trata de una tarea que requiere años, decenas de años. Ésa es su principal
dificultad.
Toth comparaba
este trabajo a la formación de un cristal a partir de una disolución saturada
que se va desecando. Las moléculas van ordenándose lentamente conforme a unas
misteriosas leyes, en un proceso que puede durar horas, meses, o muchos años.
Los cristales se van haciendo cada vez mayores y constituyendo formas
geométricas perfectas, según su naturaleza..., siempre que, claro está, ningún
agente externo estorbe la marcha de ese lento y delicado proceso de
cristalización. Porque un estorbo puede hacer que acabe, en vez de en un
magnífico cristal, en una simple agregación de pequeños cristales contrahechos.
Puede ser ése
el principal error de muchos jóvenes, o quizá de sus padres. Pensar que aquellos
reiterados estorbos en el camino de la delicada cristalización de su espíritu
eran algo sin importancia. Y cuando advirtieron que habían cuajado en un
carácter torcido y contrahecho, poco remedio quedaba ya.
¿Hay entonces
en el carácter cosas que no tienen remedio? Siempre estamos a tiempo de
reconducir cualquier situación. Ninguna, por terrible que fuera, determina un
callejón sin salida. Pero no debe ignorarse que hay tropiezos que dejan huella,
que suponen todo un trecho equivocado cuesta abajo que hay que desandar
penosamente.
Piensa en esas
malas costumbres, en esa terquedad que cuando eras niño resultaba graciosa y
ahora se ha vuelto más espinosa y más dura. Piensa en cómo dominas tu genio, en
cómo soportas la contrariedad. Piensa si no eres un cardo. Porque cardos surgen
en todas las almas y es cuestión de saber eliminarlos cuando aún están tiernos.
Esa solicitud y esa lucha continua es la educación.
Procura ver
las cosas buenas de los demás, que siempre hay. Y cuando veas defectos, o algo
que te parece a ti que son defectos, piensa si no los hay —esos mismos— también
en tu vida. Porque a veces vemos:
- a un quejica
que se queja de que los demás se quejan;
- a un
charlatán agotador que protesta porque otro habla demasiado;
- a uno que es
muy individualista en el fútbol y luego se queja de que no le pasan el balón;
- que
recrimina agriamente los errores a sus compañeros y luego resulta que él falla
más que nadie;
- al típico
personaje irascible que se rasga las vestiduras ante el mal genio de los demás.
¿Por qué?
Quizá sea efectivamente porque —no se sabe en virtud de qué misteriosa
tendencia— proyectamos en los demás nuestros propios defectos.
El
conocimiento propio también es muy útil para aprender a tratar a los demás.
Hay, por ejemplo, padres impacientes a quienes con frecuencia se les escuchan
frases como “le he dicho a esta criatura por lo menos cuarenta veces que..., y
no hay manera”. Y cabría preguntarse: bien, pero ¿y tú? ¿No te sucede a ti que
te has propuesto también cuarenta veces muchas cosas que luego nunca logras
hacer?
¿No podemos
entonces exigir nada a los hijos porque nosotros somos peor que ellos...? No,
por supuesto. Pero cuando alguien es consciente de sus propios defectos, la
tarea de educar se ve muchas veces como una tarea que tiene bastante de
compañerismo. Y se celebra el triunfo del otro y se sabe disculpar y disimular
la derrota, porque se confía en que le llegarán también tiempos de victoria.
Por eso no viene mal tener en la cabeza nuestros fallos y nuestros errores a la
hora de corregir, para saber conjugar bien la exigencia con la comprensión. AA
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