Laico, 09 de Marzo
Elogio: En Mondonio,
en el Piamonte, santo Domingo Savio, que, dulce y jovial desde la infancia,
todavía adolescente consumó con paso resuelto el camino de la perfección
cristiana.
Patronazgos: patrono de los jóvenes y de los coros de niños.
En 1950, fue
canonizada la jovencita María Goretti, mártir de la castidad. En el mismo año
tuvo lugar la beatificación de Domingo Savio, confesor, de quince años de edad.
La Iglesia ha elevado a los altares a muchos niños mártires, pero el caso de
santo Domingo Savio es único. Su canonización tuvo lugar en 1954. Domingo nació
en Riva del Piamonte en 1842. Era hijo de un campesino y desde niño manifestó
deseos de ser sacerdote. Cuando san Juan Bosco empezó a preparar a algunos
jóvenes para el sacerdocio, con objeto de que le ayudaran en su trabajo en
favor de los niños abandonados de Turín, el párroco de Domingo le recomendó al
chico. San Juan Bosco, en el primer encuentro que tuvieron los dos, se sintió
muy impresionado por la evidente santidad de Domingo, quien ingresó en octubre
de 1854 en el Oratorio de San Francisco de Sales de Turín, a los doce años de
edad.
Uno de los
recuerdos imborrables que dejó Domingo en el Oratorio fue el grupo que organizó
en él. Se llamaba la Compañía de María Inmaculada. Sin contar los ejercicios de
piedad, el grupo ayudó a Don Bosco en trabajos tan necesarios como la limpieza
de los pisos y el cuidado de los niños difíciles. En 1859, cuando Don Bosco
decidió fundar la Congregación de los Salesianos, organizó una reunión; entre
los veintidós presentes se hallaban todos los iniciadores de la Compañía de la
Inmaculada Concepción, excepto Domingo Savio, quien había volado al cielo dos
años antes.
Poco después
de su llegada al Oratorio, Domingo tuvo oportunidad de impedir que dos chicos
se peleasen a pedradas. Presentándoles su pequeño crucifijo, les dijo: «Antes
de empezar, mirad a Cristo y decid: 'Jesucristo, que era inocente, murió
perdonando a sus verdugos; yo soy un pecador y voy a ofender a Cristo tratando
de vengarme deliberadamente'. Después podéis empezar arrojando vuestra primera
piedra contra mí». Los dos bribonzuelos quedaron avergonzados. Domingo
observaba escrupulosamente el reglamento; por supuesto, algunos de sus compañeros
llevaban a mal que el santo quisiese que ellos observasen el reglamento en la
misma forma. Le llamaban chismoso y le decían: «Corre a acusarnos con Don
Bosco»; con lo cual no hacían sino mostrar cuán poco conocían al fundador del
Oratorio, que no soportaba a los chismosos. Muy probablemente santo Domingo
reía de buena gana en esas ocasiones, pues era de un espíritu muy alegre, cosa
que algunas veces le creó dificultades. Si Domingo no tenía nada de chismoso,
era en cambio muy hábil para contar cuentos; ello le daba gran ascendiente con
sus compañeros, sobre todo con los más jóvenes.
Fue en verdad
una feliz providencia de Dios que Domingo cayese bajo la dirección de un
director tan experimentado como Don Bosco, pues de otro modo se habría
convertido fácilmente en un pequeño fanático. Don Bosco alentaba su alegría, su
estricto cumplimiento del deber de cada día y le impulsaba a participar en los
juegos de los demás niños. Así, santo Domingo podía decir con verdad: «No puedo
hacer grandes cosas. Lo que quiero es hacer aun las cosas más pequeñas para la
mayor gloria de Dios». «La religión debe ser como el aire que respiramos; no
hay que cansar a los niños con demasiadas reglas y ejercicios de devoción»
-solía decir Don Bosco-. Fiel a sus principios, prohibió a Domingo que hiciese
mortificaciones corporales sin permiso expreso, diciéndole: «La penitencia que
Dios quiere es la obediencia. Cada día se presentan mil oportunidades de
sacrificarse alegremente: el calor, el frío, la enfermedad, el mal carácter de
los otros. La vida de escuela constituye una mortificación suficiente para un
niño». Una noche Don Bosco encontró a Domingo temblando de frío en la cama, sin
más cobertor que una sábana: «¿Te has vuelto loco? -le preguntó-. Vas a pescar
una pulmonía.» Domingo respondió: «No lo creo. Nuestro Señor no pescó ninguna pulmonía
en el establo de Belén».
La fuente más
importante sobre la corta vida de santo Domingo Savio es el relato que escribió
el mismo Don Bosco. El santo se esforzó por no decir nada que no pudiese afirmar
bajo juramento, particularmente por lo que se refiere a las experiencias
espirituales de Domingo, tales como el conocimiento sobrenatural del estado
espiritual del prójimo, de sus necesidades y del futuro. En cierta ocasión,
Domingo desapareció durante toda la mañana hasta después de la comida. Don
Bosco le encontró en la iglesia, arrebatado en oración, en una postura muy poco
confortable; aunque había pasado seis horas en aquel sitio, Domingo creía que
aún no había terminado la primera misa de la mañana. El santo joven llamaba
esas horas de oración intensa «mis distracciones»: «Siento como si el cielo se
abriera sobre mi cabeza. Tengo que hacer o decir algo que haga reír a los otros».
La delicada
salud de Domingo empezó a debilitarse y en 1857, fue enviado a Mondonio para
cambiar de aire. Los médicos diagnosticaron que padecía de una inflamación en
los pulmones y decidieron sangrarlo, según se acostumbraba en aquella época. El
tratamiento no hizo más que precipitar el desenlace. Domingo recibió los últimos
sacramentos y, al anochecer del 9 de marzo, rogó a su padre que recitara las
oraciones por los agonizantes. Ya hacia el fin, trató de incorporarse y
murmuró: «Adiós, papá… El padre me dijo una cosa… pero no puedo recordarla…»
Súbitamente su rostro se transfiguró con una sonrisa de gozo, y exclamó:
«¡Estoy viendo cosas maravillosas!» Esas fueron sus últimas palabras. La causa
de beatificación de Domingo se introdujo en 1914. Al principio despertó cierta
oposición, por razón de la corta edad del santo. Pero el Papa Pío X consideró,
por el contrario, que eso constituía un argumento en su favor y su punto de
vista se impuso. Sin embargo, la beatificación no se llevó a cabo sino hasta
1950, dieciséis años después de la de Don Bosco.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario