Santo del AT, 15 de
Junio
Elogio:
Conmemoración de san Amós, profeta, que, siendo pastor en Tecoa, y cuidador de
sicómoros, fue enviado por Dios a los hijos de Israel para reafirmar su
justicia y santidad divinas contra las abominaciones.
Amós es el primer profeta escritor y sus vaticinios,
que constituyen para nosotros el primer documento del profetismo, son también
una preciosa fuente de noticias sobre su vida y sobre las costumbres de su
pueblo, siete siglos y medio antes de Cristo. Predicó entre el 762 y el 750
a.C., después de una precisa vocación divina que lo sacó de su pueblo, Téqoa,
cerca de Belén, y de su oficio de criador de rebaños y cortador de sicómoros.
Jeroboam II, aprovechando el desinterés de Egipto y de
Asia, había ampliado los límites de Israel; pero las fáciles victorias habían
suscitado una situación social desordenada: había pocos ricos, ávidos de
riqueza, y muchos pobres, marginados y explotados inhumanamente por los
comerciantes, magistrados y funcionarios deshonestos; además, el ocio, la
pereza y el deseo de placeres habían frenado el antiguo impulso religioso del
pueblo de Dios. El sentimiento religioso de la antigua Alianza había sido
reemplazado por la exaltación presuntuosa del hombre y por su poder.
Contra esta mentalidad laica y el cumplimiento
puramente formal de la Ley, Amós levanta su voz para anunciar el inminente
castigo de Dios, que destruirá a Israel, castigará a los ricos y hará
desaparecer ese vacío culto idólatra de la riqueza: “Porque oprimís al pobre y
le imponéis tributo del grano; casas de piedras labradas habéis construido,
pero no las habitaréis; habéis plantado viñas deliciosas, pero no beberéis su
vino. Porque sé que son numerosos vuestros crímenes y que son grandes vuestros
pecados... Buscad el bien y no el mal, a fin de que viváis y así el Señor Dios
estará con vosotros como decís... Odiad el mal y amad el bien, restableced el
juicio en la puerta, y quizá Yahvé se apiade del resto de Jesé”.
El peor mal está en la presunción de haber cumplido los
propios deberes religiosos con el ofrecimiento de sacrificios pingües y
generosos, es decir, con un culto exterior que oculta una vida desordenada
moral y socialmente. La justicia divina lanza por boca del profeta el último
llamamiento antes del desastre.
Amós propone elegir entre una vida con Dios y una vida
sin Dios. Pero esta prueba extrema será también un llamamiento providencial a
vivir la alianza hecha con su pueblo, “elegido entre todas las familias de la
tierra”, esa alianza que llegará a su perfección en el eterno reino del Mesías.
Terminada su misión profética, Amós regresó a su pueblo, en donde, según una
tradición que cuenta Epifanio y que se encuentra en el Martirologio Romano fue
muerto con un golpe en la cabeza por el hijo del sacerdote Amasías, para hacer
callar esa voz incómoda, particularmente severa contra la hipocresía de los
sacerdotes.
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