Hace un tiempo unos supuestos científicos se atrevieron a presentar un
retrato de Cristo. Decían basarse en el hallazgo de un cráneo de una persona
judía contemporánea de Jesús. La conclusión parece un poco atrevida, puesto que
es como si después de veinte siglos intentaran descubrir cómo era Miss España
2000 por la cabeza de una persona poco agraciada de la misma época. En aquel
tiempo habría, como ahora, altos y bajos, guapos y feos, de todo...
Lo cierto es que el presunto retrato de Jesús, difundido por los
presuntos investigadores, da un poco de pánico. Sin embargo, aunque de la
tradición y de los datos que ofrece el Evangelio parece desprenderse la idea de
un Jesús atractivo, no tendría por qué extrañarnos que Jesús hubiera sido una
persona fea.
Dicha teoría existe, basada en el cántico del “Siervo de Yahvé” de
Isaías. La defendieron autores tan famosos como San Justino, San Basilio, San
Cirilo y Tertuliano, en principio, hostiles a todo lo que el cuerpo significa.
Pero otros Padres de la época como San Jerónimo, San Gregorio de Nisa, o San
Juan Crisóstomo, defendieron lo contrario.
En todo caso Jesús, que asumió la pobreza y debilidad humanas, pudo
haber asumido perfectamente la fealdad corporal. Pero parece que no ha sido
así. Por lo tanto el mencionado retrato virtual parece, cuando menos, una
impertinencia.
Hay un retrato de Jesús que sí tiene mucha influencia en los demás y es
la imagen que damos los cristianos, la imagen que da la Iglesia. Y últimamente, por eso de que siempre destaca más lo
negativo, dicha imagen en los medios de comunicación no ha salido tampoco
demasiado bien parada. Que si los Obispos no condenan claramente el terrorismo,
que si los misioneros, que si un cura hizo o dijo no sé qué...
En la mayoría de estos casos si uno se deja llevar de la primera
impresión, de los titulares y aún de los primeros comentarios, se comprende que
puedan suscitar un sentimiento de indignación. Pero
a medida que se va profundizando en las noticias y recogiendo datos, las cosas
se ven de otra manera.
Pero vamos a ponernos en el peor de los casos: que los miembros de la
Iglesia cometemos errores o que nuestra manera de actuar pueda causar escándalo
(unas veces con razón y otras sin ella). Lo primero que debería tener presente
la persona escandalizada es aquella frase de Jesús a los fariseos que querían
apedrear a la mujer: “el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra”.
Y no olvidemos que la Iglesia somos todos, no sólo las Jerarquías
eclesiásticas, sino en primer lugar todos los bautizados. Ya el Concilio dejó
bien clara la doble condición de la Iglesia “santa y pecadora”.
No es lo preocupante que el rostro de Jesús sea feo o guapo, sino que la
mencionada investigación no responde a criterios objetivos. No es lo
preocupante la imagen a veces lamentable de la Iglesia sino la incomprensión,
sensacionalismo fariseísmo o mala uva con que algunos que también forman parte
de ella se regodean.
Es como si alguien se recreara en reírse o divulgar los defectos o
debilidades de una persona. Pero sobre todo la belleza de la divinidad de Jesús
y de la Iglesia, en cuanto sacramento de salvación, es algo que no deja lugar
para la duda. MAR
No hay comentarios.:
Publicar un comentario