Cuando una persona se encuentra agobiada por el peso de una
preocupación, solemos decirle que necesita distraerse. Y le recomendamos que
salga un poco de todo ese entramado de tensiones que le oprimen, y busque fuera
de él un horizonte más luminoso y recomponedor. Y efectivamente, lo normal es
que ese periodo de descanso en un ambiente gratificante produzca el cambio
deseado.
Pero
también se puede dar el caso de que lo que una persona necesite no sea
distraerse sino reflexionar: volverse sobre sí misma para hacer de su vida
objeto de sereno estudio, y encontrar así conclusiones válidas para eliminar
errores y vivir con más acierto.
Reflexionar
con sosiego puede tener resultados muy beneficiosos para quien esté convencido
de su necesidad. Lo malo es que muchas veces es precisamente esto lo más
difícil, convencernos de que necesitamos reflexionar. Porque no suele costarnos
comprender que necesitamos distraernos, pero cuando la necesidad es de
reflexión, nos cuesta más caer en la cuenta, no se sabe bien por qué.
Quizá se
deba, en bastantes ocasiones, a que la reflexión va intrínsecamente unida a la
conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida,
y nos cuesta hacerlo, y rehuimos pensar en ello. Si esto nos sucede —continúo
glosando ideas de Miguel Ángel Martí—, debemos alertarnos. Cuando la vida va
más aprisa que nuestro pensamiento y nos encontramos actuando sin habernos dado
tiempo a hacer una elección razonada, precisamente entonces resulta urgente
decirnos, o que alguien nos diga: «necesitas reflexionar». Porque de no
hacerlo, nuestras reflexiones (cuando las haya) serán siempre a posteriori, a
hechos consumados. Y la reflexión —que es el ejercicio de la razón aplicada a
nuestra propia vida— debe estar al inicio de nuestro actuar, para así elegir lo
mejor.
La
huida hacia adelante —que suele justificarse luego con complicadas razones que
intentan disculpar los comportamientos erróneos— es una grave equivocación, de
la que siempre sale perjudicado quien la toma como norma de conducta. Esta fuga
hacia adelante deja de lado a la razón, que queda obligada a aparecer sólo al
final, como una pobre esclava que es reclamada en última instancia para
intentar justificar una elección que comprendemos que fue errónea.
El hombre no
puede prescindir de la razón. Y si en lugar de darle una misión de alumbrar la
verdad y el bien, la convierte en una simple justificadora de conductas, cuya
máxima norma suele ser «está bien porque lo he hecho yo (y todo lo que yo hago,
para mí está bien)», entonces se produce una perversión del uso de la razón, y
la que debía ser antorcha de la verdad, pasa a ser una simple venda que tapa
las heridas de una conducta irreflexiva.
La reflexión
no es una actividad exclusiva de los filósofos. A lo largo de su vida, el
hombre sensato se pregunta con frecuencia por su propia identidad, se hace
cuestión de sí mismo, se interesa por él, no sólo por su actividad, se vuelve a
su mundo interior en busca de respuestas. Y caemos entonces en la cuenta de que
nos equivocamos, y descubrimos la importancia de la verdad, experimentamos como
angustiosa la duda y deseamos salir de ella, surge en nosotros la
incertidumbre, a veces también el desconcierto. Y se nos hace necesario pensar,
poner orden, relacionar datos, examinar experiencias pasadas, ver posibles
consecuencias en caso de optar por una solución determinada.
Y luego
podemos preguntar, y pedir consejo, pero al final nuestra vida debe ser fruto
de nuestras decisiones personales, todo lo contrastadas que se quieran, pero la
última palabra la debemos dar nosotros. Y esa última palabra debe ser pensada
con la seriedad que se merece. AA
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