Mártires, 17 de
Junio
Elogio:
En Silistra, en Mesia, santos mártires Nicandro y Marciano, que, siendo
soldados, rechazaron hacer ofrenda y sacrificar a los dioses, y por ello fueron
condenados a la pena capital por el prefecto Máximo, en la persecución
desencadenada bajo el emperador Diocleciano.
Hacía tiempo
que Nicandro y Marciano prestaban sus servicios en el ejército romano, cuando
se proclamaron los edictos contra los cristianos y, como ambos lo eran,
renunciaron a la carrera militar. Su renuncia fue considerada como una
deserción y, los dos soldados, perseguidos como criminales, fueron aprehendidos
y llevados ante Máximo, el gobernador de la provincia. El magistrado les
informó que había una orden imperial para que todos los ciudadanos ofreciesen
sacrificios a los dioses. Nicandro repuso que semejante mandato no rezaba para
los cristianos, quienes consideraban contrario a su ley renegar de su Dios
inmortal para adorar figuras de piedra y de madera. Daría, la esposa de
Nicandro, presente en el proceso, se dirigió a su esposo para alentarlo, pero
Máximo la interrumpió bruscamente. «¡Calla, mujer malvada!, le dijo. ¿Por qué
te empeñas en que muera tu marido?». «Yo no deseo su muerte, replicó Daría,
sino que viva en Dios para que nunca muera». El magistrado desvirtuó el sentido
de las palabras de la mujer e insinuó que, en realidad, Daría buscaba la manera
de deshacerse de Nicandro para tomar otro marido. «Si eso es lo que sospechas,
dijo indignada; manda que me maten a mí primero».
A Máximo le
pareció inútil prolongar la discusión con la apasionada Daría, le ordenó que
callase y se dirigió a Nicandro: «Tómate el tiempo necesario para deliberar
contigo mismo, le dijo, si prefieres vivir o morir». «Ya tengo tomada mi
decisión, respondió Nicandro: estoy cierto de que mi salvación es lo primero».
El juez comprendió que había decidido salvar la vida y estaba dispuesto a
ofrecer sacrificios a los dioses, pero no tardó en desengañarlo el reo, quien
comenzó a orar en voz alta y expresó su alegría ante la perspectiva de morir y
librarse para siempre de los peligros y tentaciones de este mundo. «¿Qué estás
diciendo?, inquirió el gobernador. ¿Hace apenas unos instantes querías vivir y
ahora pides la muerte?». Nicandro replicó inmediatamente: «Deseo la vida que es
inmortal, no la pasajera existencia en este mundo. A ti te entrego
voluntariamente mi cuerpo; haz con él lo que te plazca. ¡Soy cristiano!». «¿Y
qué dices tú a todo esto, Marciano?», inquirió el juez dirigiéndose al otro
acusado. Marciano declaró que su opinión era enteramente igual a la de su
compañero. Entonces Máximo, exasperado, mandó que los dos reos fuesen arrojados
a un calabozo y suspendió la sesión.
Veinte días
pasaron los dos soldados en un agujero estrecho sin aire ni luz, del que fueron
sacados para comparecer de nuevo ante el gobernador. Este les preguntó si ya
estaban dispuestos a obedecer el edicto del emperador y Marciano se encargó de
responderle: «Nada de lo que puedas decir hará que abandonemos nuestra religión
o neguemos a Dios. Por la fe le tenemos presente ante nosotros y sabemos que nos
llama a Sí. Te suplicamos que no nos detengas por más tiempo y que nos mandes
rápidamente a Aquel que fue crucificado, al que tú no conoces, puesto que te
atreves a blasfemar de Su nombre; pero al que nosotros honramos y adoramos». El
gobernador declaró que estaba obligado a obedecer las órdenes del emperador y
pidió disculpas a los reos por tener que condenarles a morir decapitados. Los
mártires expresaron su gratitud con estas palabras: «La paz sea contigo, juez
clemente».
Marcharon
alegremente al lugar de la ejecución; entonando a coro alabanzas al Señor.
Detrás del cortejo iba Daría, la esposa de Nicandro y el hijo pequeño de éste
en los brazos de Papiniano, hermano del mártir san Pasicrates. También la
esposa de Marciano seguía al cortejo, pero ella no mantenía la misma serenidad
de los demás, antes bien gemía y se mesaba los cabellos con desesperación. Ya
para entonces, había hecho todo lo posible para apartar a Marciano de su
resolución; sobre todo, había tratado de conmoverle por medio del cariño al
hijo pequeño que iba a dejar desamparado. En el lugar de la ejecución, Marciano
tomó en brazos a su hijo, lo besó con ternura y clamó, con los ojos levantados
al cielo: «¡Señor mío, todopoderoso; toma Tú a este niño bajo tu protección!»
Después lo entregó a su esposa y, como un reproche por su falta de fe, le pidió
que se alejara pronto de ahí, porque seguramente no podría soportar verle
morir. La esposa de Nicandro, en cambio, no se apartaba de su lado y le
exhortaba de continuo a conservar su entereza y su alegría frente a la muerte.
«Mantén fuerte tu corazón, mi señor, le decía. Yo he vivido diez años en la
casa sin tenerte conmigo y nunca dejé de orar para que se me concediera la
dicha de verte de nuevo. Ahora tengo ese consuelo: estoy al lado tuyo en el
camino a la gloria y seré la esposa de un mártir. Entrega a Dios, como se debe,
tu testimonio de la Verdad, a fin de que también a mí me libre de la muerte
eterna». Se apartó de él con una última súplica para que sus sufrimientos y sus
plegarias sirviesen al propósito de obtener para ella la misericordia divina.
El verdugo cubrió los ojos de los dos reos arrodillados y, con certeros golpes
de su espada, les cortó la cabeza. Era un 17 de junio, según se afirma en las
«actas» de estos mártires.
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