Emperador, 13 de
Julio
Elogio
San Enrique, emperador romano-germánico,
que, según la tradición, de acuerdo con su esposa Cunegunda puso gran empeño en
reformar la vida de la Iglesia y en propagar la fe en Cristo por toda Europa,
donde, movido por un celo misionero, instituyó numerosas sedes episcopales y
fundó monasterios. Murió en este día en Grona, cerca de Göttingen, en Franconia.
Enrique II,
hijo de Enrique, duque de Baviera y de Gisela de Borgoña, nació el año 972. Fue
educado por san Wolfgango, obispo de Ratisbona y, en 995, sucedió a su padre en
el gobierno del ducado de Baviera. Estuvo casado con santa Cunegunda, pero no
tuvieron hijos. En 1002, a la muerte de su primo Otón III, fue elegido
emperador. Enrique no perdió nunca de vista los peligros a los que se hallan
expuestos los gobernantes. Consciente de la importancia y extensión de las
obligaciones que le imponía su cargo, supo mantenerse, por la oración, en una
actitud de humildad y de temor de Dios, y su virtud salió victoriosa del
peligro de los honores. Jamás olvidó el fin para el que Dios le había elevado a
la más alta dignidad temporal y trabajó con todas su fuerzas por promover la
paz y la prosperidad de su reino. Hay que especificar, sin embargo, que san
Enrique se valió algunas veces de la Iglesia para sus fines políticos, imitando
así a su predecesor Otón el Grande. Sin discutir la autoridad espiritual de la
Iglesia, se opuso en ciertos casos a su engrandecimiento temporal. Y hemos de
confesar que, desde el punto de vista del bienestar de la cristiandad, algunas
de las medidas políticas del santo emperador fueron equívocas.
San Enrique
tuvo que emprender numerosas guerras para defender y consolidar su imperio.
Tales, por ejemplo, las guerras de Italia, antes de recibir la corona. Arduino
de Ivrea se había hecho coronar rey en Milán; san Enrique cruzó los Alpes y le
arrojó del poder. En 1014, llegó triunfalmente a Roma, donde fue coronado
emperador por el Papa Benedicto VIII. El santo restauró con gran munificencia
las sedes episcopales de Hildesheim, Magdeburgo, Estrasburgo y Meersburgo e
hizo ricos presentes a las iglesias de Aquisgrán y Basilea, entre otras. Es falso
que el santo haya convertido a la fe a san Esteban, rey de Hungría, quien era
hijo de padres cristianos, pero en cambio sí incitó a dicho monarca a trabajar
por la conversión de sus súbditos. En 1006, san Enrique fundó la sede de
Bamberga y construyó una gran catedral para fortalecer el poder germánico entre
los wendos. Los obispos de Wurzburgo y Eichstätt se opusieron a ello, pues la
empresa llevaba consigo el desmembramiento de sus diócesis; pero el Papa Juan
XIX dio la razón al emperador, y Benedicto VIII consagró la catedral en el año
de 1020. San Enrique construyó y dotó también un monasterio en Bamberga e hizo
donaciones a varias diócesis para promover el honor divino y proveer a las
necesidades de los pobres. En 1021, fue de nuevo a Italia en una expedición
contra los griegos de Apulia. En el camino de vuelta cayó enfermo y fue
transportado a Monte Cassino. Según se dice, fue milagrosamente curado por la
intercesión de San Benito, pero quedó baldado para siempre.
Enrique sabía
atender aun a los detalles de menor importancia, a pesar de los innumerables
deberes de un jefe de Estado; por ello, al mismo tiempo que cumplía a la
perfección sus obligaciones públicas, no olvidaba que su primer deber consistía
en mirar por el bien de su alma. Apoyó con entusiasmo las ideas de reforma
eclesiástica del gran monasterio de Cluny, como lo prueba el hecho de que se
opuso a su pariente, amigo y antiguo capellán, Aribo, a quien el mismo había
nombrado arzobispo de Mainz, cuando condenó en un sínodo a los que apelaban a
Roma sin su permiso. Es muy conocida la leyenda de que, deseando san Enrique
hacerse monje, prometió obediencia al abad del monasterio de Saint-Vanne, en
Verdun, el cual le mandó por precepto de obediencia que siguiese gobernando el
Imperio. En realidad, ésta y otras anécdotas semejantes cuadran mal con el
carácter y la vida del emperador. San Enrique fue uno de los más grandes
gobernantes del Sacro Imperio Romano y se santificó, precisamente, como soldado
y jefe de Estado, cumpliendo con deberes muy diferentes a los que cumplen los
monjes. Las leyes edificantes son un producto de la invención de los habitantes
de Bamberga y las biografías del tipo de la que escribió Adalberto, no reflejan
la verdadera personalidad de San Enrique. Lo que sabemos sobre él se refiere
más bien a su actuación pública. San Enrique II no tuvo, como san Luis de
Francia, un Joinville que describiese su vida íntima. El santo emperador
promovió cuanto pudo la reforma eclesiástica, sobre todo por el cuidado con que
elegía a los obispos y por el apoyo que prestó a monjes tan destacados como san
Odilón de Cluny y Ricardo de Saint-Vanne. Eugenio III canonizó a San Enrique en
1146 y san Pío X le proclamó patrono de los oblatos benedictinos. Se ha difundido
la leyenda de que vivió en abstinencia con su mujer, santa Cunegunda, pero no
hay pruebas de ello, ni hay ningún testimonio contemporáneo de que el propio Emperador
lo haya comunicado en su lecho de muerte.
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