Obispo y mártir, 15 de
Julio
Elogio:
En Cartago, en la vía llamada de los
Escilitanos, en la basílica de Fausto, inhumación de san Félix, obispo de
Tibiuca y mártir, que ante la orden del procurador Magniliano de que se
arrojasen al fuego los libros de la Biblia, respondió que prefería ser abrasado
él antes que quemar las Sagradas Escrituras, y por esta respuesta el procurador
Anulino le atravesó con la espada.
A los
comienzos de la persecución de Diocleciano, muchos cristianos entregaron a los
perseguidores los libros sagrados para que los quemasen. Algunos trataron de
disculpar su proceder o disminuir su culpabilidad, como si las circunstancias
pudiesen justificar la cooperación en una acción impía o sacrílega. Félix,
obispo de África proconsular, lejos de seguir el mal ejemplo de tantos otros
cristianos, se sintió más bien espoleado a adoptar una conducta vigorosa y
vigilante. El magistrado de Tibiuca, Magniliano, le ordenó que entregase todos
los libros y escritos sagrados para quemarlos. El mártir replicó que estaba
obligado a obedecer a Dios antes que a los hombres, y entonces Magniliano le
envió al procónsul de Cartago.
Según cuenta
el relato del martirio, el procónsul, enfurecido por la valiente confesión del
santo, le cargó de cadenas y le encerró en una horrible mazmorra. Nueve días
después, le envió en un navío a Italia para que le juzgase Maximino. La
travesía duró cuatro días; el obispo fue encerrado en la cala del barco con los
caballos y no probó alimento ni bebida. Los cristianos de Agrigento, de Sicilia
y de todas las ciudades por donde pasó el santo, le acogieron jubilosamente. En
Venosa de la Apulia, el prefecto mandó quitarle los grillos y le preguntó si
realmente poseía libros sagrados y por qué razón se rehusaba a entregarlos.
Félix replicó que no podía negar que poseyese libros sagrados, pero que jamás
los entregaría. Sin más averiguaciones, el prefecto le mandó decapitar. En el
sitio de la ejecución san Félix dio gracias a Dios por su bondad y, en seguida,
tendió la cabeza al verdugo rara ofrecerse en sacrificio a Aquél que vive por
los siglos de los siglos. Tenía entonces cincuenta y seis años. Fue una de las
primeras víctimas de la persecución de Diocleciano.
La leyenda de
la deportación de San Félix a Italia y su martirio en ese país es una invención
del hagiógrafo, quien quería hacer de él un santo italiano. Pero está fuera de
duda que san Félix fue martirizado por el procónsul de Cartago. Sus reliquias
fueron más tarde trasladadas a la famosa «basílica Fausti» de dicha ciudad.
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