Mártires, 10 de
Julio
Elogio
En Roma, santos mártires Félix y Felipe,
que están enterrados en el cementerio de Priscila; Vital, Marcial y Alejandro,
en el de los Jordanos; Silano, en el de Máximo; y Jenaro, en el de Pretextato,
cuya memoria recuerda y conmemora hoy conjuntamente la Iglesia Romana con
alegría, sintiéndose honrada con sus triunfos y protegida por la intercesión de
tantos y tan ejemplares santos.
Como lo afirma
el elogio del Martirologio Romano, santa Felicitas es una mártir enterrada en
la catacumba de Máximo, y que ha gozado de culto desde la antigüedad. Sin
embargo, bien sabemos que a la tradición oral y popular no le basta con tan
pocos datos, así que ya desde muy antiguo surgió una leyenda que vincula muy
estrechamente a esta mártir con otros siete que se celebran el 10 de julio, y
que pasan por ser «los siete hijos de santa Felicitas». Este artículo, por
tanto, trata de una forma unificada las dos memorias, la del 10 de julio y la
del 23 de noviembre, sobre todo en atención a que los ocho mártires aparecen
unidos en la iconografía y el culto ancestral.
Según la
leyenda, Felicitas era una noble cristiana que se había consagrado a Dios en su
viudez y vivía dedicada a la oración y las obras de caridad. Su ejemplo y el de
su familia, convirtió a numerosos idólatras a la fe. Ello enfureció a los
sacerdotes paganos, quienes se quejaron al emperador Antonino Pío de que las
numerosas conversiones que obraba Felicitas provocarían la cólera de los dioses
y, como consecuencia, la ciudad y todo el país, sufriría terrible desolación.
El emperador dejó el asunto en manos de Publio, prefecto de Roma, quien mandó
que la santa y sus hijos compareciesen ante él. Tomó aparte a Felicitas y trató
por todos los medios de inducirla a ofrecer sacrificios a los dioses para no
verse obligado a imponer un castigo a ella y a sus hijos. Pero la santa
respondió: «No trates de atemorizarme con tus amenazas ni de ganarme con tus
halagos, porque el Espíritu de Dios, que habita en mí, no permitirá que me
venzas, sino que me sacará victoriosa de todos tus ataques». Publio replicó:
«¡Infeliz de ti! ¡Si lo que quieres es morir, muere en buena hora pero no mates
a tus hijos!» «Mis hijos -respondió Felicitas- vivirán eternamente si
permanecen fieles a la fe, pero si ofrecen sacrificios a los ídolos, les espera
la muerte eterna».
Al día
siguiente, el prefecto mandó llamar de nuevo a Felicitas y sus hijos y dijo a
ésta: «Apiádate de tus hijos, Felicitas, pues están en la flor de la juventud».
La santa replicó: «Tu piedad es impía y tus palabras crueles». En seguida, se
volvió hacia sus hijos y les dijo: «Hijos míos, levantad los ojos al cielo,
donde os esperan Jesucristo y sus santos. Permaneced fieles a su amor y luchad
valientemente por vuestras almas». Publio montó en cólera al oír aquello y
replicó airadamente: «Es una insolencia que hables así a tus hijos en mi
presencia, tanto como tu desobediencia a las órdenes del soberano, por lo tanto
serás castigada». A continuación, mandó que la azotaran. El prefecto llamó
entonces, por separado, a cada uno de los jóvenes y trató de conseguir, con
promesas y amenazas, que adorasen a los dioses. Como todos se negasen a ello,
ordenó que los azotaran y los encerraran en un calabozo. El prefecto informó
del caso al emperador, el cual mandó que fuesen juzgados por jueces diferentes
y condenados a diversos géneros de muerte. Jenaro murió destrozado por los
látigos; Félix y Felipe perecieron a golpes de mazo; Silvano fue arrojado al
Tíber; Alejandro, Vidal y Marcial alcanzaron la corona por la espada. También
la madre fue decapitada, después de haber visto morir a sus hijos.
A propósito de
la muerte de santa Felicitas, san Agustín dice: «El espectáculo que se presenta
a los ojos de nuestra fe es magnífico. Hemos oído y visto con la imaginación a
esa madre que, contra todos sus instintos humanos, escoge que sus hijos
perezcan en su presencia. Pero Felicitas no abandonó a sus hijos, sino que los
envió por delante, porque consideraba la muerte, no como el fin sino como el
principio de la vida. Estos mártires renunciaron a una existencia que debía
terminar forzosamente, para pasar a una vida que no termina jamás. Pero
Felicitas no se contentó con ver morir a sus hijos, sino que los alentó a ello
y, al hacerlo, consiguió que su valor fuese todavía más fecundo que su seno. Al
verlos luchar, luchó con ellos y la victoria de cada uno de sus hijos fue su
propia victoria». San Gregorio Magno predicó una homilía el día de la fiesta de
santa Felicitas, en la iglesia que se erigió sobre la tumba de la santa en la
Vía Salaria. En dicha homilía dice que Felicitas, «que tenía siete hijos, temía
que alguno le sobreviviese, como otras madres temen sobrevivir a sus hijos. Su
martirio fue mayor, ya que, al ver morir a todos sus hijos, sufrió el martirio
en cada uno de ellos. Felicitas fue la última en morir; pero desde el primer
momento sufrió, de suerte que su martirio comenzó con el del primero de sus
hijos y terminó con su propia muerte. Así ganó, no sólo su corona, sino la de
todos sus hijos. Al presenciar sus tormentos, permaneció constante, sufrió,
porque era madre, pero se regocijó porque poseía la esperanza. En santa
Felicitas la fe triunfó de la carne y de la sangre, cuando en nosotros no es
capaz de vencer las pasiones y arrancar nuestro corazón de este mundo
corrompido».
A pesar de la
elocuencia de san Agustín y de san Gregorio, de lo dicho por Alban Butler y, no
obstante, el valor moral y religioso de las lecciones que se sacan de este martirio,
no se puede considerar el hecho como histórico. Está fuera de duda que una
mujer llamada Felicitas sufrió el martirio y fue sepultada en el cementerio de
Máximo, en la Vía Salaria. La fiesta de esta mártir se celebraba y se celebra
el 23 de noviembre. Pero sólo unas «Actas» de muy dudoso valor histórico
afirman que los «Siete hermanos» eran sus hijos: a decir verdad, ni siquiera
consta que esos siete mártires fuesen hermanos entre sí.
Por lo menos
desde mediados del siglo V, se conmemoraba el 10 de julio el triunfo de siete
mártires. Dos de ellos, Félix y Felipe, fueron sepultados en el cementerio de
Priscila; Marcial, Vidal y Alejandro, en el cementerio «de los Jordanos»;
Jenaro en el cementerio de Pretextato, donde de Rossi descubrió, en 1863, una
capilla decorada con frescos y una inscripción en la que se invocaba a dicho
santo; Silano fue sepultado en la catacumba de Máximo. Tal vez, el origen de la
leyenda de que estos siete mártires eran hijos de santa Felicitas fue que la
tumba de Silano (o Silvano) estaba junto a la de dicha santa.
A fines del
siglo XIX, se discutió mucho sobre santa Felicitas y sus siete hijos. Aunque
las actas, según lo dijimos antes, son muy posteriores y de autoridad dudosa,
consta sin embargo la existencia de un culto muy antiguo por el Calendario
Filocaliano, el epitafio de San Dámaso y el Hieronymianum. El P. Delehaye, que
estudió la cuestión varias veces en su obra, concluye que es indudable que un
hagiógrafo inventó que los siete mártires del 10 de julio eran hermanos para
crear un paralelo cristiano a la narración bíblica de los Macabeos (2 Mac 7).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario