Con el
saber, entendido como un serio compromiso de búsqueda de la verdad, vienen
siempre al hombre grandes bienes.
La
ignorancia, por el contrario, está casi siempre en el origen de los
comportamientos autoritarios, de los conflictos absurdos, de las
descalificaciones necias, de los insultos y las agresiones. Sobre todo cuando
se trata de una ignorancia no reconocida, ya que, como señaló Sócrates, “lo
peor del ignorante no es que no sepa, sino que no sepa que no sabe”.
La
ignorancia es siempre simplificadora, drástica en sus afirmaciones, muy amiga
de trivializar, poco aficionada a matices o aclaraciones. Por eso, ganar
terreno a la ignorancia mejorando la formación es uno de los grandes retos para
la vida de cualquier sociedad, de cualquier institución, de cualquier familia,
de cualquier persona.
Como ha
señalado el profesor Ibáñez-Martín, una buena formación exige en primer lugar un conjunto de
conocimientos que permita mejorar cualitativamente nuestra existencia. No se
trata de almacenar datos, no es un simple enciclopedismo, sino lograr un
conjunto de saberes bien estructurado: unos amplios conocimientos de la propia
especialidad profesional, junto a un deseo universal de tener un mínimo de
iniciación a otros saberes.
En segundo
lugar,
es preciso buscar la formación del juicio: de ese juicio que en ciencia
significa espíritu crítico y método, que en arte se llama gusto, y que en la
vida práctica se traduce en discernimiento y lucidez.
Junto a esa
formación en los conocimientos y en el juicio, es preciso añadir, en tercer lugar, el ejercicio de las
virtudes individuales y sociales, así como el cultivo de otras dimensiones
humanas, porque bien sabemos que para vivir con acierto no basta con el
conocimiento, pues los hombres de bien no se identifican simplemente con los
que saben ética, ya que luego hay que poner en práctica lo que se sabe.
La formación
debe llevar al hombre a profundizar en su conocimiento y en su identificación
con la naturaleza que le es propia. Así tendrá una mejor visión de lo que es
oportuno para sí mismo y para la sociedad, y un estímulo para dar lo mejor de
sí mismo.
La formación
debe despertar en lo más profundo del corazón del hombre una atracción hacia
los valores. Debe descubrir la vida como un proyecto que parte de una
plataforma que no hemos escogido, pero que discurrirá por los cauces que nos
marquemos, puesto que, como afirmaba Ortega, la vida nos ha sido dada, pero no
nos ha sido dada hecha.
La formación
ha de tener influencia sobre nuestra vida práctica. Ha de llevar a profundizar
en esa —por llamarla de alguna manera— filosofía básica que interesa a todos
porque todos ansiamos encontrar respuesta a los últimos interrogantes de la existencia
del hombre, que se pregunta con frecuencia por el sentido de su vida y de su
libertad. Una formación que permita al hombre resolver las dificultades de la
vida ordinaria y comprender las líneas generales de los principales problemas
de su tiempo. AA
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