Cuando estalla una crisis, cuando empieza una
guerra, cuando se difunde una epidemia, las reacciones son muchas, las alarmas
se disparan, el miedo angustia, y se desean manos amigas y ayudas verdaderas.
Cuando hay un problema en la familia, cuando en el
trabajo las cosas salen mal, cuando no llega el dinero para final de mes, el
corazón agradece cualquier ayuda, cercanía, afecto.
Encontrar ayuda en los momentos difíciles, grandes
o pequeños, alivia, fortalece, da ánimos. Somos seres sociales: nos gusta
contar a nuestro lado con quienes, de verdad, salen de sí mismos y piensan en
los demás.
Si agradecemos infinitamente esa ayuda de un
policía desconocido, de un médico desinteresado, de un conocido que llama para
preguntar por nuestra situación, también nosotros podemos convertirnos en ayuda
para otros.
Basta con abrir los ojos y descubriremos tantas
necesidades. Es bueno empezar con los de cerca, familiares, amigos, conocidos,
que quizá están pasando por un mal momento y necesitan alguien a su lado.
También podemos ir más lejos, a personas de la
misma ciudad, o de la región, o del país. O a personas de tierras más lejanas,
a las que podemos enviar pequeñas o grandes ayudas para aliviar sus
sufrimientos.
El mundo empieza a ser diferente si más y más
personas logran descentrarse, olvidarse de sí mismas, para entregarse a otros
en los momentos difíciles que tarde o temprano llegan a todos.
Es entonces cuando hacemos realidad la invitación
de Jesús a cuidar al enfermo, a dar de comer al hambriento, a vestir al
desnudo, a visitar al encarcelado (cf. Mt 25,31-46).
No todos llegan a tener el alma disponible, ni
perciben necesidades ajenas, si saben dejar a un lado sus proyectos personales
cuando surge una emergencia, porque viven demasiado encerrados en sus asuntos.
Pero si más y más personas, desde la confianza en
Dios y el amor auténtico hacia los necesitados, empiezan a ofrecer ayuda, el
mundo mejorará, las penas se suavizarán, y lograremos vivir aquí en la tierra
un poco como se vive en el cielo: con amor. FP
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