Con la señal de la cruz y una corta oración, san Eutimio curó de una parálisis de medio cuerpo a un joven árabe. El padre de éste, que había recurrido en vano a las famosas artes físicas y mágicas de los persas, se convirtió al cristianismo. Esto desató una oleada de conversiones entre los árabes, de suerte que el patriarca de Jerusalén, Juvenal, consagró obispo a Eutimio para que atendiese a las necesidades espirituales de los convertidos. El santo estuvo presente en el Concilio de Éfeso, en 431. Juvenal construyó a san Eutimio una «laura» en el camino de Jerusalén a Jericó. No por ello abandonó el santo su regla de estricta soledad, sino que gobernó a sus monjes por medio de vicarios, a quienes daba sus instrucciones los domingos. La humildad y caridad de Eutimio le ganaban los corazones de cuantos se le acercaban. Su don de lágrimas parece haber sido todavía más notable que el del gran Arsenio.
San Cirilo de Escitópolis relata muchos de los milagros obrados por el santo con sólo hacer la señal de la cruz. En un período de sequía, Eutimio exhortó al pueblo a la penitencia para apartar esa plaga, las multitudes acudieron en procesión a su celda, llevando cruces, cantando el «Kyrie eleison», y suplicándole que ofreciese a Dios sus oraciones por ellos. Eutimio respondió: «Yo soy un pecador. ¿Cómo queréis que me presente ante Dios, que está airado por nuestras culpas? Postrémonos todos juntos en su presencia, y Él nos escuchará». La multitud obedeció, y el santo, dirigiéndose a su capilla, se postró también en oración. El cielo se oscureció repentinamente, la lluvia cayó en abundancia, y las cosechas fueron notablemente buenas.
Cuando la emperatriz Eudoxia, viuda de Teodosio II, consultó a san Simeón el Estilita sobre las penas que afligían a su familia, dicho santo remitió a la hereje a san Eutimio. Este no recibía a ninguna mujer en su «laura». La emperatriz se construyó un refugio a cierta distancia y le rogó que fuese a verla allí. San Eutimio le aconsejó renunciar a la herejía de Eutiques y suscribir el credo del Concilio de Calcedonia. Eudoxia siguió el consejo, como si fuese la voz de Dios, y volvió a la ortodoxia de la fe. Gran parte del pueblo siguió su ejemplo. El año 459, la emperatriz pidió de nuevo al santo que fuese a verla a su refugio, pues tenía el plan de dotar la «laura» con rentas suficientes para su manutención. Eutimio le mandó decir que no pensara en la dotación y que se preparara a morir. La emperatriz admiró el desinterés de Eutimio, volvió a Jerusalén, y murió poco después. Uno de los últimos discípulos de san Eutimio fue el joven san Sabas, a quien el primero amó tiernamente. El 13 de enero del año 473, Martirio y Elías, a quienes el santo había predicho que llegarían a ser patriarcas de Jerusalén, fueron con algunos otros a acompañar a Eutemio a su retiro cuaresmal; pero éste les dijo que iba a quedarse con ellos toda la semana, hasta el sábado siguiente, dándoles a entender que su muerte estaba próxima. Tres días después, ordenó que se observase una vigilia general, la víspera de la fiesta de san Antonio, y en tal ocasión hizo a sus hijos espirituales una exhortación a la humildad y la caridad. Nombró a Elías por sucesor suyo y predijo a Domiciano, uno de sus discípulos predilectos, que le seguiría al sepulcro a los ocho días de su muerte, como sucedió en efecto. Eutimio murió el sábado 20 de enero, a los noventa y cinco años, después de haber pasado sesenta y ocho en el desierto. Cirilo cuenta que se apareció varias veces después de su muerte, y habla de los milagros obrados por su intercesión, de uno de los cuales él mismo fue testigo ocular. El nombre de san Eutimio aparece en la preparación de la misa bizantina.
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