… la cogió de la mano y la levantó.
La exégesis
moderna ha tomado conciencia de que toda la actuación de Jesús está sostenida
por la «gestualidad». No basta, por ello, analizar sus palabras. Es necesario,
además, estudiar el hondo contenido de sus gestos. Recomiendo el estudio
divulgativo de un biblista y un pedagogo, F. Armelliní-G. Moretti, Tenía rostro
y palabras de hombre. Un retrato de Jesús (Ed. Paulinas, Madrid 1998).
Las manos son
de gran importancia en el gesto humano. Pueden construir o destruir, curar o
herir, acariciar o golpear, acoger o rechazar. Las manos pueden reflejar el ser
de la persona. De ahí que los exégetas estudien con atención las manos de Jesús
en las que tanto insisten los evangelistas.
Jesús toca a
los discípulos caídos por tierra para devolverles la confianza: «Levantaos, no
temáis» (Mt 17, 6-7). Cuando Pedro
comienza a hundirse, le tiende su mano, lo agarra y le dice: «Hombre de poca
fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14, 31).
Jesús es, muchas veces, mano que levanta, infunde fuerza y pone en pie a la
persona.
Los evangelistas
destacan, sobre todo, los gestos de Jesús con los enfermos. Son significativos
los matices expresados por los diferentes verbos. A veces, Jesús agarra al
enfermo para arrancarlo del mal. Otras veces, impone sus manos en un gesto de
bendición que transmite su fuerza curadora. Con frecuencia, extiende su mano
para tocarlo en un gesto de cercanía, apoyo y compasión. Jesús es mano cercana
que acoge a los impuros, los envuelve con su bendición y los protege de la
exclusión.
Desde estas
claves hemos de leer también el relato de Cafarnaúm (Mc 1, 31). Jesús entra en la habitación de una mujer enferma, se
acerca a ella, la coge de la mano y la levanta en un gesto de cercanía y de
apoyo que le transmite nueva fuerza. Jesucristo es para los cristianos «la mano
que Dios tiende» a todo ser humano necesitado de fuerza, apoyo, compañía y
protección. Ésa es la experiencia del creyente a lo largo de su vida. JAP
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