La misión que María trajo al mundo se resume en una palabra: ser MADRE,
la Madre de Jesús y la Madre nuestra. Ser la
madre de Jesús es lo mismo que ser la Madre de Dios. Ser la Madre nuestra es lo mismo que ser la Madre
espiritual de todos los redimidos, porque Jesús desde la cruz le confió este
encargo y esta misión grandiosa. En el orden de la Gracia, María es tan madre
nuestra como la madre bendita y querida a la que debemos nuestros ser de
hombres.
Por eso, para entender a María, no hay medio mejor que mirar a la madre
que hemos tenido la dicha de tener en el mundo. Es
muy fácil pasar de la madre de aquí a la Madre del Cielo. Pongamos en María, y en el grado máximo, todo lo bueno
que vemos en nuestra madre, y habremos atinado del todo al querer valorar la
Maternidad Espiritual de María sobre todos nosotros.
Hubo un caso durante la Primera Guerra Mundial que se hizo célebre en
todos los periódicos italianos. El muchacho había
sido herido de gravedad en el frente de batalla. Avisada la familia, el papá se
puso inmediatamente en camino y se fue lejos, donde el hijo hospitalizado se
debatía entre la vida y la muerte. Eran de familia campesina, y todo lo que el
padre pudo llevar al hijo eran cosas de la casa. Pero aquí estuvo la salvación.
El muchacho no reaccionaba. No había modo de que comiera. Sin embargo, el padre
le alargó un trozo de pan, diciéndole:
- Toma, es pan de la mamá. El que hace ella siempre en casa. Come, que
te irá bien.
El muchacho se emociona y va repitiendo:
- ¡Es el pan de mamá! El pan de mamá, el pan de mamá...
Un bocadito, otro bocadito, un poco más... Se lo come todo. Viene la
reacción del enfermo, y al poco tiempo la curación era total.
¡Es el pan de mamá!... El recuerdo del ser más querido hace prodigios en
nuestras vidas. El pan amasado por las manos de mamá tiene un sabor diferente a
cualquier otro pan.
Queremos decir: el amor de la madre, la enseñanza de la madre, los
cuidados de la madre, el ejemplo de la madre, todo lo de la madre lleva una
marca y un sello en su constitución que no se suple por nada. Dios se ha lucido
en todas sus criaturas. Pero, donde se desbordó su solicitud y su providencia
para con nosotros, fue en la formación de esa mujer-madre, que es la obra
maestra salida de sus manos.
Nosotros vamos a sacar de aquí algunas consecuencias que saltan a la
vista.
Por ejemplo, la conciencia que tiene la madre
acerca de su alta misión. Dios le ha
confiado a ella la formación del hombre. Sobre todo, la de sus sentimientos.
De aquí se sigue, y lo comprobamos cada día, que
cualquier mujer, con vocación de madre, se forma a sí misma en los sentimientos
más nobles. Lo que ella es, lo va dejando impreso de manera indeleble en el ser
de los que son o serán sus hijos. Como llevada de un instinto natural, la
madre, para formar, se forma ante todo a sí misma. Otra consecuencia comprobada es el amor, el afecto, el
cariño, que la madre sabe poner en todas sus cosas, hasta en las más ordinarias
de la vida. La cara-disgusto no dice, no pega, no cae bien con la cara-cariño que
ostenta siempre la madre. La madre, por
naturaleza y por misión, tiene siempre una cara como un sol. Podrá muchas veces
mostrar dolor y preocupación, pero nunca amargura y resentimiento.
El pan que se comió el muchacho moribundo era un pan como el de las
demás casas campesinas de la región. Pero, al comerlo, le vino a la mente toda
aquella solicitud que la mamá querida ponía en todo lo que ella hacía por los
hijos. No le salvó la vida el pan, sino el amor con que la mamá hacía el pan...
Muchas veces en nuestros mensajes hablamos sobre la madre. O
expresamente de ella, o cuando nos toca hablar del matrimonio, de la familia,
de los hijos... El tema de la madre es siempre actual. No cansa nunca. Y
siempre, aunque no lo advirtamos ni lo pretendamos, se pone todo el corazón
cuando queremos al hablar del ser más querido.
Admira la confesión de uno de los pensadores más leídos:
- Todo lo que soy o espero ser, se lo debo a la angelical solicitud de
mi madre.
Al hablar así de la mamá que por dicha nos ha tocado tener en el hogar,
se nos va el pensamiento a la mejor de todas las madres, la que Cristo nos dio
en la Cruz, y ejemplar de todas las madres.
María, al darnos a Cristo, el Pan vivo bajado del Cielo y horneado en
sus entrañas, ha puesto también y pone todo su Corazón de Madre cuando nos da
Jesús a cada uno de nosotros. Así lo expresó, con belleza inigualable, San Juan
de Ávila, uno de los clásicos de nuestra lengua:
- Allí está el manjar en el Altar; la Santísima Virgen es la que nos lo
guisó, y por ser ella la guisandera, se le pega más el sabor al manjar, aunque
él es de sí dulce y sabroso y pone gran codicia de comerlo. Desde allí nos está convidando con él.
De este modo escribía aquel gran Maestro sobre el Pan de la Virgen en el
siglo XVI. Y nosotros, al recibirlo hoy, sobre todo en la Eucaristía, nos vamos
repitiendo el estribillo del soldadito italiano casi muerto, pero resucitado
por el milagro de... ¡el Pan de mamá, el Pan de mamá! PG
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