Esta cuestión tan aguda, tan difícil de descifrar con la sola razón,
resulta comprensible desde el punto de vista que ofrece la revelación
cristiana. Hay unas palabras de San Pedro en su segunda Carta que quizá no han sido
suficientemente meditadas: «¿Dónde queda la promesa de su venida (la anunciada
segunda venida triunfante del Mesías)? Pues desde que los padres murieron, todo
continúa como desde el principio de la creación».
San Pedro recoge así la protesta de quienes se sienten defraudados por
las promesas cristianas sobre el Reino de Dios que habría de haber triunfado ya
sobre toda especie de injusticia, de sufrimiento, de conflictos sangrantes: ¿no
debería estar ya implantado en todo el mundo el Reino de la justicia, del amor
y de la paz?
«Los padres» podían ser primeros cristianos, muchos de los cuales ya
habían muerto y, sin embargo, «todo continúa como desde el principio de la
creación». Lo cual puede ser una evocación de las múltiples luchas cainítas que
siguen flagelando a la humanidad. ¿Cómo seguir creyendo en las promesas
predicadas por los Apóstoles? Las cosas no han mejorado.
«Pero —replica san Pedro— hay algo, queridísimos, que no debéis olvidar:
que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día». Mil años
nos puede parecer mucho tiempo, desde el punto de vista de los que estamos
inmersos en el tiempo. Pero la mirada de Dios y sus designios son eternos, y la
eternidad tiene en presente pasado, presente y futuro. Si Jesús nos dice que
«el Reino de Dios está cerca», «que está ya en medio de nosotros», nos habla
desde el punto de vista de la eternidad y de los designios divinos sobre toda
la historia de la humanidad.
Nosotros somos a menudo como niños que lo quieren todo y, además, ya.
Pero el hombre adulto ha de comprender que para alcanzar los fines se necesita
tiempo; y todo lo que llega, llega pronto, casi enseguida, porque la vida
humana sobre la tierra es siempre muy corta, acaba, y, como dice san Agustín,
todo lo que acaba es breve. Para Dios mil años son como un día.
¿Por qué permite Dios que los «malvados» sigan haciendo el mal? La
respuesta de quien pasó muchas horas, muchos días, años, conversando con
Jesucristo y meditando tanto sus palabras como sus silencios, es ésta: «No
tarda el Señor en cumplir sus promesas, como algunos piensan; más bien usa de
paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se
conviertan» (2 Pe 3, 8-9).
Una vez más, el Espíritu Santo, por medio de sus hagiógrafos, nos revela
que el mal es una permisión de la misericordia de Dios, que quiere que todos
los hombres se salven (cfr. 1 Tim 2, 4;
Rom 11, 22) y usa con ellos de una paciencia infinita, que implica una
misericordia tan grande que nos resulta difícil de comprender.
Desde un punto de vista objetivo la injusticia hace mayor mal al injusto
que al justo que sufre la injusticia. En el justo, el sufrimiento es un vínculo
de unión con la Cruz redentora de Cristo; para el injusto, las consecuencias
del mal que se derivan de su injusticia han de ser un revulsivo que le ayude a
la conversión y alcance, al fin, la salvación eterna.
El justo, es decir, el santo —en términos bíblicos— no pierde la paz ni
la felicidad profunda, al sufrir la injusticia; es más, la ofrece por el
causante de la injusticia. En todo caso, la
permisión del mal redunda en el bien de los que aman a Dios y constituye una
llamada a la conversión de los que no le aman. Es un aspecto del «escándalo de
la Cruz». AO
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