Al introducir la oración mariana, el Santo Padre recordó la celebración, de la Jornada Mundial de los Enfermos (JME), y afirmó que “la enfermedad es una dimensión típica de la condición humana”.
A continuación citó al santo de Hipona, San Agustín, quien dice: “¡Ten piedad de mí, Señor! Mira: no te escondo mis heridas. Tú eres el médico, yo soy el enfermo; tú eres misericordioso, yo el mísero”.
“Cristo -dijo el Pontífice- es el verdadero ‘médico’ de la humanidad, que el Padre celeste ha enviado al mundo para curar al hombre, marcado en el cuerpo y en el espíritu por el pecado y por sus consecuencias”.
El Papa explicó que allí “está concentrada toda la historia de la salvación: aquel gesto de Jesús, que extiende la mano y toca el cuerpo herido de la persona que lo invoca, manifiesta perfectamente la voluntad de Dios de sanar a su criatura caída, restituyéndole la vida ‘en abundancia’, la vida eterna, plena, feliz”.
“Cristo es ‘la mano’ de Dios dirigida a la humanidad, para que pueda salir de las arenas movedizas de la enfermedad y de la muerte, ponerse en pie sobre la roca firme del amor divino”, dijo el Papa.
Benedicto XVI confió a “María Salus infirmorum a todos los enfermos, de modo especial a aquellos que, en todas partes del mundo, además de la falta de salud, sufren también la soledad, la miseria y la marginación”. ACI
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