Somos protagonistas de un cambio de civilización. Vemos el
ocaso de una generación y el alba de un nuevo amanecer. Nos acecha la
incertidumbre ¿Cómo será mañana? Hoy más que nunca como si el tiempo pasara sin
dejar huella. Es más como si todo fuera fugas. Ya no puedo entornillarlas. Ni
siquiera el dinero tiene un valor perenne.
Tenemos posibilidades jamás sospechadas para ser feliz. No
obstante, asistimos a las peores crisis que azota al ser humano también en su
propia persona. Basta encender las noticias, revisar el diario, o escuchar a un
vecino o en tu propia casa los testimonios poco gratos.
Pero ¿Quién mueve todo esto? La respuesta es el propio ser
humano con sus razones para vivir. El filósofo Frankl que vivió la crueldad de
Auschwitz decía que hoy el ser humano tiene mucho como vivir, pero no tiene
porqué vivir. Esto es muy real.
En efecto las ideas mueven. Fácilmente no son identificables
hacia donde nos conducen, pero son como el espíritu que todo lo abarca y todo
lo envuelve. Es cierto también que uno puede ser un volcán de ideas, ser
experto en cualquier cosa, pero en la práctica no. Esta posibilidad también se
da, pero es menos probable. Más vale tener ideas muy claras y más aún sobre su
propia condición de quién es el hombre y para qué está. Es fundamental tener ideas y de las buenas. Cuando del
hombre y de Dios se tratara hay que prestarle todavía mayor atención. Pues el
camino de Dios es el hombre y la gloria de Dios es el hombre viviente.
A estas alturas de los tiempos nos preguntamos ¿cómo es
posible cuando el ser humano ha alcanzado cotas que hace años era poco de
imaginar y sigue padeciendo de felicidad?
Si quieres ser feliz que tus ideas y razones de vivir sean
verdaderas y te lleven al bien; pero al bien más alto y coherentes con tus
acciones. No todo está perdido si el caso fuera lo contrario. Es hora de
reflexión y buen propósito. El cambio siempre es importante, necesitamos más
ideas y menos ideologías; esto es, lo que a mí me gustaría como sea la vida. AA
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