Existen dos
grupos de juicios y afirmaciones que se basan en una supuesta y sorprendente
capacidad de penetrar en la mente ajena que algunos se atribuyen.
El primer grupo
lo componen aquellos juicios y afirmaciones sobre lo que piensan los demás, sin
haberles ofrecido un momento de diálogo para expresarse sobre sus puntos de
vista. Así, por ejemplo, algunos afirman que quienes no usan un lenguaje
inclusivo promueven la discriminación contra la mujer, cuando muchos de los que
no usan tal lenguaje piensan que hombre y mujer tienen la misma dignidad y no
deben ser nunca discriminados injustamente. Otro ejemplo: hay quienes afirman
que los votantes de un partido político están de acuerdo con determinadas ideas,
cuando en realidad muchos de esos votantes escogen ese partido porque no ven
mejor alternativa.
El segundo
grupo se refiere a juicios y afirmaciones sobre las intenciones que tendrían
los demás cuando los vemos realizar cualquier tipo de acciones. Hay
acciones que, desde luego, suelen ser una prueba suficiente para conocer mucho
sobre la intención de la otra persona: si alguien rehúye continuamente el
encuentro de un compañero en el trabajo se puede intuir que al menos tiene
algún problema con esa persona. Pero incluso es casos así, puede haber juicios
equivocados. Según el ejemplo anterior, tal vez esa persona rehúye al otro
porque tiene miedo a sus agresiones verbales, o por algún trauma en la
infancia, o porque no quiere ser sometida a la voluntad de quien tiene un
carácter prepotente.
A
pesar de lo fácil que resulta reconocer los peligros y errores de quienes
buscan penetrar en la mente ajena, continuamente leemos o escuchamos juicios
sobre lo que piensan los demás, juicios que son formulados con una seguridad
sorprendente.
Un
poco de prudencia y un mucho de amor a la verdad y a la justicia nos ayudaría a
evitar ese tipo de juicios. Los censuraríamos internamente cuando veamos cómo
otros muestran ese extraño deseo de invadir intimidades ajenas. Al mismo
tiempo, buscaríamos no pronunciar afirmaciones infundadas y, muchas veces,
gravemente contrarias a la buena fama de personas concretas.
En
un mundo donde corren como pólvora rumores, mentiras, calumnias, afirmaciones
desenfocadas e insultos fáciles, vale la pena un esfuerzo sincero por promover
un sano respeto a lo que haya en la mente y en el corazón de los demás,
cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos.
No curaremos esa enfermedad contagiosa de quienes promueven
alegremente el terrorismo de las palabras (según una expresión usada por el
Papa Francisco) con el que matan la buena fama de otros. Pero al menos podremos
ser un pequeño freno ante tantas mentiras dañinas, y un apoyo para quienes
necesitan ser protegidos por corazones honestos y justos. FP
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