Después de
varios meses de sequía, el obispo pidió oraciones por la lluvia. El domingo,
los párrocos invitaron a la gente a suplicar a Dios el don del agua. Dos días
antes, el pronóstico del tiempo anunciaba la llegada de lluvias abundantes a
partir del del lunes. Y el lunes, puntualmente, empezaron.
Un crítico
observó estos hechos y publicó sus impresiones. En concreto, dijo que era muy
fácil pedir la lluvia cuando ya estaba anunciada en los pronósticos... Según
pensaba ese crítico, hacer oraciones por la lluvia un domingo cuando se sabía
que iba a llegar al día siguiente, ¿no sería una forma curiosa de engañar a la
gente? Porque los católicos, al constatar el lunes la lluvia generosa que
aliviaba los campos y las ciudades, podrían pensar falsamente (según juzgaba el
crítico) que llovía gracias a sus oraciones.
Si analizamos
la situación más a fondo, tanto el
crítico como los creyentes saben que la lluvia no llega porque lo diga el
servicio meteorológico (que muchas veces se equivoca) sino por otras causas.
Pero el crítico y los creyentes ven esas causas de modo diferente. Para el
crítico, la lluvia llega por fuerzas ciegas que nadie (ni siquiera una
divinidad) puede controlar. En cambio, los
creyentes miran el mundo, con todas sus leyes complejas, como algo querido por
Dios. Un Dios que es bueno, que ama a sus hijos y que “hace salir
su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45).
¿Se trata de
dos visiones incompatibles? No, pues la
ciencia intenta explicar la naturaleza con leyes que describen los fenómenos,
pero sin excluir la existencia de un Dios que actúa desde lo propio de la
física y de la química.
Por su parte, la fe no renuncia a conocer esas leyes,
ni deja de mirar los pronósticos para decidir si uno sale de casa con o sin
paraguas. Simplemente añade algo a la ciencia: la apertura y la confianza en la
acción de Dios en nuestro mundo.
El lunes, las
campanas han tocado a rebato con alegría: la lluvia ha empezado a aliviar un
territorio debilitado tras largos meses de una sequía dañina. Los creyentes dan
gracias a Dios, que nuevamente ofrece el don del agua a sus hijos y a tantas
creaturas (plantas y animales) que comparten con nosotros la maravillosa
aventura de la vida terrena... FP
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