La
crisis religiosa se va decantando poco a poco hacia la indiferencia. De
ordinario no se puede hablar propiamente de ateísmo, ni siquiera de
agnosticismo. Lo que mejor define la postura de muchos es una indiferencia
religiosa donde ya no hay preguntas ni dudas ni crisis.
No
es fácil describir esta indiferencia. Lo primero que se observa es una ausencia
de inquietud religiosa. Dios no interesa. La persona vive en la
despreocupación, sin nostalgias ni horizonte religioso alguno. No se trata de
una ideología. Es, más bien, una «atmósfera envolvente» donde la relación con
Dios queda diluida.
Hay
diversos tipos de indiferencia. Algunos viven en estos momentos un alejamiento
progresivo; son personas que se van distanciando cada vez más de la fe, cortan
lazos con lo religioso, se alejan de la práctica; poco a poco Dios se va
apagando en sus conciencias. Otros viven sencillamente absorbidos por las cosas
de cada día; nunca se han interesado mucho por Dios; probablemente recibieron
una educación religiosa débil y deficiente; hoy viven olvidados de todo.
En
algunos, la indiferencia es fruto de un conflicto religioso vivido a veces en
secreto; han sufrido miedos o experiencias frustrantes; no guardan buen
recuerdo de lo que vivieron de niños o de adolescentes; no quieren oír hablar
de Dios, pues les hace daño; se defienden olvidándolo.
La
indiferencia de otros es más bien, resultado de circunstancias diversas.
Salieron del pequeño pueblo y hoy viven de manera diferente en un ambiente
urbano; se casaron con alguien poco sensible a lo religioso y han cambiado de
costumbres; se han separado de su primer cónyuge y viven una situación de
pareja no «bendecida» por la Iglesia. No es que estas personas hayan tomado la
decisión de abandonar a Dios, pero de hecho su vida se va alejando de él.
Hay
todavía otro tipo de indiferencia encubierta por la piedad religiosa. Es la
indiferencia de quienes se han acostumbrado a vivir la religión como una
«práctica externa» o una «tradición rutinaria». Todos hemos de escuchar la
queja de Dios. Nos la recuerda Jesús con palabras tomadas del profeta Isaías:
«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí». JAP
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