Muchos caminos llevan al encuentro con Cristo en su Iglesia.
Tantos que resulta difícil enumerarlos. ¿Por qué? Porque el Señor llama a sus
hijos de mil maneras, porque cada persona encuentra el hilo central de su vida
desde esa acción maravillosa de la gracia en los corazones.
Unos llegan porque buscaron razones para su ateísmo y otros
porque querían entender una religión que tenía a sus espaldas 2000 años de
historia. Unos porque hicieron una carrera científica y otros porque emprendieron
estudios humanísticos. Unos porque encontraron el amor de su vida en un
creyente y otros porque nunca encontraron con quién compartir el pan de cada
día. Unos porque discutieron un día sí y otro también con un católico
convencido, y otros simplemente porque vieron cómo la caridad lleva a darlo
todo por los más necesitados.
Como un punto hacia el que confluyen mil rayos, la conversión
acerca los corazones entre sí al unirlos a Cristo. Desde un accidente o un
encuentro afortunado, tras un día de calor o a causa del frío, después de una
noche en vela o gracias a un sueño enigmático, con la compañía de un amigo
bueno o desde reflexiones en solitario.
El resultado de todos es el mismo: encontrarse con el Amigo,
el Salvador, el Maestro bueno, el Mesías. Un encuentro que alegra el alma, que
da sentido a la vida, que tiñe de colores nuevos el cielo que a todos nos
arropa, que hace perder el miedo a la muerte con la esperanza de la vida
eterna.
Sí, hay tantos caminos que llevan a esa gran meta de la
conversión. Desde la misma se rompen las fronteras que separan naciones
enfrentadas, se pierden los contornos que dividen a las clases sociales, se
destruyen los muros levantados por odios y miedos irracionales.
Entonces empezamos a ser “hijos de Dios por la fe en Cristo
Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo:
ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que
todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, ya sois
descendencia de Abraham, herederos según la Promesa” (Ga 3,26 29).
¿Cuál ha sido mi camino? ¿Cuál es el tuyo, hermano que
sonríes a mi lado? ¿Cuál será el que recorra quien hoy busca lejos de la
Iglesia y mañana empezará a estar a nuestro lado? Dios tiene una fantasía sin
límites, porque no quiere que nadie se pierda, sino que desea que todos podamos
participar un día en la gran fiesta de la Pascua eterna. FP
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