La
representación audiovisual (cine y televisión) posee una capacidad muy superior
a la de otros medios de comunicación: prensa, revistas, radio, grabaciones
musicales... Una capacidad superior para fascinarnos, para evadirnos de la realidad
y transportarnos a otro mundo de valores. La representación en los filmes es
siempre una experiencia viva y fuerte, emocionalmente dramática, y con
frecuencia se acaba asimilando como una experiencia vivida. Puede alcanzar esa
conmoción interior que los clásicos denominaban ‘catársis’.
Así, por
ejemplo, una chica joven podría pensar: “¿Cómo me van a decir mis padres que la
relación sexual se orienta a la vida y sólo tiene sentido en el matrimonio? ¡Si
yo sé cómo es (autoridad epistemológica) y cómo debe ser (autoridad
deontológica) el sentido de la relación sexual! ¡Si sé que tiene sentido cuando
hay ‘amor’, cuando es expresión de un sentimiento! ¡Si lo he visto con mis
propios ojos, si lo he vivido!”.
En realidad, lo
ha visto y lo ha ‘vivido’ en el cine, pero lo ha asimilado como algo vivido en
primera persona.
Esas imágenes
audiovisuales le han permitido asumir la instancia de testigo presencial:
considera verdaderamente que ha experimentado esos hechos, y por tanto le
parecen más verdaderos y reales que los discursos de sus padres y educadores.
El tratamiento del tema, la historia ‘vivida’ o ‘experimentada’ en la película
o la teleserie, adquiere así el estatus de algo incontestable, asentado en
virtud de una supuesta experiencia propia.
Esta faceta de
‘manipulación de la experiencia’ resulta mucho más importante en los jóvenes,
pues son más vulnerables al poder fascinador de la imagen. Cuando en la escuela
se habla de valores o actitudes morales, o cuando sus padres les proponen hablar
‘de algo serio’, inmediatamente ponen un filtro ante lo que oyen, porque lo
interpretan como ‘imposición’, como ‘sermón’ o, en el peor de los casos, como
flagrante ‘manipulación’. Pero no piensan nada de eso cuando ven una película
que les habla también de valores y de actitudes morales.
Las
historias (asumidas como ‘experiencias’ personales) parecen fluir con
espontaneidad, pero son fruto de una determinada concepción de la vida: detrás
de ellas hay un filtro intelectual que muestra unos modelos de felicidad y unos
personajes que pueden hacernos parecer ridícula una virtud o aceptable y digna
una conducta viciosa. Penetran en su mundo interior sin obstáculos, a remolque
de las emociones vividas en su imaginación.
La
función de legitimación que las ficciones audiovisuales ejercen en nuestra
sociedad. En su libro ‘Theories of film’, Andrew Tudor define así este efecto
sobre el público: “Es el efecto, más potente que los habitualmente descritos,
por el que las películas justifican o legitiman creencias, actos e ideas”.
Hoy
en día, el cine ha legitimado conductas y percepciones de la realidad que hace
sólo unos años provocaban el rechazo o la discrepancia moral de buena parte de
la sociedad. Hoy, después de haberlos visto una y otra vez en filmes y
teleseries, han pasado a ser ‘normales’, legítimos. El cine les ha dado carta
de naturaleza, ha establecido socialmente que son mucho más corrientes de lo
que se piensa, que son plenamente válidos y, en todo caso, que deben verse como
inevitables. Por eso invita al público a aceptarlos como ‘políticamente
correctos’.
Entre
otros comportamientos que afectan directamente a la familia y que el cine ha
contribuido a legitimar, podrían señalarse:
—
La convivencia durante el noviazgo: en todas las teleseries juveniles, desde
‘Compañeros’ y ‘Al salir de clase’, hasta ‘El internado’, ‘90-60-90’ (fotograma
de arriba) o la polémica TV movie ‘El pacto’ (en la que siete adolescentes de
4º de ESO deciden quedarse embarazadas por solidaridad con otra alumna
embarazada: así, engañando de paso a sus parejas –conviven con sus novios con
la más plena naturalidad– llegan no sólo a banalizar el sexo, sino a justificar
la maternidad por mero capricho, al margen de todo compromiso).
—
La justificación y exaltación de la homosexualidad, en cintas como ‘Brokeback
Mountain’, ‘Philadelphia’ o ‘La boda de mi mejor amigo’; y en teleseries como
‘Aquí no hay quien viva’ o ‘Los hombres de Paco’.
—
La ruptura familiar como forma de liberación, y la infidelidad como realización
personal. Entre otros filmes que idealizan y legitiman el adulterio, cabe
destacar ‘Los puentes de Madison’; y entre las teleseries… casi todas.
—
La promoción del aborto, como alivio para la madre (¿?) y como modo de ejercer
la medicina (¿?): como en ‘Las normas de la casa de la sidra’.
—
La legitimación de la eutanasia, con películas ideológicamente orientadas como
‘Million Dollar Baby’ o ‘Mar adentro’; y, por supuesto, queda plenamente
justificado en muchos diálogos de las teleseries actuales.
Ciertamente,
el cine ha sido siempre una ‘fábrica de sueños’. En esos sueños (más o menos
mediatizados por la narrativa audiovisual o cinematográfica) nos proyectamos
habitualmente y con ellos tratamos de configurar nuestras identidades. Por eso,
porque es punto de referencia para nosotros mismos, el mundo audiovisual ha
sido también comparado a un gran espejo. Pero hoy en día parece ser ‘un espejo
distorsionado’, porque al mirarnos en él y buscar nuestro verdadero rostro, lo
que vemos resulta ser bastante alejado de nuestra vida, de nuestros valores, de
nuestra familia. Lo que esas imágenes autorizan a pensar y a actuar es asumido
por los espectadores como algo legítimo, validado y plenamente aceptable en
nuestras vidas. AM
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