Al poco tiempo, el obispo de Tréguier, Alan de Bruc, reclamó los servicios del santo, quien volvió a su tierra natal para ejercer de nuevo el oficio de juez. Su bondad le ganó ahí el título de «abogado de los pobres». No contento con hacerles justicia en su propio distrito, Ivo se trasladaba con frecuencia a otras cortes a defenderlos, a menudo pagaba los gastos de sus clientes y los visitaba en la prisión. Aunque existía la costumbre de hacer costosos regalos a los jueces, el santo se negó siempre a aceptarlos. Hacía lo posible por reconciliar a los enemigos y los exhortaba a dirimir sus querellas, sin recurrir a la corte; así consiguió evitar que muchas personas tuviesen que pagar los gastos tan costosos de los procesos. San Ivo había recibido en Rennes las órdenes menores; en 1284, fue ordenado sacerdote y se le concedió el beneficio de Trédrez. Tres años más tarde, renunció al oficio de juez y consagró los últimos quince años de su vida al trabajo parroquial, primero en Trédrez y después en una parroquia más importante de Lovannec.
San Ivo construyó un hospital, donde asistía personalmente a los enfermos. Con frecuencia se despojaba de sus ropas para darlas a los pobres. En una ocasión, se enteró de que un vagabundo había pasado toda la noche acurrucado junto a la puerta de su casa; a la noche siguiente, san Ivo cedió al vagabundo su lecho y se fue a dormir junto a la puerta. Se mostraba tan solícito del bienestar temporal de sus feligreses, como de su bienestar espiritual y no perdía la ocasión de instruirlos. Con frecuencia predicaba en otras iglesias, además de la suya y lo hacía en tres lenguas: latín, francés y bretón. La gente acudían en todos sus litigios al arbitraje de san Ivo, al que se atenían fielmente por lo general. Inmediatamente después de la cosecha, san Ivo repartía entre los pobres el grano que había recogido, o una cantidad de dinero equivalente a su valor. Una vez, alguien le aconsejó que almacenase la cosecha para obtener más tarde un precio mayor por ella; pero el santo replicó: «Nadie me asegura que voy a vivir tanto tiempo». A principios de la cuaresma de 1303, la salud de Ivo empezó a debilitarse, pero no por ello dejó de practicar las mortificaciones acostumbradas. La víspera de la Ascensión, predicó todavía y celebró la misa, aunque estaba ya tan débil, que no podía tenerse en pie sin que le sostuvieran. Después de la misa, el santo se recostó y recibió los últimos sacramentos. Murió el 19 de mayo de 1303, a los cincuenta años de edad. Fue canonizado en 1347.
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