La
resurrección de Jesús no es solo una celebración litúrgica. Es, antes que nada,
la manifestación del amor poderoso de Dios, que nos salva de la muerte y del
pecado. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?
Lo
primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio
acogedor que Jesús llama «Padre». En el mundo hay tal «exceso» de sufrimiento
que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque a veces
no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios
hacia una plenitud final.
Esto
lo hemos de empezar a vivir desde nuestro propio ser: yo soy amado por Dios; a
mí me espera una plenitud sin fin. Hay tantas frustraciones en nuestra vida,
nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que ahogamos en nosotros
la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra
confianza y nuestro gozo.
No
es la muerte la que tiene la última palabra, sino Dios. Hay tanta muerte
injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podríamos
hundirnos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios
existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.
Celebrar
la resurrección de Jesús es abrirnos a la energía vivificadora de Dios. El
verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento, sino la tristeza. Nos falta
pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía y
hedonismo barato que nos hacen vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia:
el amor. La resurrección puede ser fuente y estímulo de vida nueva. JAP
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