Cuando
uno vive distanciado de la religión o se ha visto decepcionado por la actuación
de los cristianos, es fácil que la Iglesia se le presente solo como una gran
organización. Una especie de «multinacional» ocupada en defender y sacar
adelante sus propios intereses. Estas personas, por lo general, solo conocen a
la Iglesia desde fuera. Hablan del Vaticano, critican las intervenciones de la
jerarquía, se irritan ante ciertas actuaciones del papa. La Iglesia es para
ellas una institución anacrónica de la que viven lejos.
No
es esta la experiencia de quienes se sienten miembros de una comunidad
creyente. Para estos, el rostro concreto de la Iglesia es casi siempre su
propia parroquia. Ese grupo de personas amigas que se reúnen cada domingo a
celebrar la eucaristía. Ese lugar de encuentro donde celebran la fe y rezan
todos juntos a Dios. Esa comunidad donde se bautiza a los hijos o se despide a
los seres queridos hasta el encuentro final en la otra vida.
Para
quien vive en la Iglesia buscando en ella la comunidad de Jesús, la Iglesia es
casi siempre fuente de alegría y motivo de sufrimiento. Por una parte, la
Iglesia es estímulo y gozo; podemos experimentar dentro de ella el recuerdo de
Jesús, escuchar su mensaje, rastrear su espíritu, alimentar nuestra fe en el
Dios vivo. Por otra, la Iglesia hace sufrir, porque observamos en ella
incoherencias y rutina; con frecuencia es demasiado grande la distancia entre
lo que se predica y lo que se vive; falta vitalidad evangélica; en muchas cosas
se ha ido perdiendo el estilo de Jesús.
Esta
es la mayor tragedia de la Iglesia. Jesús ya no es amado ni venerado como en
las primeras comunidades. No se conoce ni se comprende su originalidad.
Bastantes no llegarán siquiera a sospechar la experiencia salvadora que
vivieron los primeros que se encontraron con él. Hemos hecho una Iglesia donde
no pocos cristianos se imaginan que, por el hecho de aceptar unas doctrinas y
de cumplir unas prácticas religiosas, están siguiendo a Cristo como los
primeros discípulos.
Y,
sin embargo, en esto consiste el núcleo esencial de la Iglesia. En vivir la
adhesión a Cristo en comunidad, reactualizando la experiencia de quienes
encontraron en él la cercanía, el amor y el perdón de Dios. Por eso, tal vez, el
texto eclesiológico más fundamental son estas palabras de Jesús que leemos en
el evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos».
El
primer quehacer de la Iglesia es aprender a «reunirse en el nombre de Jesús». Alimentar
su recuerdo, vivir de su presencia, reactualizar su fe en Dios, abrir hoy
nuevos caminos a su Espíritu. Cuando esto falta, todo corre el riesgo de quedar
desvirtuado por nuestra mediocridad. JAP
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