En las lecturas del domingo XXII del Tiempo Ordinario
(Ciclo C), encontramos este consejo muy importante que el Señor nos propone en
el libro del Eclesiástico: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te
amarán más que al hombre dadivoso”. La humildad como virtud se refiere a una
cualidad de la persona que se ‘abaja’ frente a los demás, porque reconoce la
igual dignidad de cada ser humano en tanto que todos venimos ‘de la tierra’. Es
una cualidad humana independiente de la posición económica o social: una
persona humilde no pretende estar por encima ni por debajo de nadie, sino que
sabe que todos somos iguales, y toda persona tiene el mismo valor.
En tanto virtud, la humildad reúne una serie de
características manifiestas en el comportamiento, entre ellas, comprender la
igualdad y dignidad de todas las personas, valorar el trabajo y el esfuerzo de
cada uno, reconocer las virtudes y limitaciones propias, expresarse con
afabilidad, actuar con modestia, sencillez y mesura, escuchar a los demás y
tomar en cuenta sus opiniones, también implica respetar genuinamente a los
demás.
¿Cómo lograr la virtud de la humildad en medio de una
sociedad ávida de fama? ¿Cómo vivir la humildad contra quienes se sienten
poderosos por su riqueza material? Aunque parece imposible alcanzar esta gran
virtud, en realidad no lo es.
Primero, quien se deja moldear por la gracia de Dios,
consigue cambiar su corazón altanero y soberbio en un corazón manso y humilde,
¿no lo pedimos así, Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante
al tuyo? Claro que sí, solo Dios quita el corazón de piedra y pone uno de
carne.
Hay un segundo camino que lleva a la humildad: la
sabiduría. Efectivamente, estoy convencido que la humildad es fruto de la
sabiduría; no es difícil constatarlo, una persona entre más ignorante, más
prepotente y soberbia es; al contrario, aquellas personas que se han cultivado,
no solo acumulando conocimientos, sino poniendo en práctica aquello que saben,
son personas sabias que tienen esa rara cualidad, que si uno los ve caminar por
la calle no expresan más que humildad y sencillez, tanto que se confunden con
cualquier mortal, pero al hablar o escribir, manifiestan la profundidad de su
pensamiento y su agudeza intelectual.
Tenemos a nuestro alcance dos medios para lograr la
virtud de la humildad, la gracia y la ciencia, no son opuestas, se
complementan; quienes buscan la humildad por estos dos caminos la encontrarán y
será su compañera de viaje toda la vida, los demás solo la fingirán. “Hazte
tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor,
porque sólo Él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”. LCH
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