Es hermoso, es
de almas grandes, vivir con honestidad. Quien asume principios de justicia,
quien vive según una ética verdadera, enriquece su existencia, promueve el bien
entre los hombres, ofrece al mundo el tesoro de su ejemplo y de su amor.
Pero muchos se
sienten incómodos ante la honestidad. Por eso, defender los principios éticos
lleva no pocas veces a sufrir críticas, discriminaciones, ataques más o menos
directos, o incluso la cárcel o la muerte.
A lo largo de
los siglos, muchos hombres y mujeres han sido perseguidos por defender sus
convicciones más profundas. Ya en el Antiguo Testamento leemos historias como
la de los siete hijos de una mujer judía que sentían un profundo amor por la
Ley de su Dios: prefirieron la muerte bajo el tirano Antíoco que la vida en la
injusticia (2 Mac 7,1-42).
El caso de Juan
el Bautista nos impresiona profundamente. No tuvo miedo en decirle al rey
Herodes que estaba en pecado grave de adulterio. Por eso sufrió el martirio, y
con su sangre testimonió que hay normas que valen para todos, incluso para los
tiranos.
El obispo san
Estanislao (1058-1079) fue asesinado
a los 31 años por haber recriminado al rey Boleslao II de Polonia sus
injusticias y pecados. Estanislao tuvo valor, porque sabía que es noble la vida
de quien advierte por amor al hermano para que se corrija de sus faltas,
mientras que es miserable la vida de quien calla por miedo, para conservar algo
de riquezas, para ‘sobrevivir’ un poco más de tiempo en esta tierra pasajera...
En tiempos
recientes, millones de bautizados sufrieron el martirio, la cárcel, la pérdida
de sus bienes y derechos, por oponerse a gobiernos dictatoriales, como los que
nacieron del comunismo, del fascismo y del nazismo. Prefirieron denunciar la
injusticia y la inmoralidad de ideologías y gobiernos opresores a vivir
cómodamente sometidos a los dictadores de turno.
Todavía hoy son
perseguidos miles de católicos. Creer en Cristo y vivir la ética del Evangelio
no será nunca fácil. Defender los principios de la justicia social, de la ética
matrimonial, del respeto a la vida contra los defensores del aborto o del
infanticidio, de la dignidad de los pobres y de los enfermos, será el ‘motivo’
que les hará sufrir la persecución. Tal vez será una persecución sutil (como la que se realiza a través de
calumnias y mentiras con la ayuda de algunos medios de comunicación social).
En otros casos se tratará de persecuciones descaradas: denuncias ante
tribunales, agresiones físicas, arrestos arbitrarios, leyes que impiden a los cristianos
manifestar sus propias convicciones en la vida pública.
Cristo nos
advirtió que seríamos odiados por el mundo. Pero también nos consoló con
palabras que sólo pueden venir de Dios: “En el mundo tendréis tribulación. Pero
¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn
16,33). A pesar de la fuerza de quienes quieren ahogar la voz de la
Iglesia, de quienes buscan imponer como algo normal comportamientos sexuales,
económicos, políticos o individuales que no respetan la verdad sobre el hombre
y sobre sus deberes y derechos, la fuerza de nuestros principios prevalecerá.
La última
palabra de la historia no la tienen ni Antíoco, ni Herodes, ni Boleslao, ni
Hitler, ni Stalin, ni Mao, ni los grupos de presión que dominan no pocos
ámbitos de nuestros estados. La última palabra la tienen el Amor, la Justicia y
la Verdad. Un Amor que, entre nosotros, bautizados, también nos llevará a
perdonar a los enemigos y a tender la mano a quienes tanto daño hicieron; y que
necesitan, por lo mismo, mucha más misericordia para abrirse a la vida
verdadera, al conocimiento de un Dios que es Padre de todos, del santo y del
pecador. Que quiere, por lo mismo, que todos los hombres se salven a través del
conocimiento de la verdad (1 Tm 2,4).
Una verdad que tiene nombre e historia, que nació y vivió entre nosotros, que
continúa en su Iglesia y, especialmente, en la Eucaristía. Una verdad que se
llama Jesucristo, y que sostiene y da fuerzas a los millones de mártires que
saben dar, con su vida, testimonio de los auténticos valores del espíritu. FP
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