¿Qué sabemos sobre el Cielo?
Esta vida
perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el
cielo’. El cielo es el fin último y la realización de las
aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
Primero que
nada, debemos recordar la razón por la cual Dios nos ha creado. Desde
la eternidad, Dios es una comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. A Dios no le falta nada. Sin embargo, por
alguna razón (y ésta razón es el amor),
Dios decidió libremente crearnos para luego invitarnos a compartir lo que Él es
por naturaleza. Es decir, Dios nos ha creado para que compartamos la vida y
el amor de la Trinidad. El Cielo es, en última instancia, el cumplimiento de
esa meta. En el Cielo habremos de participar de la misma
vida divina, es decir, que hemos de compartir la verdad, bondad, belleza, paz y
amor de la Trinidad. Viviremos para siempre con El y gozaremos todo de Él. Ya que
ésta es la razón única de nuestra existencia, el hecho de llegar el Cielo,
habrá de ser el cumplimiento pleno y total de nuestros más profundos anhelos y
deseos.
La Biblia
nos explica que en el cielo veremos a Dios ‘cara a cara’.
En otras palabras, podremos verlo de una manera íntima y única sin nada que nos
nuble la visión o que nos impida experimentarlo tal como en verdad es. Dado que
siempre hay una forma de hacer que algo suene complejo e importante, esta
realidad no es la excepción, así que la definición teológica para esto es la
visión beatífica, y aquí dejaré que el Catecismo hable por mí nuevamente (comprenda mi incapacidad para describirlo
mejor…):
A causa de
su trascendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando
El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la
capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria
celestial es llamada por la Iglesia “la visión beatífica”.
Hay que
aclarar también, que el cielo no está ubicado propiamente ‘arriba’ ni el
infierno ‘abajo’, sino que son formas humanas que tanto las Escrituras como el
arte cristiano nos han ayudado a comprender en base a alegorías y analogías,
dado que nosotros estamos limitados por el tiempo y el espacio. Realidades que
tanto Dios, como el cielo y el infierno, trascienden de manera absoluta.
¿A quiénes me encontraré allí?
Esta suele
ser la pregunta que muchos nos hacemos al momento de pensar tanto en aquellas
personas que han partido, como en aquellas que dejaremos en esta tierra cuando
partamos nosotros. La Iglesia enseña que en el cielo experimentaremos
un sentido profundo de comunión con todos nuestros hermanos. Por
la fe sabemos claramente que la muerte no es el final de la historia; aquellos
que han muerto con Cristo también vivirán con Él en la gloria. En el
cielo, nos reuniremos con todos aquellos que han vivido el camino de la fe a
través de la historia… sólo piénsalo por un segundo: imagínate el poder ver a
nuestros seres queridos, nuestro ángel guardián y los grandes santos del
Antiguo Testamento. En el cielo estaremos unidos a ellos
como resultado de nuestra unión con Dios. Esa comunión será mucho mayor que
cualquier amistad o amor que hemos experimentado en esta vida.
¿Cómo seremos? ¿Qué haremos?
Este es el
momento para aclarar una creencia muy común: NADIE
se convierte en ángel en el cielo, de modo que expresiones como “tengo un
angelito en el cielo” no sólo que no son correctas, sino que reducen por
completo la belleza del significado de la Encarnación. Recordemos
que Dios se hizo hombre y asumió nuestra naturaleza, dándonos una dignidad
mayor que la de los ángeles, es así que Dios ha puesto a ciertos ángeles a
nuestro servicio. Como lo prometió Cristo (y como lo demostró resucitando Él mismo), habremos de gozar de un
cuerpo glorioso como el Suyo. Sin embargo, al respecto Juan dice lo siguiente…
Carísimos,
ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser.
Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos
tal cual es.
Aunque
pareciera que san Juan se queda corto… bueno no les mentiré, no sólo él sino
cualquiera se quedaría corto. Parafraseando el Catecismo, en la alegría del
cielo continuaremos cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con respecto a nuestros
hermanos y a la Creación entera. Es decir que habremos de reinar con Cristo por
los siglos de los siglos. Allí no habrá ya más dolor, cansancio, hambre ni
insatisfacción alguna sino solamente felicidad plena y verdadera. ¿Han
experimentado el grito de gol del equipo de nuestro país en un mundial de
fútbol?… bueno, esa sensación de sentimientos encontrados de euforia y alegría
suelen durar unos minutos, en el cielo –y me perdonarán los teólogos por el
ejemplo un tanto inadecuado– durarán por toda la eternidad y serán mil
veces más profundo y verdadero.
Todo esto,
sólo para llegar a la conclusión lógica: TENEMOS que llegar al
cielo. Es el sentido último de nuestra vida y definitivamente sería un fracaso
total de la existencia el no haber llegado. Que Dios nos
dé la gracia de alejarnos y eliminar todo aquello que nos aleja de Su amor. SN
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