Nuestro
Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor
único pero no sabe generar y criar «hijos únicos». Es un Dios que sabe de
hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro
no del «padre mío» y «padrastro vuestro».
En
cada uno de nosotros anida, vive ese sueño de Dios que en cada Pascua, en cada
eucaristía lo volvemos a celebrar, somos hijos de Dios. Sueño con el que han
vivido tantos hermanos nuestros a lo largo y ancho de la historia. Sueño
testimoniado por la sangre de tantos mártires de ayer y de hoy.
2.
La vanidad, esa búsqueda de
prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que «no son
como uno». La
búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la «fama» de
los demás, «haciendo leña del árbol caído», deja paso a la tercera tentación.
3. El orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de los mortales», y que reza todos los días: «Gracias Señor porque no me has hecho como ellos».
Tres tentaciones de Cristo…
Tres tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente.
Tres tentaciones que buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado.
Vale la pena entonces preguntarnos:
· ¿Hasta dónde somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos?
· ¿Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuerza de la vida?
· ¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuentes de alegría y esperanza para vencer esas tentaciones?
Hemos
optado por Jesús y no por el demonio. Si nos acordamos, lo que escuchamos
en el Evangelio, Jesús
no le contesta al demonio con ninguna palabra propia sino que le contesta con
las palabras de Dios, con las palabras de la Escritura. Porque
hermanas y hermanos, metámoslo en la cabeza, con el demonio no se dialoga. No se puede dialogar
porque nos va a ganar siempre. Solamente la fuerza de la Palabra de Dios lo
puede derrotar.
Hemos
optado por Jesús y no por el demonio. Queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es
fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el
poder. Por eso, la Iglesia nos
regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos
está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que lo degrada, degradándose
o degradando. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia. Su nombre es
nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder y en su
nombre una vez más volvemos a decir con el salmo: «Tú eres mi Dios y en ti confío».
Que
en esta eucaristía el Espíritu Santo renueve en nosotros la certeza de que su
nombre es misericordia, y nos haga experimentar cada día que «el Evangelio
llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús... sabiendo que
con Él y en Él renace siempre la alegría» (Evangelii gaudium, 1). SSPF
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