Como ha expuesto Jürgen
Moltmann, vivir en contacto con el Espíritu de Dios «no conduce a una espiritualidad
que prescinde de los sentidos, vuelta hacia dentro, enemiga del cuerpo,
apartada del mundo, sino a una nueva vitalidad del amor a la vida». Frente a lo
muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a
la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar
la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive
abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se
rebela contra lo que la hace daño y la mata.
Este amor a la vida genera una
alegría diferente, enseña a vivir de manera amistosa y abierta, en paz con
todos, dándonos vida unos a otros, acompañándonos en la tarea de hacernos la
vida más digna y dichosa. A esta energía vital que el Espíritu infunde en la
persona, Jürgen Moltmann se atreve a llamar «energía erotizante», pues hace
vivir de manera gozosa, atractiva y seductora.
Esta experiencia espiritual
dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestras expectativas y anhelos más
hondos se mezclan con las promesas de Dios; nuestra vida finita y limitada se
abre a lo infinito. Entonces descubrimos también que «santificar la vida» no es
moralizarla, sino vivirla desde el Espíritu Santo, es decir, verla y amarla
como Dios la ve y la ama: buena, digna y bella, abierta a la felicidad eterna.
Esta es, según el Bautista, la
gran misión de Cristo: «bautizarnos con Espíritu Santo», enseñarnos a vivir en
contacto con el Espíritu. Solo esto nos puede liberar de una manera triste y
raquítica de entender y vivir la fe en Dios. JAP
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