No
quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por
introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le
identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la
religión del templo y el poder de Roma.
Los
evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie
lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del
desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de
Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo.
Según
toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios, que
crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y
transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para
sus hijos e hijas.
Por
eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar,
construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la
vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de
«espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.
Las
primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así
resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con
el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los
oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38).
¿Qué
«espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que
mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras
comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en
nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal. JAP
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