Para algunos,
existen embriones humanos de clases y de categorías diferentes.
Unos son
cuidados, atendidos, esperados, incluso amados. Tienen, según los diagnósticos,
buena salud, características deseadas por sus padres o por sus “propietarios”.
Otros
embriones son abandonados, rechazados, condenados a la destrucción y a la
muerte. Los diagnósticos han dicho que su ADN está dañado, que serán débiles y
enfermos, que les faltará “calidad de vida”. O simplemente aparecieron cuando
sus padres no los esperaban ni los querían. La existencia de esos embriones es
vista como un problema, como un error, que se puede “solucionar” fácilmente:
basta con destruirlos con el aborto.
Estas dos
perspectivas muestra lo fácil que resulta catalogar a los embriones humanos en
dos grandes grupos: de primera clase y de segunda clase.
A los primeros
se les dará una oportunidad para seguir adelante, para nacer, para crecer, para
llegar a la edad adulta.
A los segundos
se les marginará o se les eliminará. Si “escapan” a los proyectos de quienes
desean destruirlos, tal vez llegarán a nacer, pero no faltará quien busque
eliminarlos tras el parto: si eran seres humanos declarados de segunda clase
antes de nacer, ¿Qué los hará convertirse en algo merecedor de respeto tras el
nacimiento?
Notamos que
esta catalogación encierra una grave injusticia, porque olvida que todos los
seres humanos tienen una dignidad intrínseca que les viene no por ser “mejores”
o “peores”, sino simplemente por su condición humana. Aceptar que existan
embriones de primera clase y embriones de segunda clase supone olvidar esa
dignidad intrínseca y adoptar un punto de vista donde los adultos determinan el
valor de los más pequeños e indefensos según intereses y proyectos personales.
Por eso, es
necesario un esfuerzo sincero y sereno para abrir los ojos y descubrir que un
hijo (todo embrión es hijo), incluso cuando está marcado por una enfermedad
genética o de otro tipo, goza de la misma humanidad que nosotros. Su pequeñez
no permite dejarlo de lado. Al contrario, por ser más frágil exige mayores
atenciones y un respeto profundo, simplemente por ser lo que es: un miembro de
la familia humana. FP
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